Antes había cosas capaces de arruinarte el sueño de la emoción. Un viaje corto. Una película nueva. El sonido del carrito de helados acercándose por la calle. Incluso ciertas tardes parecían contener algo enorme aunque no ocurriera absolutamente nada.
Ahora casi todo llega filtrado por el cansancio.
Escuchas buenas noticias y lo primero que piensas es cuánto van a durar. Conoces lugares nuevos pero partes de ti siguen distraídas revisando pendientes invisibles. Hasta la felicidad adulta parece organizada en horarios.
Y qué silenciosa es esa pérdida. Porque nadie te advierte el momento exacto en el que empiezas a mirar el mundo sin el asombro con el que antes mirabas el cielo desde la ventana del carro.
Tal vez crecer también consiste en eso: en intentar recordar cómo se sentía vivir cuando todavía no sabías anticipar las decepciones.



















