El amargo final de la metafísica occidental: Heidegger sobre Nietzsche, primera parte
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
1. Nietzsche como pensador esencial
Friedrich Nietzsche es un pensador de extraordinaria importancia para la derecha. Su defensa de la jerarquía y la desigualdad natural, así como su análisis del izquierdismo como un fenómeno impulsado por el resentimiento, son extremadamente importantes para nosotros. Sin embargo, desde la perspectiva de la derecha, el pensamiento de Nietzsche también presenta problemas importantes. Tanto su historicismo como su relativismo (o «perspectivismo») son sumamente problemáticos. La afirmación de Nietzsche del «superhombre» implica un tipo peligroso de voluntarismo que parece ir de la mano de los peores excesos de la izquierda. La mera idea de que uno pueda «crear nuevos valores» huele a un subjetivismo pernicioso. Hay mucho en Nietzsche que puede inspirarnos, pero su pensamiento a menudo parece anunciar algunas de las peores tendencias modernas.
A la hora de evaluar el lugar de Nietzsche en la historia de la filosofía, no hay mejor guía que Martin Heidegger. En los escritos de Heidegger sobre Nietzsche, un gran filósofo se enfrenta a otro. Además, Heidegger es un pensador de la derecha y, por lo tanto, su confrontación con Nietzsche a menudo aborda directamente nuestras preocupaciones particulares. Las Conferencias sobre Nietzsche de Heidegger abarcan cuatro grandes volúmenes —un total de casi mil páginas en la traducción al inglés de David Farrell Krell—. [1] De Heidegger he aprendido más sobre Nietzsche que de cualquier otro comentarista. Existen innumerables estudios académicos sobre Nietzsche y algunos de ellos son bastante buenos. Pero pocos comentaristas de Nietzsche pueden presumir ser el filósofo más importante del siglo XX.
Este ensayo sobre Heidegger y Nietzsche, el primero de varios, representa la conclusión de una serie que vengo escribiendo desde 2020. Originalmente la titulé «La historia de la metafísica de Heidegger». Al cabo de un tiempo descarté ese título, ya que tenía la impresión de que a los lectores les desanimaba un artículo con un título como «La historia de la metafísica de Heidegger: Parte uno». Aunque todos los ensayos eran relativamente autónomos, algunos lectores pensaban que, si se habían perdido las diez primeras partes, la última entrega les resultaría incomprensible.
Estos ensayos sobre Nietzsche representan la conclusión de esa serie porque Heidegger afirma que la metafísica occidental termina con Nietzsche [2]. De hecho, como veremos en un momento, a veces también habla como si la metafísica terminara con Hegel (un tema que traté en mi serie «Heidegger, Hegel y la culminación de la metafísica occidental»). Podríamos describir con precisión a Nietzsche, sin embargo, como el amargo final. La historia de la metafísica de Heidegger es muy crítica. Intenta mostrar que la metafísica occidental es la expresión de un antropocentrismo que culmina en la falta de sentido y la inhumanidad de la civilización tecnológica moderna. Por lo tanto, el objetivo de estudiar esta historia, tal y como la interpreta Heidegger (y el objetivo de mi serie), es comprendernos a nosotros mismos y al mundo moderno.
Es en las Conferencias sobre Nietzsche donde vemos cómo este relato de la historia de la metafísica cobra verdaderamente sentido y revela su poder explicativo. Heidegger escribe: «Si en el pensamiento de Nietzsche la tradición anterior del pensamiento occidental se recoge y se completa en un aspecto decisivo, entonces la confrontación con Nietzsche se convierte en una confrontación con todo el pensamiento occidental hasta la fecha». [3] Así, si la interpretación de Nietzsche por parte de Heidegger es correcta, vemos en Nietzsche la revelación del espíritu oculto de la metafísica. Para comprender la historia de la metafísica debemos comprenderla al revés, partiendo de Nietzsche.
Nietzsche completa algo, pero también allana el camino para otra cosa. Heidegger alude a esto cuando escribe: «La decisión más elevada que se puede tomar y que se convierte en el fundamento de toda la historia es la que se da entre el predominio de los seres y el dominio del Ser... Nietzsche es un pensador esencial porque piensa hacia adelante en un sentido decisivo, sin eludir la decisión. Prepara su llegada, sin, sin embargo, medirla ni dominarla en su amplitud oculta» [4].
Nietzsche prepara el terreno para el resultado último de la metafísica, que en realidad no es una obra de filosofía. Es la misma civilización tecnológica moderna. Pero, ¿cómo puede un filósofo hacer esto? ¿Piensa Heidegger que los filósofos mueven de alguna manera el mundo? No. En cambio, cree que los filósofos dan expresión al espíritu de la época. El antropocentrismo que recorre la historia de la metafísica es un antropocentrismo creciente o en ebullición que acosa al hombre occidental y se expresa en formas más puras y extremas a lo largo de la historia.
¿Cuál es el origen de este espíritu antropocéntrico? Hablaremos de ello más adelante, pero para Heidegger es algo profundamente misterioso. Una filosofía, como cualquier otra cosa, es una expresión del espíritu de la época y, por lo tanto, está impulsada por las mismas fuerzas misteriosas que mueven todo lo demás. Los filósofos dan voz a ese espíritu, pero también son capaces de dar voz a un cambio en el Zeitgeist. Así, los filósofos actúan a veces como profetas. Nietzsche es un ejemplo perfecto de ello. Mira hacia atrás —de hecho, se remonta hasta la filosofía presocrática— y su pensamiento es la culminación de todo lo que ha venido antes. Sin embargo, al mismo tiempo, mira hacia adelante, hacia un futuro abismal.
El fin de la metafísica occidental no significa el fin de la filosofía occidental. Para Heidegger, la muerte de la metafísica hace posible un «otro comienzo» (anderer Anfang) para el pensamiento occidental. El «primer comienzo» (erste Anfang) se remonta a los primeros pensadores griegos y culmina en Nietzsche —o, podríamos decir, con él llega a un callejón sin salida. El «otro comienzo» es lo que Heidegger cree inaugurar. Mucho más adelante, discutiremos en qué consiste.
2. La lectura de Nietzsche por parte de Heidegger: fuentes y enfoque
La actitud de Heidegger hacia Nietzsche no es del todo crítica. Considera a Nietzsche como uno de los más grandes filósofos y afirma que «Nietzsche pertenece al grupo de los pensadores esenciales» [5]. Yo también sostendría (y creo que pocos estudiosos discreparían de mí) que el pensamiento de Heidegger recibió una influencia positiva de Nietzsche. Incluso la crítica de Heidegger a la metafísica le debe algo a él. Nietzsche veía la historia de la metafísica desde Sócrates en adelante como la expresión de una voluntad de poder oculta. Como veremos, la misma concepción de la metafísica de Heidegger es notablemente similar.
Nuestras principales fuentes para el análisis de Heidegger sobre Nietzsche son los cuatro volúmenes antes mencionados de las «Conferencias sobre Nietzsche». Heidegger aborda a Nietzsche a lo largo de toda su obra, pero mis ensayos se basarán principalmente en dichas conferencias. Además, recurriré en cierta medida al ciclo de conferencias de Heidegger «¿Qué significa pensar?» (1951-1952, publicado en 1954), que contiene un extenso análisis sobre Nietzsche. Al analizar las Conferencias sobre Nietzsche, recurriré libremente a los cuatro volúmenes, dando a las ideas de Heidegger un orden temático diferente al original. Las Conferencias se impartieron entre 1936 y 1940 en la Universidad de Friburgo. Por lo tanto, también resultan interesantes por la luz que arrojan sobre las actitudes de Heidegger hacia el nacionalsocialismo (aunque hay que leer entre líneas para percibirlo). Heidegger publicó las conferencias en dos volúmenes en 1961. Fueron traducidas al inglés por David Farrell Krell y publicadas entre 1979 y 1982.
La interpretación de Nietzsche por parte de Heidegger es muy controvertida. Uno de los principales puntos de discordia es que el texto nietzscheano en el que se centra Heidegger es La voluntad de poder. Sin embargo, Nietzsche nunca completó ni autorizó un libro con este título, aunque sí lo planeó a mediados de la década de 1880 y dejó muchas notas sobre el tema. El volumen titulado La voluntad de poder fue recopilado a partir de esas notas por la hermana de Nietzsche, Elisabeth Förster-Nietzsche, y el amigo de Nietzsche, Heinrich Köselitz (también conocido como Peter Gast).
El resultado se publicó en 1901, un año después de la muerte de Nietzsche, y se amplió en 1906. Heidegger analiza la historia de las ediciones del texto y los posteriores intentos académicos de reorganizar su contenido. Las principales objeciones académicas a considerar La voluntad de poder como fuente del pensamiento de Nietzsche son dos. En primer lugar, no podemos estar seguros de que Nietzsche tuviera la intención de publicar ninguna de las notas que contiene y algunas pueden representar bocetos de ideas que Nietzsche pudo haber abandonado o replanteado. En segundo lugar, los editores se han tomado la libertad de dar a las notas una organización temática de su propia invención, que el mismo Nietzsche no aprobó.
Heidegger alude o cita con frecuencia los textos que el mismo Nietzsche preparó para su publicación, pero utiliza La voluntad de poder como su fuente principal. Además, lo hace plenamente consciente de la naturaleza problemática del texto. Heidegger defiende su uso del mismo de la siguiente manera: «Si nuestro conocimiento se limitara a lo que el propio Nietzsche publicó, nunca podríamos saber lo que Nietzsche sabía perfectamente bien, lo que preparó cuidadosamente y reflexionó continuamente, pero que, sin embargo, ocultó. Solo una investigación de las notas publicadas póstumamente de puño y letra de Nietzsche proporcionará una imagen más clara» [6].
El mismo Heidegger puso en cursiva la primera frase de esta cita y quizá las palabras clave de esa frase sean «pero ocultó». Heidegger da a entender, sea cierto o no, que Nietzsche dudó en publicar estos pensamientos.
Es innegable que el uso que hace Heidegger de La voluntad de poder está expuesto a las objeciones mencionadas hace un momento. Pero quizá se le haya dado demasiada importancia a esta cuestión. En muchos otros casos, los estudiosos recurren al Nachlass (los restos literarios inéditos) de un filósofo para esclarecer su pensamiento. A menudo, los puntos principales de interpretación dependen de algo hallado en el Nachlass. Y es cierto que, en ocasiones, el Nachlass contiene material que un pensador consideró demasiado impactante o controvertido para publicarlo en vida (esto es sin duda cierto en el caso de los Nachlass de Heidegger; véanse Los cuadernos negros). Siempre que el Nachlass se interprete a la luz de los escritos publicados del pensador, no hay, en principio, ningún problema en utilizarlo. Como se ha señalado, Heidegger se basa en la obra publicada de Nietzsche junto con La voluntad de poder.
Tras haber ofrecido al lector una introducción al tema del tratamiento que Heidegger hace de Nietzsche, debemos pasar a una cuestión crucial: ¿qué es la metafísica? El título, por cierto, de una conferencia de Heidegger de 1929). Si la afirmación central de Heidegger sobre Nietzsche es que este pone fin a la metafísica, difícilmente podremos entender esa afirmación a menos que comprendamos qué entiende Heidegger por metafísica. Este tema ya ha sido tratado en mis ensayos anteriores, pero conviene hacer un breve resumen.
3. ¿Qué es la metafísica?
La definición más «general» que podríamos dar de la metafísica, apta para figurar en el programa de estudios de una universidad, sería que se trata del estudio de la naturaleza fundamental de la realidad. El término en sí mismo proviene del título que se dio a algunos de los apuntes de clase de Aristóteles. Meta ta physika significa aquello que viene después o va más allá de las cosas físicas (dependiendo de cómo se interprete meta). Puede significar simplemente la materia que se estudia después de la materia tratada en la Física de Aristóteles.
Christian Wolff (1679-1754) distinguió entre «metafísica general» y «metafísica especial». La primera se ocupa de la ontología o el estudio del ser en sí mismo; de lo que significa ser. La segunda se subdivide en teología filosófica, psicología racional y cosmología. Estas se ocupan, respectivamente, de Dios, el alma y el cosmos considerado como una totalidad. Esta categorización wolffiana fue adoptada por Kant. La metafísica general se ocupa del ser, mientras que la metafísica especial se ocupa de ciertos tipos muy especiales de seres.
Heidegger entiende la metafísica como una disciplina que inicialmente buscaba responder a la pregunta de la «metafísica general»: «¿qué es el ser?». Sin embargo, en lugar de hacerlo, muy pronto se desvió para hablar de los seres. La historia de la metafísica se caracteriza, por lo tanto, casi desde sus inicios por el olvido del ser en sí. Para comprender lo que Heidegger quiere decir con esto, debemos entender lo que él llama la «diferencia ontológica».
La «diferencia ontológica» (ontologische Differenz) es la diferencia entre el ser y los seres. Decimos que el libro que tengo delante es un ser, porque tiene ser. Las cosas, como un libro o el teclado que hay junto a él, son seres: cosas que tienen ser, cosas que son. La ontología no se ocupa de los seres, sino del ser que tienen los seres. Pero, ¿qué es esto? Esa es la pregunta fundamental de la metafísica: ¿qué es el ser?
En inglés las cosas se vuelven confusas porque nos vemos obligados a usar la misma palabra de dos maneras diferentes: ser frente a seres. La cuestión es menos confusa en alemán, donde el ser que tiene un ser (el ser en sí mismo) es das Sein, un sustantivo construido a partir del infinitivo del verbo «ser» (sein). A los seres, las cosas que tienen ser, Heidegger los llama das Seiende. En realidad, se trata de un sustantivo singular, y probablemente se traduzca mejor como «lo que es» o «aquello que es», pero se entiende que se refiere a los seres, las cosas que tienen ser [7].
Tomarse en serio la diferencia ontológica es reconocer que el ser no puede ser un ser. Si el ser fuera un ser (es decir, uno de los seres), no sería el ser: sería simplemente otra cosa más que tiene ser. Para establecer una analogía, se podría decir que lo que mis perros tienen en común es que ambos poseen la característica de la perridad. No estoy seguro de cómo definir la «perridad», pero sí sé que la «perridad» no puede ser un perro. Si lo fuera, sería algo que tiene «perridad», no la característica de la «perridad» como tal. Entender esto es entender la diferencia ontológica. No entenderlo, no distinguir el ser de los seres, hace imposible comprender el pensamiento de Heidegger. Sin embargo, la incapacidad de distinguir el ser de los seres es precisamente lo que hizo posible la tradición metafísica occidental en primer lugar.
Heidegger afirma que todos los filósofos anteriores han fracasado en la tarea de pensar el ser, porque de una forma u otra eludieron la pregunta «¿qué es el ser?» y hablaron en su lugar de algún ser u otro, de alguna cosa que tiene ser —por lo general, un ser muy especial o exaltado, pero un ser al fin y al cabo. Para Heidegger, Aristóteles presenta un caso paradigmático de esto. Cerca del comienzo de la Metafísica, nos dice que su materia es «el ser en cuanto ser» (el ser como tal). Afirma que la ciencia que estudia esto no es igual a ninguna de las ciencias especiales, ya que cada una de ellas «aísla» alguna parte del ser y la estudia, en lugar de estudiar el ser en cuanto ser [8].
En otras palabras, Aristóteles está diciendo que cada una de las ciencias especiales estudia un ser u otro: la astronomía estudia las estrellas, la biología estudia los seres vivos, la geología estudia la tierra, etc. Estudian cosas que tienen ser, cosas que son, pero no el ser como tal; no lo que significa ser en el sentido más amplio posible. Será tarea de lo que Aristóteles llama «primera filosofía» estudiar el ser en cuanto ser.
Sin embargo, para resumir una historia muy larga, Aristóteles acaba decidiendo que la mejor manera de comprender el ser es investigar aquello que es lo más elevado o lo más perfecto de los seres, de las cosas que tienen ser. Así es como Aristóteles pasa a hablar de Dios. Razonando que todo lo demás se dice que «es» en la medida en que se aproxima a ser como Dios, quien, como el más perfecto de los seres, es también el único y verdadero ser del que todos los demás son, en realidad, pálidas imitaciones.
La concepción resultante —la teoría aristotélica del Motor Inmóvil— es sin duda impresionante, pero, como señala Heidegger, adolece de una deficiencia crucial. Aristóteles se había propuesto averiguar qué es el «ser en cuanto ser». Sin embargo, la metafísica que elabora fracasa por completo en ese intento. En lugar de explorar el ser en cuanto tal, Aristóteles abandona de hecho la ontología y se orienta hacia la teología. En otras palabras, en lugar de ofrecernos una explicación del ser en cuanto tal, cambia de tema y aborda el ser más elevado o exaltado. De nuevo: Aristóteles aborda un ser, no el ser en cuanto ser. Así, para Heidegger, Aristóteles deja sin respuesta la pregunta «¿qué es el ser?». Heidegger sostiene, además, que toda la metafísica posterior también «olvida» el ser o confunde la diferencia ontológica.
Si el lector ha entendido lo anterior, debo ahora lanzarle una curva: Heidegger no siempre es coherente en cuanto al uso que hace del término «ser». En su filosofía tardía, por «ser» (Sein) se refiere con frecuencia a lo que en otros lugares denomina die Lichtung, que traducimos como «el claro» [9]. Así, el «olvido del ser» acaba significando el olvido del claro. Esta posición no contradice la crítica de Heidegger a la metafísica por confundir el ser y los seres. Simplemente aborda el problema desde un nivel más fundamental.
Como se ha señalado anteriormente, Heidegger también nos confunde al afirmar a veces que Nietzsche pone fin a la metafísica occidental y otras al atribuir este logro a Hegel. A veces atribuye el mérito a ambos. En las Conferencias sobre Nietzsche se refiere a Hegel como el pensador «que, junto con Nietzsche, llevó a cabo la culminación de la metafísica» [10]. Desarrolla esta idea en otras partes de las Conferencias. Tras afirmar que Descartes proporciona los cimientos de la metafísica en la época moderna porque fundamenta «el fundamento metafísico de la liberación del hombre en la nueva libertad de la autolegislación segura de sí misma», Heidegger afirma que la filosofía de Hegel parece ser una «consumación» de este fundamento metafísico moderno. Pero esto solo es cierto en la medida en que el pensamiento de Hegel es «una anticipación de los ámbitos hacia los que se movió la historia del siglo XIX. Pensado en términos de metafísica, el hecho de que este siglo se posicionara en contra de Hegel en un nivel inferior a la metafísica hegeliana (es decir, el nivel del positivismo) no es más que una prueba de que dependía por completo de él y de que esta dependencia fue transformada por primera vez por Nietzsche en una nueva liberación» [11].
Aquí, Heidegger parece sugerir que Hegel allana el camino para Nietzsche; que Nietzsche radicaliza algún elemento que se encuentra en el pensamiento de Hegel. También podríamos decir que Nietzsche va «más allá» que Hegel, en cierto sentido. Esto es extremadamente vago y tendrá que seguir siéndolo, pero solo por un tiempo. Todo se revelará más adelante.
Consideremos ahora cómo enmarca Heidegger la cuestión del «fin» de la metafísica. ¿Qué significa exactamente que la metafísica llegue a su fin? Muchos filósofos profesionales de hoy en día se mostrarían reacios ante esto. Esto sería especialmente cierto en el caso de los filósofos angloamericanos, que tienden a pensar en términos de lo que ellos consideran «ramas» eternas y ahistóricas de la filosofía. Para ellos, la metafísica es atemporal del mismo modo que la astronomía es atemporal. Los hombres siempre han estudiado las estrellas y los hombres siempre han hecho metafísica —o, al menos, lo han hecho desde Tales.
Heidegger, sin embargo, no ve la metafísica como una disciplina atemporal, sino como un proyecto intelectual específico, situado históricamente, con ciertas presuposiciones incorporadas. Heidegger escribe: “Pero entonces, ¿qué significa «el fin de la metafísica»? Significa el momento histórico en el que se agotan las posibilidades esenciales de la metafísica. La última de estas posibilidades debe ser aquella forma de metafísica en la que se invierte su esencia. Tal inversión se lleva a cabo no solo en la realidad, sino también conscientemente —aunque de diferentes maneras— en la metafísica de Hegel y en la de Nietzsche. Desde el punto de vista de la subjetividad, el acto consciente de inversión es el único que es real; es decir, propio de la subjetividad. El mismo Hegel dice que pensar a la manera de su sistema significa intentar mantenerse —y caminar— de cabeza. Y Nietzsche describe muy pronto su filosofía como la inversión del «platonismo»” [12].
En otra parte de las Conferencias, Heidegger se refiere a Nietzsche como alguien que vuelve «al comienzo mismo del pensamiento griego». La filosofía de Nietzsche «cierra el círculo que forma el curso mismo de la indagación sobre el ser como tal y en su totalidad». Nietzsche no recupera las posiciones fundamentales del «primer comienzo» y las deja inalteradas. Más bien, las presenta en una «configuración transformada» [13].
Más adelante analizaremos qué significa la «inversión» del platonismo que propone Nietzsche. Para Heidegger, la historia de la metafísica llega a su fin en Nietzsche, ya que con él se cierra el círculo. Y la metáfora del círculo (véase el uso que hace Heidegger del término «anillo» más arriba) resultará, por cierto, muy importante: tanto para Nietzsche como para Heidegger. Es una pista para comprender cómo Nietzsche anuncia el espíritu de la civilización tecnológica moderna, como veremos.
Heidegger afirma que «Nietzsche anticipa la consumación de la época moderna con su pensamiento único de la voluntad de poder». Él constituye la transición de lo que Heidegger llama la «fase preparatoria» de la época moderna (los años 1600-1900) a su «consumación». [14] Ahora vivimos en el período de esa consumación. Vivimos, dice Heidegger, «en la época de la metafísica de Nietzsche» [15].
Hasta ahora hemos hablado de forma bastante vaga sobre ciertas tendencias de la metafísica occidental que finalmente se desarrollan o alcanzan su «consumación» en Nietzsche. Y hemos hablado de un antropocentrismo oculto en la metafísica. Ha llegado el momento de desarrollar estas afirmaciones. Para ello, debemos volver al tema del «olvido del ser».
Anteriormente expliqué la diferencia ontológica de Heidegger y señalé que su crítica a la metafísica consiste en que esta olvida el ser en cuanto tal y se ocupa exclusivamente de ciertos tipos de seres. Sin embargo, también señalé que a veces, por «ser», Heidegger se refiere a lo que él llama el claro. El claro, como veremos, es lo que «da» el ser. Por lo tanto, hablar del claro es hablar de algo aún más fundamental que el ser. Y esto significa que la crítica más fundamental de Heidegger a la metafísica es que olvida el claro.
Obviamente, para comprender esta afirmación debemos discutir qué es el claro y cómo fue olvidado. He tratado el claro en bastantes ensayos, pero aquí ofreceré una breve explicación en beneficio de los lectores que no hayan seguido los ensayos anteriores. Y espero que los lectores fieles me perdonen por repetirme.
Como introducción al tema, consideremos una afirmación que Heidegger hace en las Conferencias sobre Nietzsche: «Nosotros hoy, y muchas generaciones antes que nosotros, hemos olvidado hace tiempo el ámbito de la no ocultación de los seres, aunque continuamente lo damos por sentado. De hecho, pensamos que un ser se vuelve accesible cuando un «yo» como sujeto representa un objeto. ¡Como si la región abierta, en cuya apertura algo se hace accesible como objeto para un sujeto, y la accesibilidad misma, que puede ser penetrada y experimentada, no tuvieran ya que reinar aquí también!» [16].
Lo que Heidegger entiende aquí por «la revelación de los seres» y por la «región abierta» es el claro. Rechaza como ingenua la noción de que los seres se nos hacen accesibles cuando un «sujeto» «representa» un «objeto» (como en el modelo representacionalista; he puesto todos estos términos entre comillas porque, desde el punto de vista de Heidegger, todos son problemáticos). Esto supone que los seres se nos hacen accesibles como resultado de un «acto» del sujeto. El problema de esta forma de ver las cosas es que algo solo se convierte en objeto para un sujeto en virtud de una «apertura» previa. En otras palabras, la región abierta tiene que «reinar». Para que el ser de un ser se nos dé, esta región abierta —el claro— debe, en cierto sentido, estar ya operativa.
Ahora bien, es probable que lo anterior resulte totalmente incomprensible para los no iniciados, por lo que debemos entrar en más detalles. En primer lugar, es fundamental tener presente que el enfoque de Heidegger es fenomenológico. Su objetivo es ofrecer una descripción pura de nuestra experiencia del ser y de los seres. Como fenomenólogo, Heidegger no formula afirmaciones metafísicas sobre lo que existe y lo que no. Tenemos una experiencia del ser, pero no es como nuestra experiencia de un objeto en el mundo. No debemos cometer el error de reificar el ser o el claro —es decir, pensar en ellos, respectivamente, como una «cosa» o una «región» o «lugar» literal.
Heidegger llega a su concepto de claro planteando una pregunta fundamental: ¿en virtud de qué se nos da el ser? Heidegger formula la cuestión en términos muy sencillos en las Conferencias sobre Nietzsche: «la pregunta de qué es el ser en verdad debe preguntarse al mismo tiempo qué es la verdad en la que el ser ha de ser iluminado» [17]. Aquí, Heidegger está diciendo, en efecto, que hay una pregunta más profunda que «¿qué es el ser?»: ¿qué es lo que ilumina al ser, o en virtud de qué se nos presenta el ser? Su elección de palabras aquí es también muy precisa. Se refiere a la verdad «en la que» se ilumina el ser, sugiriendo una especie de contención: hay algo «en lo que» el ser se presenta. Este algo es el claro.
El término en sí mismo es una metáfora y se refiere a un claro en un bosque denso, que permite que la luz entre e ilumine lo que aparece en su interior. Heidegger escribe en «El fin de la filosofía y la tarea del pensamiento» (1964): “El claro del bosque se experimenta en contraste con el bosque denso, llamado Dickung en nuestra lengua antigua. El sustantivo «claro» [Lichtung] se remonta al verbo «abrir» [lichten]. El adjetivo licht «abierto» es la misma palabra que «luz». Abrir algo significa: hacer algo luminoso, libre y abierto, p. ej., hacer que el bosque quede libre de árboles en un lugar. La apertura que así se origina es el claro... La luz puede fluir hacia el claro, hacia su apertura, y dejar que la luminosidad juegue con la oscuridad en él. Pero la luz nunca crea primero la apertura. Más bien, la luz presupone la apertura. Sin embargo, el claro, la apertura, no solo es libre para la luminosidad y la oscuridad, sino también para la resonancia y el eco, para el sonido y la disminución del sonido. El claro es la región abierta para todo lo que se hace presente y ausente... Lo que la palabra [apertura] designa en el contexto en el que estamos pensando ahora, la apertura libre, es un «fenómeno primario» [Urphänomenon], por usar una palabra de Goethe” [18].
Aquí, la «luz» sustituye al ser: cuando experimentamos las cosas, su ser las «ilumina». Ilustremos esto con una descripción fenomenológica de precisamente esa experiencia del ser. Supongamos que estoy caminando por la Selva Negra y veo un objeto desconocido a cierta distancia delante de mí. Al principio no reconozco el objeto, pero a medida que me acerco es como si, de repente, el ser de la cosa «saliera» a mi encuentro y revelara lo que es: ¡Ajá! Es la cabaña de Heidegger. En el momento en que me doy cuenta de que el objeto es la cabaña de Heidegger, lo que ha ocurrido es que el ser de la cosa —lo que es, cuál es su significado— se hace presente para mí.
Sin embargo, dice Heidegger: «La luz nunca crea primero la apertura. Más bien, la luz presupone la apertura». Para que el ser del objeto se haga presente, debe existir para mí un cierto tipo especial de apertura, dentro de la cual el ser de algo se da a conocer o se hace evidente. El claro es un «espacio» metafórico. Además del espacio físico y medible en el que experimento que habito, es como si también habitara un «espacio» de ser o de significado.
Pero, ¿dónde está esta apertura, este «espacio»? ¿Está dentro de mí —es «subjetiva»— o está de alguna manera en el mundo? Queremos insistir en que esta apertura está «dentro de mí», que es «subjetiva», porque no se manifiesta como un «objeto» en el mundo (en cambio, todos los objetos se manifiestan dentro de ella). Pero Heidegger quiere evitar por completo un tratamiento «subjetivo» del claro como una especie de «facultad» o estructura a priori que llevo «dentro de mí». La razón es que este tratamiento del claro es fenomenológicamente falso. De hecho, no experimento el claro como algo «en mí» que sea «mío». Tampoco lo experimento como algo sobre lo que tenga algún tipo de influencia o control.
Me experimento a mí mismo y a todo lo demás dentro del claro, porque solo dentro del claro es posible la experiencia, la presencia de todo lo que se me presenta. Como he dicho muchas veces en ocasiones anteriores, yo no «tengo» el claro; es él quien me tiene a mí. No hay, por tanto, ninguna base real para «subjetivizar» el claro; para situarlo «dentro del sujeto». De hecho, Heidegger critica la distinción sujeto/objeto prevalente en la filosofía desde Descartes, que sitúa ciertas «propiedades» como «dentro» de un sujeto, como si este sujeto fuera una especie de armario en el que habitamos, alejado de un «mundo externo» [19].
El resultado de esto es que, para Heidegger, podemos hablar de algo más profundo o último que el ser mismo (por eso lo llama un Urphänomenon): aquello que permite nuestro encuentro con el ser de los seres en primer lugar; el claro abierto. La historia de la metafísica es la historia del olvido del claro. Hemos olvidado aquello en virtud de lo cual se nos da el ser.
Es esta historia la que culmina en Nietzsche —y en la civilización tecnológica moderna—. Pero, ¿cómo se olvidó el claro? Aquí, Nietzsche puede proporcionarnos una forma útil de plantear las cosas —aunque tendremos que explicarla en detalle en la próxima entrega—. Lo que nos llevó a olvidar el claro fue la voluntad de poder.
[1] El título del libro es, en realidad, Nietzsche, pero los estudiosos se refieren al texto como las Conferencias sobre Nietzsche. Mi recuento de páginas excluye el «Análisis» de Krell que cierra cada uno de los cuatro volúmenes. La traducción de Krell está disponible en dos grandes ediciones en rústica. El primer libro contiene los volúmenes uno y dos, y el segundo, los volúmenes tres y cuatro. A lo largo de esta serie, «volumen» se refiere a uno de los cuatro volúmenes. Nunca se refiere a los dos grandes libros, cada uno de los cuales contiene dos volúmenes. La información bibliográfica es la siguiente: Martin Heidegger, Nietzsche, Volumes One and Two, trad. David Farrell Krell (New York: HarperCollins, 1991); Martin Heidegger, Nietzsche, Volumes Three and Four, trad. David Farrell Krell (New York: HarperCollins, 1991). Una vez más, las referencias se refieren al número de volumen, de modo que una referencia al «Vol. 4» se refiere a la segunda mitad del segundo texto que acabamos de citar. Cada uno de los cuatro volúmenes tiene su propia paginación. En todas las notas al final del texto, se hará referencia a las «Conferencias sobre Nietzsche» con las siglas «NL».
[2] Véase, por ejemplo, NL, Vol. 1, 10.
[6] NL, Vol. 2, 15. Cursivas en el original.
[7] Para evitar confusiones, muchos comentaristas anglófonos de Heidegger han adoptado la convención de escribir con mayúscula la primera letra de «Ser», a fin de indicar que se hace referencia al Ser en sí mismo, el Ser que poseen los seres (con «s» minúscula). Sin embargo, esta práctica está cayendo en desuso, por razones que no es necesario detallar aquí. Yo no la utilizo en este texto, aunque aparece en algunas de las traducciones que cito.
[8] Metaphysics Gamma, capitulo uno, 1003a2-30.
[9] Heidegger utiliza en ocasiones la grafía arcaica «Seyn» para indicar que se refiere al claro.
[11] NL, Vol. 4, 100-101.
[13] NL, Vol. 2, 199-200.
[18] Martin Heidegger, Basic Writings, ed. David Farrell Krell (New York: Harper and Row, 1977), 384-385. Este ensayo ha sido traducido por Joan Stambaugh; el texto en cursiva ha sido añadido.
[19] Vease Heidegger, Being and Time, trad. Joan Stambaugh, rev. Dennis J. Schmidt (Albany, NY: State University of New York Press, 2010), 60-61.
Fuente: https://counter-currents.com/2026/05/heidegger-on-nietzsche-part-one/