La chica de los besos de muerte
Todos creen, que estas cosas no le pasarĂĄn a uno mismo. Pero pasan, y a veces, son un enigma.
Hace 30 aĂąos conocĂ a Teresa, el amor de mi vida, pero en ese entonces lo desconocĂa, ella me veĂa como su amigo y yo la veĂa como MI amiga, era la Ăşnica que no cayĂł ante mis encantos apenas me conociĂł. Incluso lleguĂŠ a pensar que era lesbiana. En la escuela yo era, aĂşn lo soy, ese tĂpico hombre a quien todas las mujeres quieren como esposo y padre de sus hijos. Me decĂan que era muy atractivo y encantador, y que al momento de hablar con ellas se sentĂan enamoradas. MĂĄs o menos cincuenta mujeres se me declaraban en un aĂąo, y a esas cincuenta mujeres las rechazaba. HabĂan unas que no me decĂan nada, pero sus amigas se preocupaban de que me enterara, y era chistoso verlas despuĂŠs, porque se ponĂan rojas inmediatamente al verme.
Una vez, a fin de aĂąo, vino una niĂąa, Daniela se llamaba, con Teresa del brazo, no conocĂa a Teresa entonces, otras que venĂan a declarar su amor. En ese momento pensĂŠ que ambas iban a declararse, pasa a menudo, pero sĂłlo Daniela hablĂł. Teresa, mientras tanto, se preocupaba de ver a otro lado pero sin separarse de su amiga. TenĂa la mĂşsica de su reproductor tan fuerte, que podĂamos escuchar su mĂşsica, estaba escuchando November Rain, canciĂłn de mi grupo favorito, Guns Nâ Roses, y veĂa hacia todos lados menos a mĂ ni a su amiga, o sea, ignoraba completamente la situaciĂłn en la que estaba. Cuando rechacĂŠ a Daniela, Teresa se concentrĂł en consolarla mientras se fueron.
Cuando era hora de salir de la escuela, Daniela se fue y Teresa se quedĂł esperĂĄndome. Y al salir, me tomĂł de sorpresa cuando comenzĂł a gritarme sobre Daniela, âella es muy linda persona, y no merecĂa que la rechazaras como rechazas a las otras. PensĂŠ que ibas a ser mĂĄs dulce, como todas las tontas de acĂĄ dicen que eres.â Durante ese tiempo, todos los que aĂşn no se iban se juntaron alrededor de nosotros, pero Teresa seguĂa gritĂĄndome, no le importaba nada âYo le dije que no te dijera nada, y que esperara a que se le pasara, pero estĂĄ tan enganchada por ti, que no me hiso caso. Primera vez que no sigue mi consejo y la dejas asĂ de malâ. No podĂa ver a otra parte que no fuera ella, quizĂĄs era porque sus ojos negros, o cafĂŠs muy oscuros, no me dejaban ver a otra parte, me sentĂa intimidado por esos ojos. âDeberĂas tener un poco de compasiĂłn por todas quienes se te declaran, pero claro, estĂĄs acostumbrado a que todas giren a tu alrededor y no teâŚâ En eso llegĂł el rector de la escuela.
Obviamente nos dijo que fuĂŠramos a su oficina, y mientras esperĂĄbamos a que nos llamaran aprovechĂŠ de explicarle todo. Que no era mi intenciĂłn herir a nadie, que de cualquier forma que rechace a alguien, esta sufrirĂa. DespuĂŠs de mucho tiempo explicĂĄndole de distintas formas, entendiĂł. Justo antes de que nos llamaran para entrar a la oficina, cuando el director nos seĂąalĂł su oficina, le preguntĂŠ cuĂĄl era su nombre, me dijo Teresa, yo le dije el mĂo pero ya lo sabĂa.
Adentro, el rector nos preguntĂł por quĂŠ habĂamos comenzado a discutir y Teresa le explicĂł todo. El rector miraba a Teresa, mĂĄs bien a sus ojos, y al parecer, yo no era el Ăşnico que se sentĂa hipnotizado por esos ojos negros. Cuando Teresa terminĂł de hablar, el rector me mirĂł, buscĂł mi expediente en la carpeta de alumnos de penĂşltimo aĂąo y escribiĂł una nota de mal comportamiento. DespuĂŠs saco el libro de⌠¥¿último aĂąo?! ÂżTeresa es mayor que yo?, al ver ese libro, mirĂŠ a Teresa para convencerme que era mayor y creo que me leyĂł la mente, porque apenas me devolviĂł la mirada me dijo âfui adelantada dos aĂąos, pero repetĂ uno por inasistenciaâ, entonces yo seguĂa siendo mayor. El rector le dijo que era una lĂĄstima escribir una nota de mal comportamiento en un expediente tan impecable, pero debĂa hacerlo. Nos hiso firmar a cada uno y nos echĂł educadamente de su oficina.
Teresa saliĂł primero de la escuela, y yo la seguĂa. No era porque la querĂa seguir, era porque nuestras casas estaban hacia el mismo lado. Cuando se dio cuenta que la seguĂa parĂł y me esperĂł, me preguntĂł por quĂŠ la seguĂa y le respondĂ que ese era el camino que seguĂa para llegar a mi casa. Caminamos juntos hasta llegar a la primera casa, era la suya, la mĂa estaba en la misma calle que la de ella pero tenĂa que caminar dos cuadras mĂĄs. Todo el camino fuimos hablando de cada uno. Los gustos, opiniones, expresiones, grupos de mĂşsica. Como todo par de amigos, tenĂamos mĂĄs cosas en comĂşn que cosas distintas. Y asĂ nos hicimos amigos. Al principio las niĂąas de la escuela le tenĂan envidia, pero despuĂŠs se hicieron a la idea que yo tenĂa una amiga y se acostumbraron a verme con ella.
HablarĂŠ de la vida de Teresa pr ahora, comenzando por su familia. Sus padres⌠bueno⌠eran extremadamente sobre protectores con ella, y yo a veces, con nuestros amigos la robĂĄbamos para ir a alguna fiesta, sin avisarles a sus padres, asĂ que cuando llegaban y veĂan que su hija no estaba, llamaban a todos sus contactos, uno por uno, hasta saber dĂłnde estaba su hija, pero cuando se enteraban que estaba conmigo, se relajaban un poco y al llegar a la casa no la retaban tanto. Aunque fueran mĂĄs de las siete de la tarde (hora limite para Teresa). Con diecisiete aĂąos tenĂa que pedir permiso para salir a comprar a la esquina, imagĂnense sacarla sin aviso con esa hora lĂmite.
Una vez, a las diez de la noche, necesitaba a mi amiga para que me ayudara con mis deberes en mi casa, yo tenĂa que hacer muchos trabajos para la escuela y dos pruebas al dĂa siguiente. Era muy rĂĄpida para limpiar la casa, ademĂĄs le gustaba ordenar mi casa porque era grande y espaciosa. Iban a llegar mis padres en esa maĂąana, y si hubiesen visto como estaba la casa, me castigarĂan hasta que me case.Â
Cuando terminĂł eran las 4 de la maĂąana y a mĂ me quedaba solo un trabajo por hacer, asĂ que le dije que podĂa ir a dejarla y volverĂa para terminar mi trabajo, pero se negĂł. Me dijo que se irĂa cuando yo terminara mi trabajo y que ella me ayudarĂa para terminar antes. Fue la primera vez que hacĂa mis tareas con ella, y me gustĂł. Era muy divertida para enseĂąar, asĂ que no me demorĂŠ en terminar el trabajo. Cuando terminamos, le volvĂ a decir que la irĂa a dejar. Y se volviĂł a negar, me dijo que querĂa jugar en el Play Station, aunque fueran ya las cinco de la maĂąana, y yo tenĂa que ir al colegio en dos horas, pero no sĂŠ por quĂŠ accedĂ.
Pasamos las dos horas jugando brutalmente y discutiendo amistosamente. Al final se quedĂł dormida en el sillĂłn, y cuando la veĂa dormir⌠creo que ahĂ comencĂŠ a enamorarme de ella. DormĂa muy profundo, y su respiraciĂłn apenas se notaba, me quedĂŠ a dormir a su lado por diez minutos, los que usaba para ducharme, y cuando despertĂŠ, ella seguĂa durmiendo, y yo me puse a mi observarla.
Al despertarla, tenĂa un brillo en sus ojos tan novedoso y lindo que me daba pena dejar de ver sus ojos. Sus labios eran pequeĂąos pero carnosos y rojos. No me resistĂ y la besĂŠ, y ella me correspondiĂł el beso. El primero fue pequeĂąo y corto. No era un beso cĂĄlido, pero sentĂa amor y cariĂąo en ĂŠl. El segundo fue mucho mĂĄs largo y apasionado, pero sentĂa lo mismo que el primero, y cuando salimos del trance en el que ambos estĂĄbamos, dije lo mĂĄs estĂşpido que cualquiera puede decir despuĂŠs, le dije que no me gustaban sus besos, pero aĂşn asĂ me sonriĂł y me beso de nuevo, y luego se parĂł.
Bueno, salimos. Yo tenĂa que ir al colegio y ella a su casa. Su casa⌠¥SUS PADRES! DebĂa ir a dejarla y dar excusas, tendrĂŠ que llegar a la escuela tarde, luego de ir a dejarla. En el camino le dije que me di cuenta que la querĂa mucho, y que me gustaba, y ella me dijo que le pasĂł lo mismo en el momento en el que la besĂŠ. Y le propuse que comenzĂĄramos una relaciĂłn formal, ella no acepto, dijo que no querĂa nada formal pero que querĂa estar siempre conmigo, asĂ que quedamos en que sĂłlo nos buscarĂamos cuando quisieramos al otro, como amigos con ventaja, pero ambos sabiamos que ya no eramos amigos.
Cuando llegamos a su casa, ya adivinarĂĄn cĂłmo estaban sus padres, nos gritaron mucho, a ella mĂĄs. Y luego nos separaron, ella con su padre y yo con su madre. Me decĂa que ellos me querĂan mucho, y que confiaban en que yo la cuidarĂa tanto como ellos la cuidan. No me pude despedir de ella, iba a llegar muy tarde y no me dejarĂan entrar a la escuela, asĂ que me fui.
Estuve todo el dĂa pensando en lo que le habrĂan dicho sus padres, y cuando salĂ, fui inmediatamente a la casa de Teresa a saber de ella, y cuando lleguĂŠ, llamĂŠ al timbre pero no saliĂł nadie, y Teresa me dijo que siempre hay alguien en la casa, y que si nadie salĂa, que pasara, asĂ que pasĂŠ dentro de la casa y sus padres estaban llorando. Yo deduje que algo malo le habĂa pasado a su hija, asĂ que fui a la pieza de Teresa a preguntarle, ya que por lo visto, sus padres no podĂan hablar de tanto llanto, pero no estaba, no habĂa nadie en esa pieza, y al devolverme hacia sus padres, me mostraron una nota hecha por Teresa.
âMe cansĂŠ de tanto cuidado de su parte, fui por ahĂ, y quizĂĄs no sepan dĂłnde estĂŠ, pero sĂŠ que estarĂŠ bien. SĂŠ cuidarme, ya tengo 17 aĂąos.
Me fui de su casa, sabĂa en quĂŠ lugares podrĂa estar, asĂ que recorrĂ cada uno de esos lugares. EmpecĂŠ por el centro comercial. CorrĂ por todos los pisos y entre a todas las tiendas, hasta las que no le gustaba a Teresa, por si acaso. No la encontrĂŠ. Fui hasta las tiendas clandestinas donde venden de todo, a Teresa le gustaban esas tiendas pequeĂąas, hice lo mismo, vi a cada persona en esas tiendas, pero Teresa no estaba ahĂ, salĂ a la calle, y en ese momento recordĂŠ que Teresa me habĂa dicho, que cuando fuera libre, libe de la guardia de sus padres, iba a correr por todas las cuadras del centro ya que ese era el lugar al que menos iban. TomĂŠ el metro en direcciĂłn hacia el centro esperando a que ella estuviese por ahĂ. Me bajĂŠ y comencĂŠ a correr por todas las cuadras. CorrĂ por dos horas pero no la encontrĂŠ.
Preocupado, fui a mi casa, pensando todo el camino en donde podrĂa estar. Al llegar, estaban todos nuestros amigos en MI casa, esperĂĄndome para hablar de Teresa, menos mal aĂşn no llegaban mis padres. Estaban preocupados, al igual que yo. Puede que Teresa tenga diecisiete aĂąos, pero hay sido pocas las veces que ha estado sola fuera de su casa y no sabe dĂłnde estĂĄn todas las calles y podĂa perderse, entonces decidimos que nos separarĂamos, ĂŠramos diez, dos se fueron a la casa de los padres de Teresa, dos se fueron hacia el centro, dos hacia el supermercado, dos al parque que estaba bastante lejos, y dos nos quedamos en mi casa por si volvĂa.
Nos quedamos esperando un largo rato, cuando sentimos que la puerta se abrĂa. Eran los dos que habĂan ido al parque, nos dijeron que Teresa no estaba ahĂ, y que los que habĂan ido al centro los llamaron y que tampoco la vieron ahĂ, y que tampoco la vieron en el supermercado. Ninguno sabĂa dĂłnde mĂĄs podĂa estar, y yo en un momento de desesperaciĂłn, les gritĂŠ a quienes estaban ahĂ conmigo, les decĂa que eran unos inĂştiles, que no sabĂan buscar, y que no tenĂan idea de quĂŠ le podĂa pasar a Teresa, les gritĂŠ tan fuerte, que uno de ellos me mojĂł con agua muy frĂa, y ĂŠl comenzĂł a gritarme ahora para que me relajara. Con eso entrĂŠ en razĂłn y me relajĂŠ.
SubĂ a mi dormitorio a cambiarme de ropa, un tanto triste, para ser verdad, estaba muy triste y preocupado. Al llegar a mi dormitorio, antes de cambiarme, me tirĂŠ en mi cama llena de ropa, libros y demĂĄs, y al caer, siento un gemido. Me parĂŠ inmediatamente y descubro la cama, y Teresa estaba ahĂ, ÂĄen mi cama!. Lo Ăşnico que pude hacer en ese momento fue gritar su nombre, y ella me respondiĂł, en eso siento que todos los que estaban abajo subĂan las escalera corriendo, y yo abrazo a Teresa con mucha fuerza. Y llegaron todos en ese momento.
Le preguntamos dĂłnde estuvo tanto tiempo y respondiĂł que no querĂa hablar con nadie mĂĄs que conmigo, asĂ que nos dejaron solos. Me dijo que saliĂł a correr sin avisar, que sĂłlo correrĂa dos cuadras, pero no quiso parar de correr porque sentĂa que corriendo se sentĂa libre, lejos de sus padres, reglas y deberes, y que cuando ya se estaba cansando, prefiriĂł pasar a mi casa en lugar de la suya, y que ya no querĂa ver a sus padres nunca mĂĄs, pero yo le dije que tenĂa que hacerlo porque estaban muy mal sin ella y que no tenĂa dĂłnde mĂĄs ir, me dijo que podĂa quedarse conmigo, pero se lo neguĂŠ. MarquĂŠ a sus padres, estaba enojada y con eso se enojĂł mĂĄs aĂşn; contestaron y les dije que estaba aquĂ con nosotros, y me dijeron que la vendrĂan a buscar dentro de diez minutos, fueron cinco.Teresa no me hablĂł en ese tiempo. Me mirĂł con ira al subirse al taxi en el que la esperaban sus padres. SentĂ que ya la habĂa perdido, pero no lo aceptaba.
Al dĂa siguiente, sĂĄbado, fuimos todos a ver a Teresa, pero estaba durmiendo. Sus padres nos abrasaron mucho, y al final a mi, me dieron las gracias por llamarlos y que yo era el Ăşnico en quien podĂan confiar a su hija. Yo ya estaba acostumbrado al cuidado que le tenĂan a Teresa, el resto no, incluso se enojaban con ellos por no dejarla salir, pero luego nos dijeron algo que nos permitiĂł a todos entender sus cuidados. Esas palabras nunca se me pudieron quitar de la cabeza.
"Al nacer, el doctor dijo que Teresa venĂa con un problema leve, que tenĂa una mancha en la piel que los doctores le dicen âla marca de la muerteâ, que todos los que han tenido esa mancha no viven mas de los 18 aĂąos, que cuando los cumpliera, serĂa cosa del destino si vive mĂĄs tiempo. En el mundo, han existido solo tres casos contando el de Teresa a lo largo de la historia, el primero fue en el aĂąo del nacimiento de Cristo, el segundo fue en 998, y el Ăşltimo⌠ya saben. Por eso cuidamos tanto a Teresa, queremos disfrutarla el poco tiempo que tiene, sobretodo ahora, faltan siete meses para su cumpleaĂąos y⌠tenemos⌠miedoâŚ"
No pudieron seguir hablando, ambos comenzaron a llorar, pero no fueron los Ăşnicos, nuestras amigas tambiĂŠn lloraban, sobretodo Daniela, y ninguno se salvĂł de los ojos rojos. Yo⌠no pude hacerme a la idea de perder a Teresa cuando reciĂŠn comenzabamos a tener una⌠especie de relaciĂłn amorosa, no pude, y me enojĂŠ conmigo mismo cuando recordĂŠ que ella estaba enojada conmigo, y nacieron unas ganas enormes de besarla. SeguĂ mi impulso y fui a despertarla. Cuando entrĂŠ a su habitaciĂłn ella seguĂa durmiendo. CerrĂŠ la puertas detrĂĄs de mĂ y me acerquĂŠ para despertarla, pero dormĂa tan tranquilamente que sĂłlo pude besarla en la frente para seguir verla durmiendo, pero despertĂł.
Cuando me vio, me dijo traidor, pero no estaba enojada. Yo le sonreĂ. Me sentĂŠ a su lado en la cama sin decir nada, estuvimos un largo rato en silencio uno al lado del otro, pero no era un silencio incĂłmodo, era como si ambos estuviĂŠramos disfrutando del otro. Y arruinĂŠ el momento al pedirle que me besara, ella sonriĂł y me recordĂł que no me gustaban sus besos, pero necesitaba sus besos. Me dijo âlos besos no se dan, se roban.â, entonces fui por mi beso. Me inclinĂŠ y la besĂŠ, sentĂ el frĂo caracterĂstico de sus besos y me separĂŠ de sus labios un poco, me preguntĂł que quĂŠ pasaba, y le respondĂ âcreo que tus besos comienzan a gustarmeâ, nos reĂmos un poco y seguimos besĂĄndonos. HabĂa entendido porquĂŠ sus besos eran frĂos. Eran los besos de la muerte.
Teresa no muriĂł a la edad de 18, la muerte me permitiĂł tenerla mĂĄs tiempo. FalleciĂł a los 26. En ese tiempo fuimos novios, tuvimos una relaciĂłn formal, peleĂĄbamos, nos reconciliabamos, ambos nos graduamos, ella de psicologĂa y yo de administraciĂłn de empresas, fuimos a vivir solos, le propuse matrimonio, nos casamos, hicimos el amor muchas veces y tuvimos un bebĂŠ. Fue niĂąa, le pusimos PĂa.
PĂa tenĂa 2 aĂąos y ocho meses cuando Teresa nos dejĂł. Esa vez estĂĄbamos los dos en la cama desnudos, habĂamos hecho el amor la noche anterior, era sĂĄbado en la maĂąana y Teresa aĂşn no despertaba, asĂ que comencĂŠ a acariciarla, desde el cabello pasĂŠ a su rostro, luego el cuello, y bajĂŠ a sus pechos, y ahĂ me dijo pervertido, yo me reĂ por su expresiĂłn y la besĂŠ. Me saludĂł correspondiĂŠndome el beso y se parĂł a buscar a PĂa a su cuna para llevarla a la cama. Cuando Teresa se volviĂł a acostar, PĂa seguĂa durmiendo en sus brazos y sĂłlo la acariciaba. Yo no podĂa dejar de ver a los dos amores de mi vida, era una escena muy tierna. Un rato mĂĄs le dije a Teresa que la amaba, ella girĂł su cabeza hacia mĂ y me respondiĂł con un beso, me dijo que me amaba y que se tenĂa que ir, se volviĂł hacia PĂa y tomĂł su telĂŠfono mientras movĂa unas cosas en ĂŠl, le preguntĂŠ que a quĂŠ se referĂa con que se tenĂa que ir, a dĂłnde irĂa, era sĂĄbado, pero no dijo nada, en lugar de eso respondiĂł con un suspiro largo y profundo.
SospechĂŠ que ese serĂa su Ăşltimo suspiro, nunca lo habĂa escuchado en ella, verifiquĂŠ su respiraciĂłn, no la sentĂa, medĂ su pulso, no tenĂa, estaba muerta, No estaba asustado pero⌠sĂ, sĂ lo estaba. No querĂa perderla, no aĂşn, tomĂŠ su telĂŠfono para llamar a sus padres para preguntarles si sabĂan de algo que la salvara, pero me calmĂŠ cuando vi lo que tenĂa escrito, decĂa âÂżQuĂŠ pasa cuando se abrazan el amor y la muerte? ÂżSe muere el amor? ÂżO se enamora la muerte? Tal vez la muerte morirĂa enamorada y el amor amarĂa hasta la muerte.â. En ese momento, llorando, pero estaba mĂĄs tranquilo, tomĂŠ a PĂa, quiĂŠn se puso a llorar apenas la saquĂŠ de los brazos aĂşn cĂĄlidos de su madre. La vestĂ y me vestĂ, luego llamĂŠ a Miguel, un amigo de ambos, muy cercano, dijo que llegarĂa en quince minutos, y asĂ lo hizo. Me ayudĂł a decirles a todos. No faltĂł ninguna persona que conociera a Teresa,
En su funeral PĂa no paraba de llorar. Yo tampoco. Y cuando terminĂł muchos se fueron, pero yo no me movĂ ni un centĂmetro, no querĂa irme sin Teresa. Y el padre de Teresa me palpĂł el hombro y me dijo que los acompaĂąara, que ellos me llevarĂan a casa. En el camino me decĂan lo muy agradecidos que estaban conmigo por darle a su hija una vida plena que muchas personas quisieran, yo no decĂa nada, sĂłlo arrullaba a PĂa para que pudiera dormir, no querĂa hablar, no por el momento. La madre de Teresa me dijo que ellos podĂan llevarse a PĂa para que yo estuviera un tiempo solo para hacerme a la idea, pero me neguĂŠ, querĂa estar con mi hija. Cuando lleguĂŠ a nuestra casa con PĂa en mis brazos notĂŠ de inmediato el vacĂo que dejĂł Teresa. Ya era la hora de la comida de PĂa, asĂ que se la preparĂŠ, se la di, y despuĂŠs dormimos.
Han pasado ya 22 aĂąos, y no me he enamorado de nadie mĂĄs. PĂa trata de encontrar alguna mujer de mi agrado, pero no. No es que no me gusten, sĂłlo que sigo enamorado de Teresa, y no creo que me enamore de nadie mĂĄs.
Cuando le contĂŠ esta historia a PĂa, me dijo que su madre sabĂa que morirĂa, y que dejĂł esa frase porque sentĂa que describĂa muy bien nuestro amor.
Bueno, Teresa muriĂł amandome y estoy seguro de que yo la amarĂŠ hasta la muerte.