Había días en los que la felicidad se convertía en una obligación insoportable.
La veía en los demás y pensaba que quizá yo también podría sentirla si me esforzaba un poco más. Sonreía cuando correspondía, intentaba disfrutar de las cosas que alguna vez me habían gustado, me repetía que no había ninguna razón para estar triste. Pero cuanto más intentaba arrancarme una sonrisa, más lejos parecía quedar de ella.
Y entonces aparecía esa culpa absurda.
Me sentía mal por estar mal.
Me odiaba por no poder disfrutar de lo que tenía. Me preguntaba qué demonios estaba roto en mí para que incluso los momentos buenos terminaran teniendo un sabor amargo. Quería sentirme feliz, aunque fuera durante unos minutos, solamente para descansar de mí misma. Pero no podía.
Y saber que no podía me hacía sentir todavía peor.
Era una especie de condena circular: buscaba la felicidad para dejar de estar triste y terminaba entristeciéndome porque no conseguía encontrarla. Después me culpaba por estar triste, y esa culpa volvía a hundirme un poco más. Una puerta que siempre conducía a la misma habitación.
Lo peor era que nadie podía verlo.
Desde afuera quizá parecía una persona tranquila. Quizá incluso feliz. Pero nadie escuchaba el ruido que hacía mi cabeza cuando se apagaban las conversaciones y me quedaba sola conmigo. Nadie sabía cuántas veces intentaba convencerme de que estaba bien antes de dormir. Nadie veía el cansancio de fingir que no me dolía algo que ni siquiera sabía nombrar.
Y qué cruel era querer ser feliz con todas tus fuerzas y descubrir que hasta la felicidad podía convertirse en otra cosa que no sabías alcanzar.
Durante mucho tiempo pensé que algún día simplemente despertaría distinta. Que habría una mañana en la que el mundo tendría sentido, en la que respirar no se sentiría como una tarea y en la que una cosa pequeña —el sol entrando por la ventana, una canción, una conversación cualquiera— sería suficiente para hacerme sentir viva.
Esperé demasiado.
Quizá por eso terminé odiando tanto aquella tristeza: no porque fuera nueva, sino porque llevaba años haciéndome promesas que nunca cumplía.
Me decía que después vendría algo mejor.
Después de esta noche.
Después de este mes.
Después de esta etapa.
Y siempre había un después.
Pero nunca llegaba.
Así que aprendí a vivir en ese lugar extraño donde uno no está completamente roto, pero tampoco consigue sentirse entero. Donde la felicidad aparece de vez en cuando, tímida, y antes de poder abrazarla ya estás preguntándote cuánto tardará en irse.
Tal vez eso era lo que más me dolía.
No estar triste.
Sino haber olvidado cómo se sentía estar verdaderamente bien.













