El primer enemigo
Dicen que el primer enemigo de un niño es un padre sin sanar. Yo no lo digo. Yo lo recuerdo Porque crecí aprendiendo que las heridas tienen voz y que a veces hablan más fuerte que el amor. Mi padre llegaba a la mesa, pero quien se sentaba frente a mi eran sus frustraciones. Sus derrotas. Sus miedos. Sus noches sin resolver. Yo era demasiado pequeño para entenderlo, pero lo suficientemente grande para cargarlo. Así fui creciendo. Como una casa construida sobre un temblor. Preguntándome qué tenía de malo, por qué el cariño a veces parecía castigo, por qué algunos abrazos dolían, por qué el amor venía acompañado de silencios tan largos como inviernos. Nadie me explicó que los monstruos no siempre nacen monstruos. A veces fueron niños también Niños a quien nadie abrazó cuando estaban rotos. Niños que aprendieron a sobrevivir antes de aprender a amar. Un día los vi. Convertidos en adultos. Repitiendo tragedias que juraron jamás repetir. Yo fui uno de ellos. Una abejita Pequeña Frágil Intentando fabricar miel mientras un oso hambriento arrasaba con todo. Durante años pensé que el oso era mi enemigo. Hasta que descubrí algo peor. El oso también sangraba También estaba perdido. También tenía cicatrices debajo del pelaje. Comprendí la parte más cruel de toda esta historia, que el dolor viaja de generación en generación como una herencia maldita. hasta que alguien decide morir un poco por dentro para que los que vienen después puedan vivir. Por eso escribo. Porque me niego. Me niego a entregar mis heridas como si fueran un legado familiar.
Me niego a convertir mis tormentas en el clima de mis hijos Me niego a ser el eco de todo aquello que me rompió. Algunas noches lloro por el niño que fui Lo abrazo. Le digo que no tenía la culpa. Que jamás la tuyo. Que merecía ternura y no batallas. Que merecía escuchar un "te amo" sin miedo a lo que vendría después. Cuando termina de llorar, cuando el mundo vuelve a quedarse en silencio, entiendo algo que todavía me desgarra. el primer enemigo de un niño no es un padre malo. Es un padre herido que nunca encontró el camino de regreso a sí mismo. Quizá la forma más profunda de amar sea detener esa herida en nuestro pecho y decir: Hasta aquí llega conmigo.












