El poder de la manta
Por Nicaraguo
El dinero nunca duerme. Oliver Stone
La orden de la calavera metropolitana hace ondear sus estandartes amarillos y azota con sacos de perillas y porras de goma al pacífico mantero. Parece que quiere convertir al barrio de Once en su propio Tlatelolco represivo. No debe sorprendernos: hasta estos rincones llegan las vibraciones de la Trumpeta fálica y misógina que sacude al mundo. El espectáculo represivo, que es una sinfonía celestial para las derechas gorjeantes, se televisa las 24 horas en las pantallas infernales de los massmedia. El mensaje es brutalmente elocuente y sirve de escarmiento: igual destino correrá cualquiera que ose sentarse en las veredas del MauriCEO y su virrey colonial, Horacio Rodríguez LA REJA.
Pero lo que les duele es la libertad del mantero, que vive de acuerdo a la ley de la manta. No como el MauriCEO y su Virrey, ambos atrapados en la espiral sin fin del trabajo que genera más dinero y el dinero que genera más trabajo. El mantero es como el antílope de la sabana urbana: no necesita un enorme sillón de cuero donde perder tiempo con sus tiradores mientras piensa a quién despedir; necesita un poco de espacio: un día aquí y otro allí dando saltos gráciles, adonde le lleve la aventura. El mantero es libre y no se deja encorsetar por la lógica de la posesión burocrática del espacio público, por el fetiche del título de propiedad. Esa es la lógica que nutre al leviatán inmobiliario, que en vez de ver espacios donde se comparte la chaya y se amamanta, solo ve metros cuadros donde el trabajador barato y embrutecido es también una “amenidad”.
Digámoslo alto y claro, aunque nos peguen con sus botas: la guerra sucia declarada al contrapoder de la manta es una guerra de resentimiento.
Como hemos remarcado en esta columna muchas veces, la propiedad no es ni pública ni privada: es del que la ve primero. O como la poesía: es del que la necesita. Lo único que posee el mantero es su caminar, la dignidad del viaje, el nomadismo; arroja su manta milenaria al amparo del astro azteca mientras pone sus cacharros al alcance del transeúnte. Este cruza en manada, ausente y enajenado por los engranajes del dinero y el trabajo, cuyos pequeños dientitos se encastran entre sí y muelen lo poco que le queda de rebeldía.
Y el que mueve esas rueditas es el tirano de Barrio Parque, Horacio Rodríguez LA REJA. Para él resulta no solo incomprensible, sino directamente un acto de sedición, regirse por el intercambio de mercancías manteril que elude, con coreográficas y rebeldes piruetas, caer en los oscuros dominios del posnét.
De eso te trata todo: de la bancarización forzada de personas. Pero no solo a los manteros les toca bailar al son de la danza macabra que propone la Trumpeta del Norte: resulta que ahora, para congraciarse con el Rey Ubú de Washington, hasta los niños pueden tener cajas de ahorro.
No podemos permanecer sentados. Vienen por lo más sagrado de la América Morena: la inocencia de los pibes. Aceptamos mansamente las prisiones lúdicas del Monopoli y el Juego de la Vida (donde el que caía en bancarrota debía asumir el oprobio de convertirse nada menos que en un filósofo, ¡un filósofo!, mientras su oponente ingresaba a una mansión); las aceptamos sin chistar. Es sólo un juego, nos decíamos, mientras por sus manitas corrían títulos de propiedad, billetes, casas y hoteles.
Ahora el juego ha escalado. Se ha vuelto más real. Los niños hacen transferencias bancarias entre sí y juegan al paraíso offshore, mientras afuera la policía quiere meter al mantero senegalés, a fuerza de garrotazo, dentro de una galera para devolverlo al África donde pertenece.
Ignora el embrutecido agente de la ley que a aquel senegalés de mirada perdida le debemos, entre otras cosas, el andar en dos patas, lo que nos permite huir de la represión o andar en bicicleta; nos permite bailar y amar la vida; del continente de donde viene ese despreciable mantero surgió la primera Eva, y no la sumisa ama de casa que nos vender la patraña bíblica, sino la mujeraza que dio el portazo y se fue a conquistar Europa a pie y en tetas.
Sí, señora paqueta, escuchó bien: en tetas.
Porque de ahí venimos, por eso luchamos, y hacia allí vamos.
¡Por la Ameráfrica!











