«Esta actitud, análogamente repetida en cada uno de los países europeos, no sólo es legítima, sino absolutamente necesaria. ¿Es esto una justificación del nacionalismo intelectual? Dejando de momento sin respuesta esta pregunta, hay que reconocer que a ese nacionalismo se ha llegado por diversos caminos. Los primeros y más profundamente actuantes han sido el "tradicionalismo" y lo que podemos llamar el "separatismo europeo". El mecanismo de ambos es bastante sencillo. Consiste, por lo pronto, en que cuando existe cierta continuidad de pensamiento en un país, y por tanto un pasado al que referirse, se produce una alteración en la función de ese pensamiento: en lugar de considerarse que su misión primaria es entender las cosas y dar razón de ellas, se cree —o se aparenta creer, según los casos —que lo importante es empalmar con ese pasado particular y exaltarlo, nutrirse de él y descubrir en el las soluciones, más bien que en las cosas; lo cual implica, claro está, la creencia de que éstas están ya resueltas: a saber, en ese pretérito nacional. Esta actitud tiene una consecuencia doble: en primer lugar, la esterilización —al menos relativa— de ese pensamiento, en la medida en que de un lado reduce su problematismo, por tanto su carácter perentorio y urgente, y de otro lado limita voluntariamente sus recursos; en segundo lugar, la tendencia a subrayar lo diferencial de cada nación, a prescindir de las demás, en cuanto sea posible, y tratar de vivir "de las rentas"; a esto es a lo que he llamado "separatismo europeo".»
Julián Marías: «El pensamiento europeo y la unidad de Europa», en El intelectual y su mundo. Editorial Atlántida, págs. 47-48. Buenos Aires, 1956.
TGO
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