La habitaciĂłn estaba en tonos tenues, la luz se iluminaba más por mi piel que me hacĂa ver el brillo de tus ojos, tus labios perversos y las sonrisas hechizantes.
El blanco de mi piel encajaba perfecto con la tuya. Morena. Adictiva.
Tus manos se refugiaron en mis caderas mientras las mĂas en tu cuello y nos fundimos en un beso que nos robaba hasta el alma. La intensidad de este aumentaba y un mar nacĂa en mis bragas y en ti tu sexo aumentaba lo podĂa sentir tocando mi abdomen. Palpitando cerca de mĂ.
De besos delicados a candentes y viceversa, nuestras manos navegando por nuestros cuerpos, refugiándose a ratos en puntos clave; la ropa comenzaba a estorbar y con el calor que emanaba en el lugar se desvaneció.
Piel a piel, mis besos refugiándose en tu cara bajando por tu barba hasta tu pecho y ahĂ... Hasta hacerte vibrar un poco más. El sabor de ti en mi boca era como probar una pizca de tu amor mientras escuchaba los gemidos de tu ser entregando una parte de ti.
SubĂ, besando tu cuerpo, ágil buscaste mi boca y me besaste. Hiciste lo mismo, te refugiaste en lo más Ăntimo de mĂ y me hiciste gemir... Sentir el universo ahĂ, en la habitaciĂłn. Mis piernas cansadas, temblorosas y tu lengua seguĂa diciĂ©ndome lo mucho que deseaba estar ahĂ.
¡Ah!, la melodĂa que deseabas escuchar retumbo en la habitaciĂłn.
Suplicabamos ser uno, nos hacĂa falta y de repente te sentĂ. Cante melodĂas cada vez que el vaivĂ©n de sus caderas me hacĂa sentir un poco más del momento.
Los besos y nuestra unión fue un acto poético entre nosotros. Siendo uno.