Frío
El frío se apoderaba de mi pecho y por mis pulmones entraba un aire frío que solo la noche sabía explicar. Era una noche común; los faroles guiaban mi camino y la plaza de aquel pueblo arrullador aún irrumpía en charlas, risas, balones y silencios.
En la banca de la esquina me quedé, encontrando paz en medio de tanto ruido, manteniendo la calma para que mis ojos cristalinos no se inundaran de un sentimiento que ya nada podía calmar.
A mi lado había una pareja muy joven, prometiéndose el amor eterno que jamás tendrían, y frente a mí un grupo de chicos, con toda la juventud por delante, jugando con un balón, sintiendo la calidez de un amigo y la angustia de no poder más. Yo, aguantando el llanto, lo entendí.
Entendí que aquella noche la guardaría en mi pecho como muchas otras. Que también se convertiría en un recuerdo tibio, de esos que duelen menos cuando el tiempo aprende a acariciarlos. Y mientras la plaza seguía viva entre risas ajenas y silencios propios, deseé volver a casa, dejar el cansancio sobre una almohada y encontrar en un abrazo la pequeña tregua que a veces basta para seguir viviendo.
(18/05/2026)














