Historia de un hombre, un banco y un Banco ( y la Alcalda de los pobres) .-
Lo veía todos los días, tan temprano que se podía decir con toda lógica que aún era de noche. Madrugábamos los dos, yo para empezar mi jornada laboral y él para acondicionar lo que sería su “vivienda” o residencia hasta que el crepúsculo volviera a abatirse sobre la ciudad (de la obra del mismo nombre).
Transportaba sus pertenencias, distribuidas en bolsas de plástico a modo de armario, vestidor, zapatera, despensa, biblioteca y trastero en un carrito de supermercado. Una vida resumida y llevada a rastras en un viejo carro de supermercado.
Lo saludaba cada mañana y siempre respondía al saludo sin alzar los ojos, de manera formal, escueta, distante pero educada. Y en dos ocasiones intenté mantener una conversación que por su parte se limitó a respuestas monosílabas pero con cortesía.
Le pregunté si necesitaba ayuda. “No”, contestó. “¿Se encuentra bien de salud?” insistí, “sí”, fue su respuesta. “Puedo dejarle algo de dinero, sin compromiso alguno”, le ofrecí. “No gracias, no lo necesito”.
Pasaba prácticamente todo el día sentado en unos de esos bancos instalados en la vía pública, siempre en el mismo. Y digo sentado, no acostado ni ocupando más espacio que el necesario para una persona. Su carrito, muy ordenado, lo mantenía cerca pero sin estorbar a quienes paseaban por aquella vía peatonal.
Pero resultó que el banco estaba justo frente a las puertas de un Banco y molestaba claro. El problema con la miseria no es que exista sino que se muestre, que la veamos como algo presente a nuestro alrededor. Y en éste caso peor porque lo hacía sin rubor ni complejo, con una evidente crudeza que además no tenía el fin de causar compasión ni pedir limosna o caridad. Es más, aquel hombre la rechazaba rotundamente pero con seca amabilidad si se le ofrecía.
No molestaba, no gritaba, no era soez ni agresivo, no escupía ni dejaba basura o restos orgánicos, es que no hablaba y su vida era pura introspección. Pero no era suficiente, al Banco le molestaba el hombre en el banco más allá de que nunca traspasara las puertas de su Banco ni acosara a sus clientes, pero molestaba. Así que intentaron que se fuera, que no regresara al banco, privarle posiblemente del único disfrute y lugar en donde sentirse en paz y seguro, aquel banco. Le pidieron que se fuera a otro más apartado, lo rodearon con cintas plásticas indicativas de prohibición para utilizarlo por “recién pintado”. Pero no era algo que podían mantener indefinidamente, así que como él hombre siempre regresaba lo amenazaron, pero ni por esas. Entonces le ofrecieron dinero para que no volviera, es decir le ofrecieron comprarlo (a él no al banco), pero se encontraron idéntica respuesta, no. Porque a él le gustaba aquel banco frente al Banco y porque si algo tenía claro en su aspecto de permanente tristeza es que él no compraba pero tampoco se vendía. No podían obligarlo legalmente a dejar de utilizar el banco frente al Banco.
Una mañana, de esas nocturnas en las que coincidíamos, llegué al banco y el hombre no estaba, había desaparecido. El Banco finalmente logró su propósito aunque para librarse del hombre tuviera que librarse primero del banco.
Sí, el Banco logró eliminar al banco para deshacerse de aquel incómodo ser (humano) que mostraba a sus puertas diariamente una de la miserias (con seguridad de las más nobles) de las que todos estamos hechos, porque sin acicalar, ropas, adornos y afeites todos somos igual de vulnerables. Mi primera reacción fue de tristeza para pasar de inmediato a un asombro que transitó en poco tiempo a una rabia difícilmente contenida. Porque el mobiliario público si tiene algo que lo diferencia de otros bienes es por eso mismo, que es público, es de todos y nadie que no sea la autoridad competente puede ponerlo ni quitarlo.
Entonces lo entendí todo, el Excelentísimo Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife por medio de la concejalía de infraestructuras había tomado (atendiendo a las órdenes y deseos del Banco) la única decisión posible para eliminar al hombre; eliminar el banco. Lo arrancaron literalmente de su sitio y se lo llevaron.
"El capitalismo salvaje, el neoliberalismo (lo que quiera que sea eso) y su tenebrosa alianza con el fascismo de negros tentáculos había vencido una vez más a los pobres", seguro que pensaran muchos.
Sólo hay un pequeño detalle que estropea una historia que es un escaparate para la reivindicación de la lucha anticapitalista y antifascista de los revolucionarios de salón que tanto abundan en estos tiempos. El gobierno municipal que retiró el banco en el que pasaba el día el pobre pero digno hombre sentado frente al Banco, no era de la “inmunda y despreciable derecha de toda la vida” sino del Partido Socialista Obrero Español (PSC). La orden era responsabilidad final de la entonces alcalda, “obrerista y muy de barrio”, como gusta reivindicarse a sí misma en público, Patricia Hernández Gutiérrez
Y así termina la historia, igual que el banco frente al Banco, el hombre sentado en el banco frente al Banco desapareció. Poco después con la irrupción en nuestras vidas de la COVID-19 llegaron los meses de confinamiento y a su término pude comprobar que el banco frente al Banco había sido restituido a su lugar de origen. Se había resuelto por fin “el problema”, que no es que existan personas que tengan que vivir sin los recursos mínimos sino que se exhiban sin pudor en nuestra presencia. Al hombre del banco frente al Banco no lo he vuelto a ver desde que le quitaron la posibilidad de disfrutar de aquel lugar donde sentarse, mientras la exalcalda persiste en su pataleta y llora de rabia e indignación por haber sido desalojada democráticamente de su confortable sillón.
Justo todo lo contrario que sucedió con el hombre que lo único que quería era sentarse tranquilamente hasta llegar la noche en... el banco, frente al Banco