RENACER EN ROMA
Hay años que llegan como un susurro, tímidos, inciertos. Y hay otros que irrumpen como una sinfonía.
Este año comenzó así: como un canto suave al oído, pero con la fuerza de un nuevo sol encendiendo cada rincón de mi alma.
Después de tanto subir y bajar, de tanto dudar, aquí estoy… con las expectativas en alto y el corazón más despierto que nunca.
Salud, amor, prosperidad. Las tres se asoman por mi ventana cada mañana como si hubiesen decidido quedarse a vivir conmigo.
La primera postal de este año: Roma.
¡Ah, Roma! Qué manera de empezar.
Viajar con mi hermano y mi mejor amigo fue un regalo que ni el tiempo podrá desgastar. Caminamos por esas calles llenas de historia, donde cada farol cuenta secretos, donde los pasos se sienten distintos, más livianos.
Caminábamos sin apuro, entre monumentos que nos hacían sentir pequeños, pero vivos. Uno más grandioso que el otro. Y yo, absorbiendo cada instante como quien guarda luz en frascos para cuando llegue el invierno.
Y mientras tanto, en el fondo de todo, un trabajo que aunque no soñado, me da paz. Menos agitado, más amable. Esperando sin ansiedad, como quien sabe que lo mejor está en camino. Porque he aprendido —a veces a golpes, otras con abrazos— que cada situación es una lección. Y yo… yo elijo aprender con gratitud.
Mi madre está radiante. Llena de vida. Y verla así, con los ojos chispeantes de alegría, me devuelve fuerzas que ni sabía que me faltaban. Ella es mi hogar, mi raíz, mi eterna primavera.
Y como si el universo hubiese decidido que ya era hora de florecer, nace también mi proyecto emprendedor. Algo nuevo, algo mío. Lo abrazo con entusiasmo, con entrega, con hambre de crecer.
Sé que me va a transformar.
Porque nací para grandes cosas.
Y vienen más.
¡Lo sé! Lo siento en cada célula.
Hace solo unos días, regresé de Hungría, donde viví otra historia digna de atesorar: un paseo por el Danubio con mi amada, bajo el cielo abierto, viendo el Parlamento húngaro reflejarse en el agua como un castillo de otro mundo.
Nos deleitamos con la gastronomía, con los paisajes, con la compañía mutua. Fue un viaje completo, redondo, perfecto. De esos que no se olvidan y que, sin decirlo, te enseñan más que mil libros.
Y por si fuera poco, cuando menos lo esperaba, la gran noticia:
¡La beca! Esa universidad en Nueva York.
Ese sueño que parecía tan lejano, tan reservado para “otros”, de repente…
¡era mío!
Y ahora está tan cerca, tan real, que me emociona pensar en el diploma, sí, pero mucho más en el camino que recorreré hasta tenerlo en las manos.
¿Quién lo hubiera imaginado?
Tal vez muchos no.
Pero yo… yo sí.
Porque estoy hecho para grandes propósitos y grandes retos.
Y lo lograré.
Porque puedo.
Porque quiero.
Porque lo merezco.
La vida me sonríe, y aunque no siempre sé qué cara ponerle a tanta felicidad, sólo puedo devolverle una más grande. Una de esas sonrisas sinceras, que nacen del alma y no piden permiso.
Ya van seis meses de este año… ¡solo seis!
Y todo ha cobrado un brillo que hace tiempo deseaba.
Una luz que no ciega, sino que guía.
Una certeza suave que me dice: "Lo mejor aún está por venir".
Y yo, con la frente en alto y la mirada templada, estoy listo.
Porque no es suerte.
Es propósito.
Es trabajo.
Es amor propio.
Y aquí estoy.
Avanzando.
Soñando.
Agradeciendo.















