La Picana Única Electrónica
A la memoria de todos aquellos héroes anónimos que solían impugnar su voto
A nadie puede sorprender el resultado electoral del domingo. La clase media porteña, acomodaticia y superflua, bracea en su piscina de dólares como solía hacer aquel simpático y oligárquico pato de la Disneylandia. ¿Y los demás? ¿Y el Sur? Que se las arreglen como puedan. Mientras tanto, la policía privada y sus primates de lentes oscuros custodian que la masa cobriza no ingrese a los Shopping Malls y reclame su parte. ¡Atrás! ¡Atrás!
En este arco iris nihilista con distintos tonos de amarillo la vida del pobre, del anciano, de la mujer, valen poco. Sin embargo, no es esto –el avance imparable de las derechas y el presagio aterrador de una nueva larga noche oscura neoliberal cerniéndose en el horizonte de los pueblos libres– lo que queremos denunciar en esta columna, sino un caso muy concreto de tortura que tuvo lugar el día de la elección en una alejada escuela de Barracas.
Para preservar fuentes de trabajo y evitar las consabidas venganzas de los tecnócratas, la mayoría de los datos identitarios de este violento drama serán omitidos.
La maquinola que impuso el macrismo en esta elección persigue un fin muy específico: dar caza a los impugnadores, aquellos héroes antisistema que, con originalidad, han siempre desafiado el orden establecido y han dejado constancia de su inconformismo impugando su voto. Todo esto, dígamoslo con todas las letras, en honor a la Diosa Velocidad que impregna con sus prisas la vida cotidiana del misérrimo pueblo porteño. Es cierto que los resultados ahora están al instante, pero en el instante no hay felicidad: sólo fugacidad y desprendimiento.
Hoy, todo aquel que quiere impugnar su voto porque no quiere dárselo a los capitostes de las élites políticas, pero tampoco engrosar el voto en blanco -históricamente la opción de los tibios-, se halla en una encrucijada: hay que votar o votar. O recurrir, como escuché por ahí, a engaños más propios de un ilusionista italiano que de un votante cualquiera. Ante mi pregunta se me sugirió que engañase a las autoridades de mesa fingiendo con la boca el monocorde sonido de impresión, mientras con la mano debía bajar despacio la boleta pegada por fuera a la ranura, no dentro de ella.
Así no. Merecemos impugnar en paz, en formas naturales que no se contradigan con nuestra cultura milenaria. ¡Maldita aculturación forzada! ¡Quiten sus máquinas de nuestros sobres!
Ocurrió en Barracas lo que voy a referirles brevemente ahora. La investigación y posterior presentación en la Justicia está en manos del CELS. Un hombre de mediana edad, que llamaremos el Impugnador, concurrió a votar. Deseaba impugnar su voto, como ha hecho toda la vida. Para ello llevaba una feta de salame, clásica y barriobajera opción ante la opresión que tiene el impugnador.
Sin embargo, nuestro Impugnador se llevó una desagradable sorpresa cuando, ya enfrentado a la insensible máquina, procedió, como dictaba la costumbre de una vida llena de alegres impugnaciones, a meter la feta de salame en la ranura de la máquina.
Según testigos presenciales, que dieron posteriormente su testimonio al equipo del CELS, el Impugnador salió disparado hacia atrás. “Voló como dos metros”, cuenta una vecina; “tenía todos los pelos así, para arriba, chamuscados” confirmó otro. Las luces del aula, como en el peor momento de la dictadura, parpadearon. El propio damnificado refirió gráficamente lo sucedido: lo calificó, sin medias tintas, como una “bruta patada” y exigió “a todos esos fascistas” que “paguen por la tortura” que le hicieron el domingo.
Al parecer, la grasa de la feta, que llevaba desde la mañana reposando en el bolsillo del Impugnador, hizo cortocircuito, o vaya uno a saber qué, con el cableado interior de la máquina, haciendo que esta, como reacción ante tamaño acto de independencia, le diera una brutal descarga eléctrica que por poco le quita la vida.
Las autoridades de mesa, en vez de intentar reanimarlo o llamar a una ambulancia, le pidieron “que se pare y vote o se vaya a su casa”. Si éstos estaban conchabados con la máquina picaneadora es algo que también está investigando el CELS. Uno de los fiscales, completamente insensible al dolor del Impugnador, le dijo, de forma completamente clara y audible, que aquello le había sucedido “por pelotudo”. Forzado por la Gendarmería, que para estas cosas sí que está, el Impugnador fue obligado a levantarse y votar nuevamente, esta vez con una de estas tarjetas de crédito que emiten votos. Un fiscal pequeñito se encargó de elegir qué votar por el Impugnador: lista completa, la de Larreta y sus Camisas Amarillas, y a otra cosa. Que pase el que sigue. Rápido. ¡Rápido que tenemos prisa!
El Impugnador se encuentra ahora en su casa, una heroica vivienda que alquila en una propiedad horizontal de Barracas. Su dueño no sabe que allí vive un héroe. De saberlo le aumentaría el alquiler, por eso debemos mantenerlo en el anonimato. El Imugnador dice que no puede moverse ni trabajar; que cierra los ojos y todavía puede ver la máquina descargando toda su furia; dice sentir cómo la electricidad le corre por el cuerpo; que puede ver al pequeñito fiscal de la sardónica sonrisa eligiendo a Rodríguez Larreta por él.
El Impugnador, incapaz de superar las huellas físicas y psicológicas del tormento recibido, pronto perderá su trabajo. Allí estaremos nosotros para hacernos cargo de que él ni su familia pasen hambre. Pero esto no debe quedar así.
Dentro de 10 días la ciudadanía deberá enfrentarse otra vez a las Máquinas para votar en una elección que ahora se revela completamente fraudulenta. Próximamente, en otra columna escrita a contrarreloj, definiremos la mejor manera de dejar fuera de combate a las maquinolas. Pero deberemos hacerlo todos juntos, en todas las Comunas, y al unísono.
Sólo así entenderán las derechas:
Cuando torturan a uno nos torturan a todos.