Te miro y en verdad que no sé qué decir, solo quisiera abrazarte y decirte cuánto te he esperado…

seen from United States
seen from T1
seen from United States

seen from Singapore
seen from Maldives
seen from United States
seen from United Kingdom

seen from United States

seen from United States
seen from United States

seen from United States

seen from Canada
seen from China

seen from United States
seen from United States
seen from United States
seen from Türkiye
seen from Hong Kong SAR China

seen from United States
seen from United States
Te miro y en verdad que no sé qué decir, solo quisiera abrazarte y decirte cuánto te he esperado…

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
Solo quiero ser la mujer que buscas…
Quisiera que me miraras de la misma forma que yo te miro, que me pensaras de la misma forma que yo te pienso, que me desearas de la misma forma que yo te deseo ¿por que tienes que ser tan complicado enamorarse de mí?
Quisiera mirarme a través de tus ojos…
Ojalá la vida me lleve a ti una vez más y nos deje ser felices…

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
🇻🇪 Entre los escombros, algunos comerciantes decidieron volver a abrir. Perdieron negocios, mercancía y clientes, pero aseguran que quedarse de brazos cruzados no era una opción tras los terremotos que devastaron La Guaira. Lee la historia: https://eyboricua.com/?p=138617 #Venezuela #LaGuaira #Terremoto #Reconstrucción #Comercio #Noticias
View On WordPress
No creo que la gente se equivoque cuando dice que mis escritos duelen. Se equivocan cuando creen que el dolor fue una elección.
Hay quienes se ríen y aseguran que cualquier historia triste parece haber salido de mis manos. Dicen que mis letras tienen el peso de un funeral, que incluso una serie oscura les recuerda a mí, como si la desesperanza llevara mi nombre escondido entre los créditos. Lo dicen con una facilidad que casi da envidia, porque solo quien nunca ha tenido que aprender a respirar entre las ruinas puede hablar del sufrimiento con tanta ligereza.
Lo que ignoran es que la escritura no inventa una voz; la revela.
Las palabras siempre terminan regresando al lugar donde fueron heridas.
Por eso mis textos no saben fingir. No aprendieron a vestirse de optimismo para tranquilizar a los demás. No saben maquillar las grietas ni convertir los derrumbes en frases bonitas para que sean más fáciles de leer. Escriben exactamente como sobrevivieron.
Dicen que todo lo mío tiene tristeza. ¿Cómo explicarle a alguien que hay dolores tan antiguos que dejan de sentirse como una emoción y empiezan a parecerse a una forma de existir? ¿Cómo contarles que, cuando una parte de ti pasa demasiado tiempo intentando sostenerse mientras todo por dentro se cae, el alma termina olvidando el idioma de las cosas simples?
Yo tampoco quería que mi tinta aprendiera este lenguaje.
Habría preferido escribir con la calma de quien nunca tuvo que despedirse de sí misma tantas veces. Con la inocencia de quien desconoce el peso de una ausencia. Con la paz de quien no convirtió el silencio en refugio porque nadie supo abrazar aquello que estaba rompiéndose.
Pero las palabras siempre obedecen al lugar donde el corazón pasó más tiempo viviendo.
Y el mío conoció demasiado pronto la intemperie.
Quizá por eso todo lo que escribo parece una carta enviada desde un lugar al que nadie quisiera llegar. Porque cada frase nace de una versión de mí que tuvo que aprender a seguir respirando cuando ya no encontraba razones para hacerlo con la misma facilidad. Porque hay heridas que no sangran hacia afuera; sangran en la manera en que una persona mira el mundo, ama, calla... y escribe.
No soy yo quien vuelve triste cada página.
Es la vida que me atravesó la que sigue escribiendo a través de mis manos.
Así que, cuando alguien diga que mis textos son demasiado oscuros, demasiado profundos o demasiado rotos, ojalá nunca descubra lo que tendría que vivir para entender por qué existen. Porque si mis palabras les parecen pesadas, es únicamente porque no tuvieron que cargar el corazón que las escribió.
Hubo momentos en los que el sufrimiento dejó de ser mi enemigo y terminó convirtiéndose en el único lugar donde el caos guardaba silencio. No porque lo deseara, sino porque había una batalla dentro de mí cuyo estruendo era insoportable.
Descubrí que una herida en la piel jamás alcanzaba la profundidad de las que llevaba escondidas en el alma. Ningún golpe era tan brutal como el peso de mis propios pensamientos. Ninguna cicatriz visible podía compararse con las que nadie veía y, aun así, me deshacían por dentro.
Había un desorden permanente habitando mi mente, un torbellino de recuerdos, culpas, miedo y vacío que no descansaba ni un solo instante. Era un ruido que no conocía el silencio, que me perseguía incluso cuando todo alrededor parecía estar en calma. Y entonces comprendí algo que me rompía todavía más: cualquier dolor que pudiera tocar mi cuerpo era infinitamente más soportable que seguir viviendo atrapada dentro de mi propia cabeza.
Porque el cuerpo termina acostumbrándose al sufrimiento. El alma, cuando se rompe en silencio, no siempre tiene esa misma suerte.