El “morito” salió corriendo con mi bomber y con él, la única prenda que sentía como mía. La cogió del palo de la portería mientras yo daba patadas a un balón y ni siquiera me digné a perseguirle. Volviendo a casa, con las zapatillas sucias y la pelota blanda, le conté a mi madre el desgraciado hurto al que fui sometido. Utilizando mis triquiñuelas de hijo único conseguí convencerla para que me comprara una nueva cazadora de aviador, lo que no sabía es que tres días después, vería en el escaparate de la tienda de objetos militares; “la cazadora”.
Mi madre, poco dada a gastos inútiles en prendas de vestir con marcas incorporadas, me miró con esa cara tan ensayada de: “Esta cazadora es muy cara, ¿podemos echar un vistazo en el C&A?” Pero yo, recurriendo de nuevo al lloriqueo y aquel; “Jo, nunca te pido nada y soy tu único hijo”, conseguí disuadir a mi madre de tener una verdadera chupa de piloto. Aún fresca en la memoria colectiva la imagen de "Maverick" y su “Top Gun, ídolos del aire”, quería transformarme en un verdadero ídolo de masas féminas.
La fe en una prenda de vestir y su capacidad de atracción tal vez pudo ser infundada, pero es verdad que sentí como el valor se me acumulaba en las pelotas cuando tenía que soportar miradas agresivas en los coches de choque del parque Calero, allá por las fiestas de mi barrio. Con los brazos cruzados y mi chupa verde botella, me sentaba en uno de los laterales de la pista mientras el grupo enemigo de Barrio de la Concepción me miraba a mí, y a tipos como yo, con la idea de escupirnos a la cara. Dirimíamos nuestras diferencias a base de porrazos con los coches de choque y aunque yo nunca fui muy dado a encontronazos automovilísticos, si que jaleaba cualquier buen “zurriagazo” mientras mi pie izquierdo seguía el ritmo de la música “makineta” de turno.
Supongo que por eso días mi cazadora, que aún no estaba de moda ni aún en el cuerpo de mucha de la escoria que poblábamos las afueras de la M30, me provocó algo de admiración por parte de los colegas y las niñas que pululaban por el parque en busca de bancos que conquistar como territorio suyo.
Todo se vino abajo cuando un viernes, la excesiva ingesta de alcohol me hizo comportarme de la forma más humillante para un verdadero, “tipo duro”. Cuando L me dijo que C se había enrollado esa misma tarde en el Space-light (discoteca para críos en la que no se vendía alcohol) con un “maromo” sobre la pista de la discoteca, el flujo líquido empezó a descender hasta una breve lagrima que pronto se transformó en llanto lastimero. Nada pudo detener ese torrente por el despecho de la última chica con la que me lié en los bajos de mi casa. Estaba decepcionado, y mi llanto solo demostraba que era un mocoso sin derecho a pertenecer a la elite de los pilotos de combate.
Todo el mundo me vio lloriquear por una niña que ni siquiera se podía considerar mi rollo, y esa chupa, que me había dado unos momentos de gloria y autoestima, se empezó a diluir sobre mi cuerpo. Sabía que la fuerza de esa A alada nunca más la recuperaría.
Ni siquiera una pequeña venganza articulada por mis colegas cuando D me dijo que B estaba bebiendo de la botella de cerveza donde N había meado pudo parar las lagrimas y el disgusto, mis amigos me abandonaron por coñazo durante esa tarde, y las chicas, aunque abatidas por mí, solo mostraban la pena que provocan los perdedores, siendo conciente de que ellas solo querían a las pollas ganadoras.
Sabía que “Maverick”, “Goose”, incluso “Iceman”, me miraban desde el cielo decepcionados. Ya nunca podría ser un piloto, ya solo me quedaba ser un jodido “bakala”.
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Una vez más lo había conseguido, había logrado perderse, desaparecer. Ahora la figura de Rusty James se me hacía más visible que nunca. Él tenía esa extraña condición, esa capacidad de desvanecerse de los sitios más insólitos.
Rusty James era mi mejor amigo, realmente ese no era su nombre, pero a todos nos obligaba a llamarle así, creo que alguna vez me dijo que lo adoptó de alguna película en blanco y negro que ahora no recuerdo.
Para él nosotros éramos, Ponyboy y Sodapop, nunca supimos de donde sacó esos nombres, pero desde el principio que nos conocimos ya me decía. Eh Ponyboy, me gusta tu chupa de cuero. Eh Ponyboy, me gusta tu bici negra. Eh Ponyboy, me gusta la chica con la que vas. Y esa chica fue para siempre Sodapop.
A Rusty James lo conocí en el parque, a esa edad en la que un parque es el único universo que puedes divisar con un telescopio hecho con periódicos. Recuerdo que estaba tomando la primera cerveza de mi vida, sentado en un banco, cuando Rusty James se me acercó y se sentó a mi lado. Yo le había visto alguna vez pasar por ahí, pero nunca conseguí verlo parado hasta ese momento. Así que decidí preguntarle.
¿A qué te dedicas?
Soy una estrella del rock. Me dijo él.
Yo no conocía a ninguna estrella del rock, así que quién era yo para poner en duda sus palabras.
¿Y qué tocas?
Intento tocar el cielo.
¿Y cómo se llama tu grupo?
Entonces Rusty James me miró fijamente, como creo que solo pueden mirarte las estrellas del rock. Cogió la otra lata de cerveza que yo había comprado y abriéndola con ese chasquido maravilloso que suena a quejido de boca sedienta, le dio un largo trago a la cerveza para, una vez retirada la lata de su boca, decirme.
Mi grupo se llama; Los que intentan tocar el cielo… en el CBGB de Nueva York, el Brixtol Academy de Londres, el Rock-ola de Madrid. Fuimos las flores desnudas de Woodstock en agosto del 69, rebozándonos como cerdos por el barro de Glastonbury. Fuimos las camisetas rotas de Sex Pistols, con pelos de colores, malas lenguas y escupitajos del háztelo tu mismo. Nos encendimos cigarrillos en la guitarra ardiente de Jimi Hendrix fundidos por el rayo pintado en el ojo de Bowie en la última noche de sexo con Janis Joplin.
Yo paré la bala que dispararon sobre Lennon, pero me atravesó la mano y ya no pude hacer nada. Y Kurt Cobain me lloraba, ¡¡mátame, mátame!! Cuando cogí su escopeta para dispararle.
Fui la soga en el cuello de Ian Curtis y la aguja en la vena de Sid Vicius. Yo empujé a Brian Jones a la piscina, encharcando sus pulmones mientras Jagger miraba para otro lado.
Fui Lucy in the Sky with Diamonds y Penny Lane y Jude y Lady Madonna y el sargento pimienta y…
I´m the Walrus.
Fui El Chico A y Pablo Honey y el señor Tambourine y Jeremy… ¿En qué maldito antro se ha escondido Ziggy?
Fui la pluma, la armónica, el peinado loco de Bob Dylan. El plátano en la portada de la Velvet. Agarrando de la cintura a mi novia Nico, mi amante Deborah, mi madre Patti, mi hermana Siouxsie, mi hija P.J.
Y Dee Dee, Joey, Johnny, Marky, Tommy…… Ramone, discutían con sus chupas de cuero quien se quedaría con la herencia. Y el gordo, seboso y rollizo de Elvis, sudaba brillantina mientras se comía una hamburguesa “Big Kahuna”, y yo le pedía ¡¡mueve la cintura, mueve la cintura!!
Yo sé quiénes son The Who, pero una piedra rodante me cayó encima y olvidé todo lo que fui antes de abrir esta cerveza.
Entonces Rusty volvió a darle otro largo trago a la lata y desde ese momento supe que aquel tipo sería mi mejor amigo.
Oye, ¿y sigues tocando con tu grupo? Le pregunte yo.
No, me he vuelto solita. Ahora solo toco delante del espejo con mi guitarra-raqueta, mi micrófono-peine, mi bajo-escoba, martilleando cacerolas con mis palillos chinos.
Seguí insistiendo en saber más de él.
¿Y con qué te ganas la vida? Le pregunté.
Hago tatuajes con un boli bic. ¿Quieres que te haga uno en el antebrazo?
Yo no supe que decir. Nunca había pensado en tatuarme nada, y nunca había escuchado que alguien hiciera tatuajes con un simple boli.
No me mires con esa cara. Quieres o no.
Vale de acuerdo. ¿Te apetece otra cerveza? Invito yo.
Y nos levantamos del banco camino del supermercado para comprar unas cuantas latas más. Esa fue mi primera borrachera, el día que conocí al gran Rusty James, el día que me tatuó con tinta barata en mi antebrazo:
BORN TO BE WILD
Por aquella época nos metimos en infinidad de líos; peleas, vandalismo, manifestaciones. Pero Rusty, cuando las cosas se ponían mal, desaparecía, como si nunca estuviera allí. Yo preguntaba a todo el mundo si lo había visto, pero la gente me miraba extrañada, como diciendo, de qué cojones estás hablando.
Nos encantaba ir a conciertos, la música nos volvía locos, me acuerdo aquella vez en un festival de la zona sur, cuando en el momento culminante de la noche, nuestro grupo favorito tocó;
“la canción”,
yo estaba exultante, gritando como un loco, y cuando me di la vuelta para sonreír a Rusty James, Rusty James ya no estaba allí, había vuelto a desaparecer, me giré de nuevo, mirando por encima de las cabezas de la gente a ver si lo veía. Así estuve un minuto hasta que puse de nuevo mis ojos en nuestro grupo favorito, para ver como Rusty James se subía al escenario, agarrando al cantante que le ponía el micrófono en la boca para que acabara la estrofa de la canción. Joder, ese era Rusty James.
Nunca me peleé con él, incluso cuando creí que me engañaba con Sodapop fui incapaz de decírselo, tenía miedo de que me equivocara en mis sospechas, pero sé que estaban juntos, cuando llegaba a la habitación donde Sodapop y yo dormíamos, la almohada olía a Rusty, a su sudor, a su marca de cigarrillos. Pero antes de que pudiera descubrirlo desapareció. Le pregunté a Sodapop si me había engañado con Rusty, ella me miró con esa cara ya común cuando hablaba de él, como diciendo, de que cojones estás hablando.
No le vi en seis meses, hasta que un buen día llamó a la puerta de mi casa, y allí estaba, con su cigarrillo en la boca. Me contó que había tenido que largarse de EE.UU, a donde había ido a parar tras desaparecer de aquí. Y me contó que se había escapado de la cárcel y por tanto también del país. Pero ¿cómo era capaz de desaparecer de una cárcel, desaparecer de un país? Nunca me conto como lo logró, solo me dijo que lo metieron en el trullo por repartir pequeñas dosis de éxtasis entre los niños que paraban en su puerta el día de Halloween. Truco o trato le decían, y él les daba pequeñas pastillas de colores con la droga del amor. A las dos horas encontraron a dos draculas, una momia y un Freddy Krugger, todos de 1 metro de estatura, corriendo como posesos por el parque de enfrente de su casa. Lo acusaron de envenenamiento público, incitación a la drogadicción hacía los menores y posesión de estupefacientes. Un año por cada cargo.
Me contaba toda esta historia sentado en mi sofá, mientras yo lo miraba embobado, sabiendo que nunca volvería a desconfiar de él, sabiendo que no podría separarme nunca más del gran Rusty James.
Hablaba despacio mientras se encendía uno tras otro sus cigarrillos. Fumando sin parar, tarde y noche. Aún lo recuerdo fumando, dando caladas mientras miraba su tabaco y me decía.
Sabes, creo que soy como un cigarrillo, consumiéndome poco a poco. Cuando me acabe solo quedaran cenizas, y el humo que será mi alma, subirá allá arriba, igual que sube el humo que ves ahora mismo y desaparecerá quien sabe dónde.
Rusty, creo que tú nunca te morirás. Cómo podría desaparecer de aquí mi mejor amigo. Le dije.
Le dio una calada al cigarrillo y me dijo. Ponyboy, solo soy nicotina para ti, alguien de quien con algo de esfuerzo te lograras desenganchar. Y sabes que si alguien puede esfumarse, ese soy yo. Y me miró con una breve sonrisa.
Pocas veces lo vi sonreír como aquel día, por eso me sorprendió que cuando lo encontraron muerto en el sofá de su casa, la autopsia dijera que la causa del fallecimiento hubiera sido un ataque de risa, pensaba que nadie podía morirse de risa. Por desgracia, nunca supimos cual fue el motivo de la carcajada mortal, ya que la televisión del comedor donde se descubrió su cuerpo se encontraba con esa grisácea nieve que dibuja el televisor cuando ya no se sintoniza ningún canal. ¿Rusty James muerto de risa? Creo que nunca llegas a conocer perfectamente a alguien aunque vivas mil años, pero si alguien me podía sorprender hasta en el día de su muerte, ese era el gran Rusty James.
Sodapop y yo, a falta de parientes, nos hicimos cargo del funeral. Como fue siempre su deseo, cuando se ponía a divagar sobre su muerte, lo incineramos. Metieron su cuerpo en un gran fuego que se fue consumiendo poco a poco, igual que un gran habano de Cuba, hasta que solo quedaron las cenizas y, como el bien había dicho, el humo de su alma salió por la chimenea del cementerio y desapareció quien sabe dónde.
Me dieron un pequeño jarrón plateado con sus cenizas, ni siquiera sabía qué hacer con él, me costaba verme en la mano con los restos del gran Rusty James. Le pedí a Sodapop que llevara el jarrón en sus manos a la salida del cementerio. Necesitaba mi mente clara para adivinar qué hacer con sus restos. ¿Rusty James en un jarrón? Y qué coño podíamos hacer con aquello. Nos tomamos unos cuantos cafés en un bar cercano, y cuando el tic que siempre aparecía en mi ojo a causa del exceso de cafeína se hizo evidente, decidimos salir y andar un rato hasta que lo que nos apeteció fueron unas cervezas. Cogimos el autobús hasta nuestra casa, y cuando ya estábamos llegando al portal, tuve;
“la idea”,
tal vez nunca llegaría a conocer del todo a Rusty, pero si alguien lo conocía, aunque fuera un poco, ese sin duda era yo.
Sodapop, pásame el jarrón plateado, ya sé donde llevar las cenizas.
Pero ni el jarrón plateado, ni las cenizas estaban allí.
Miré a Sodapop y le dije.
Recuerdas donde lo dejaste por última vez.
No. Contestó ella.
Tienes idea de dónde has podido perderlo.
No, no tengo ni la más remota idea.
Una vez más y creo que esta era la última, el gran Rusty James había desaparecido.
Mis padres me llevarón por toda Europa. Hicieron de la parte de atrás del coche mi habitación y de la ventanilla la mejor televisión. Aún hoy pienso que el asiento de un autobús es el mejor sitio para soñar.
Todavía era pronto para ir a cenar. Terminaron de ducharse, vestirse, ponerse guapos para dar una vuelta por el pueblo. Ella estaba delante del espejo, mirándose mientras oía a su marido silbar desde la habitación. Decidió pintarse los labios de un rojo intenso. Lo hizo con mucho cuidado, pero nada más terminar se arrepintió. Cogió un trozo de papel y se quitó el carmín, miró unos segundos el rojo corrido sobre el papel y lo tiro al wáter.
Hacía mucho calor. Caminaban despacio por el paseo marítimo que estaba atestado de gente. Su marido le agarraba por la cintura, notaba la mano sudada apretar la piel, ella llevaba un vestido de algodón fino, que se le pegaba al cuerpo por el calor y la humedad.
Escuchaba música de fondo pero no podía saber de donde procedía. La gente hablaba alto y reía. Llegaron al final del paseo, donde empezaba el puerto.
-Quieres que continuemos- le dijo el marido.
-No sé, lo que tú prefieras.
El marido miró hacia el puerto durante unos segundos,
-La verdad es que el ajetreo del paseo marítimo me pone nervioso, vamos a ver si llega algún barco pesquero-, repuso el marido.
Pasaron el edificio de la lonja, un edificio blanco que desprendía un intenso olor a pescado y siguieron un camino de cemento hasta la zona donde los barcos pesqueros atracaban. Solo había un barco en esos momentos con las luces encendidas y se acercaron. Cuatro pescadores sacaban cajas con pescado, no podía identificar que especie era. El pescado estaba sobre capas de hielo para que se conservara fresco. Otros dos pescadores más jóvenes, intentaban desenrollar la red de pesca. Aún quedaban atrapados algunos peces en la red, todos inmóviles, muertos. En mitad de la maraña, uno de los peces empezó a moverse. Pequeños espasmos continuados. Ella no entendió como todavía permanecía un pez con vida, ¿cuánto tiempo puede aguantar un pez fuera del agua? Su marido se acercó a uno de los pescadores y empezó a hablar con él. Ella se quedó allí de pie, mirando el pez que cada pocos segundos intentaba luchar contra la red que lo tenía atrapado. El pez la miraba con uno de los ojos mientras movía las branquias inútilmente. Se ajitó unas cuantas veces más hasta que quedo tieso. Las branquias se cerraron. Por fin, creyó ella, el pez había muerto. Intentaba pensar en una sensación más angustiosa que la falta de oxigeno, y recordó cuando de pequeña jugaba con su primo a ver quién podía estar más tiempo debajo del agua sin respirar, como aguantaba hasta que los pulmones y la cabeza le dolían, y al salir del agua y tragarse una bocanada de aire, sentía una inmensa sensación de libertad.
Uno de los pescadores jóvenes desenrolló al pez atrapado y lo tiró dentro de un cubo azul. Ella respiró profundamente inhalando el olor a mar, sal y pescado que envolvía el ambiente. Del estomago le subió una arcada hasta la garganta.
El marido se acercó a ella.
-He estado hablando con uno de los pescadores y me ha recomendado un restaurante aquí cerca donde preparan un pescado delicioso, ellos mismo suelen vendérselo al restaurante.
-La verdad es que no tengo mucho apetito- dijo ella.
-Venga mujer, aún es pronto y sabes que odio tener que esperar en los restaurantes a que me den una mesa-, el marido la cogió del brazo, se giró mientras se despedía de los pescadores que seguían enfrascados en la faena de intentar sacar a todos los peces que se habían quedado atrapados en la red
Se sentaron en la terraza del restaurante. El calor seguía siendo intenso. Ella se removía en su silla, incomoda por el vestido que se le pegaba al cuerpo dificultando la movilidad.
-Oye, que te parece si nos sentamos dentro, tendrán aire acondicionado y se estará más fresco- le dijo a su marido.
-Sabes que no soporto los aires acondicionados, me sientan fatal y además no me apetece tirarme toda la noche oliendo a fritanga- contesto él.
Ella echó un vistazo a la carta, pero no tenía ganas de comer nada, decidió tomarse una ensalada de tomate. Su marido, por el contrario, parecía hambriento. Pidió una lubina asada con patatas panaderas.
-Vienes a uno de los mejores restaurantes de pescado de la zona, y solo se te ocurre pedir una ensalada de tomate- dijo el marido.
-No tengo hambre, y no me apetece comer pescado- repuso ella.
-Una ensalada de tomate la puedes tomar en cualquier parte, pero un buen pescado fresco solo…
-Te he dicho que no tengo hambre- afirmó interrumpiéndolo.
A los diez minutos el camarero trajo los platos. Ella aliñó su ensalada mientras su marido cuidadosamente quitaba la piel del pescado, retiraba las espinas una a una y las dejaba en un lateral del plato. La boca del pez, semi-abierta, y el gran ojo redondo, le conferían a la cara un aire antinatural y estúpido mientras su marido lo despedazaba poco a poco. Ella agarró el tenedor y pinchó un trozo de tomate. Se quedó mirando el gesto sin vida del pescado mientras se revolvía una vez más sobre la silla a causa del vestido de tubo. Dejó el tenedor con el trozo de tomate en el plato. No se encontraba muy bien pero sabía que había llegado el momento de decírselo a su marido.
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Me crucé con Nachín en la Plaza Mayor,
algo triste y sonriente.
Me pidió un cigarro
y le dije que no fumaba.
Lo vi alejarse
y pensé:
¿En qué momento deja uno de fumar si nunca ha fumado?
El último titular del periódico decía: “si todos los chinos saltaran a la vez provocarían un terremoto”. Y si un girasol se queda estancado es un suicidio. Un estado vegetal.
Te he llamado, pero ni me acuerdo de lo que hablamos. Sé que yo estaba serio, con esa manera repulsiva con la que a veces me dirijo a ti.
Se cortó una vez y te volví a llamar. Me vinieron cosas a la cabeza y se cortó de nuevo. Esta vez me llamaste tú, pero creo que hoy ninguno de los dos teníamos ganas de hablar. Supongo que nos diríamos adiós, pero estoy seguro de que ninguno nos despedimos con un «te quiero».
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Me llamo Mohamed pero todo el mundo me llama Moha. Tengo dieciseis años y vivo en un pueblo a cuarenta kilómetros de Ceuta, España, el paraíso al que todo los jóvenes de mi pueblo queremos escapar. A un kilómetro de mi pueblo pasa la carretera que lleva a Ceuta, y apostada como un oasis en mitad de la nada, entre dos cruces de carretera, se encuentra una de las últimas gasolineras antes de llegar a la frontera.
Muchos días cuando no tenemos escuela y no tenemos que trabajar con nuestros padres, mis amigos y yo nos acercamos a la gasolinera a ver los grandes camiones que pasan por allí, muchos de ellos paran a repostar, y me quedo mirando los enormes remolques con palabras en español y marroquí, fotos de frutas, verduras o simplemente logotipos extraños.
Nadie tiene futuro en esta tierra, todo los jóvenes queremos marchar a Europa, vemos en la televisión como se vive allí, como la gente gasta dinero en ropa, en video juegos, en grandes coches, como te cruzas con mujeres bellas y futbolistas millonarios, una tierra donde dicen que puedes hacerte rico fácilmente. Hace unos meses nuestros vecinos recibieron la visita de uno de sus sobrinos que vive en Madrid, trajo muchos regalos , llevaba ropa de marca y unas fabulosas Nike doradas. Yo sueño con unas Nike doradas como esas y en hacerme rico pronto, ahora miro mis sandalias sucias de tanto polvo y las odio, las odio con todas mis fuerzas. Voy caminando hacia la gasolinera, hoy voy a intentar colarme debajo de un camión que reposte y marcharme de esta tierra pobre. Hoy voy solo, si vengo acompañado por amigos es mas fácil que nos vean los conductores. Mis padres no saben nada, es imposible despedirte de ellos, al fin y al cabo nunca sabes cuando vas a poder colarte debajo del camión. Ya lo intenté una vez y el camionero reviso los eje, me cogió, me dio dos bofetadas y emprendí el camino de regreso a casa ¿cómo me voy a despedir de mis padre si es posible que esta noche vuelva?
No llevo nada, solo la ropa que llevo puesta, un monedero de cuero atado a la cintura con un cordón, algunos frutos secos y un papel con la dirección de un hostal donde dirigirme cuando llegue a Algeciras que me facilitó un amigo antes de que él se marchara debajo de un camión. A él se la dio un familiar que también se marchó, pero ha pasado un mes y no sé nada de mi amigo, eso es una buena señal, seguro que logro entrar y pronto nos encontraremos.
Colarse bajo los camiones es fácil, cuando repostan en la gasolinera y el camionero va a pagar, te colocas bajo el camión y te acomodas sobre los ejes, te agarras con fuerza a algún enganche y rezas para que el camionero sea perezoso y no eche un vistazo.
Estoy escondido tras una tapia cercana a la gasolinera. Llevo media hora y nada. Pronto veo parar un camión con matrícula española. En diez minutos habrá repostado, así que tengo que pensar bien cual puede ser el momento. Cuando veo al camionero dirigirse a pagar, salgo como una exhalación de detrás de la tapia y por la parte trasera del camión me introduzco arrastrando tras las dos ruedas traseras, miro un buen lugar para colocarme y me engancho al eje central apoyando los pies en un enganche de una de las ruedas traseras. Espero, porque lo único que me queda es esperar.
No oigo nada. No veo nada. A los pocos minutos un rugido ensordecedor me señala que el motor se está poniendo en marcha. Hoy me ha tocado uno de los camioneros perezosos. Nos ponemos en marcha y ahora solo veo las lineas de la carretera pasar rápidas por los laterales, lineas discontinuas y continuas, lineas que me llevan al paraíso. No tengo miedo a la frontera, no soy el primero ni el último en cruzar. He rezado mucho para que pueda pasar, porque yo sé que no merecía nacer en esta tierra de miserias y sin ninguna oportunidad, he rezado para que mi camión pase desapercibido, sé que en esta época van muchos camiones a España y la policía no puede revisar todos, he rezado para no tener miedo, muchos de nosotros es lo único que podemos hacer, rezar y desearnos suerte.
El camión ha parado, eso es señal de que estamos en la frontera, empiezo a sentir como se agarrotan los músculos, la posición es incómoda y se que aún me queda mucho tiempo para cruzar. Seguramente tendremos que esperar la cola de camiones, el calor empieza a ser intenso aquí abajo, sin el movimiento del camión el calor del asfalto, que hace poco minutos estaba expuesto al sol, sube hasta mi espalda. Empiezo a sudar por todo el cuerpo.
Sigo sin poder ver nada, solo el suelo, el ruido del motor tampoco me permite oír. Nos movemos lentamente, frenando y arrancando, pequeños pasos hacia mi nuevo destino, no puedo negar que el miedo se me empieza a instalar en el estómago y se expande a todo el cuerpo cuando veo unas botas negras andar alrededor del camión, sé que son de policía, y sé que son de policía español, dicen que los marroquíes casi nunca revisan los camiones que van hacia España, a ellos les da igual los que salgan del país. Por eso pienso que esas botas negras, limpias y brillantes, solo pueden ser de algún policía español, no dejo de seguirlas y me pego todo lo que puedo al eje como si con ello tuviera la posibilidad de hacerme invisible. El motor ahora está parado y oigo ruido de fondo, claxon, motores a lo lejos, y ladridos de perro... Oh no, me olvidé de los perros.
A nuestro pueblo llegaban rumores, historias de aquellos que intentaban pasar la frontera, nunca se sabe a ciencia cierta si son verdad, pero todos los chavales hablábamos de lo mismo. En una ocasión oí que los policías fronterizos utilizan perros para buscar drogas y también para oler a los inmigrantes que intentan colarse, grandes pastores alemanes preparados para olfatear los camiones y ladrar como posesos cuando encuentran algo, los rumores decían que si te encontraban los policías no te pegaban, simplemente te soltaban a los perros que se lanzaban furiosos contra las extremidades del cuerpo a morder la carne sudada.
Cómo he podido olvidarme de los perros. El miedo me atenaza, ni siquiera me deja pensar, mi histérico corazón bombea sangre a todo mi cuerpo a una gran velocidad, la noto en mi cabeza, bum bum, bum bum. El calor es insoportable aquí abajo, calor de miedo, y noto como salen las gotas de sudor por cada poro, sé que los perros me pueden oler. Embadurno una de mis manos con el aceite del eje de las ruedas, me mancho con grasa la cara, el pelo, los brazos, los pantalones, la camiseta, no puedo oler, no puedo oler, pienso. Vuelvo a ver la botas negras, al que le siguen otras botas negras, y veo las patas de un perro, no sé ni que raza será, el miedo no me deja pensar, todas mis fuerzas están dirigidas a aferrarme al eje, ni siquiera respiro cuando veo al perro husmear bajo el camión, es un perro grande y le es imposible entrar más adentro. Un minuto bajo el infierno, paralizado cuerpo y mente, yo no tendría que estar aquí, yo solo quiero vivir bien, como los que salen en televisión, yo solo quiero que algún día pueda ir a visitar a mis tíos y traerles regalos. No quiero que los perros me muerdan mis piernas y brazos, no quiero, no quiero. Cierro los ojos para poder salir de allí. Tengo tanto miedo que no puedo ni abrirlos. Y entonces el sonido del motor vuelve a rugir de nuevo, y noto como el camión se mueve, anda hacia delante. No puedo verlo, pero sé que estoy cruzando la frontera, sé que estoy en Ceuta.
La brisa del camión en marcha me refresca, todo me duele, mis músculos tensionados por el miedo se intentan relajar, vuelvo a ver las lineas continuas y discontinuas de la carretera, son iguales que las marroquíes, pero esta tierra no puede ser igual. El primer paso ya está dado, ahora tengo que intentar seguir aquí colgado hasta que nos subamos al barco que cruce el Estrecho. Adónde irá este camión, irá más hacía el norte, a Francia o Alemania. Ojalá pudiera quedarme aquí enganchado hasta el final, pero me quedan pocas fuerzas y solo pienso en meternos en el barco y tal vez poder apoyarme en el suelo y estirar un poco mi cuerpo.
Me acuerdo de mis padres, ¿cómo los podré localizar allí? Seguro que estarán esperando que vuelva a casa esta noche, mi madre llorará, mi padre llorará, pero algún día volveré con mucho dinero para sacarles de allí, pero no tendrán que ir debajo de un camión, ni tendrán que tener miedo de los mordisco de los perros, algún día volveré a por ellos con mis preciosas Nike doradas.
*Relato finalista; Relatos Sobre la Pobreza y la Exclusión Social EAPN
Acurrucado en sus camisas de franela bajo puentes soñando con el caballo de crines enredadas. El único que puede cabalgar el niño del barro. Rojo vivo. Tan viviente que se extiende a través del sistema cuando el sistema tuvo miedo de los susurros biliosos.
Algo murió con él y nunca nos recuperamos. ¿Quieres ser nuestro líder? Qué esperabais de un crío tan delgado, tan enfermizo.
“¿Sabes cuál es el nombre en clave de la bomba atómica que arrojaron sobre Hiroshima? ¡Little boy!, niño pequeño, chiquillo, chaval, no hay palabra más tierna, más conmovedora, más preñada de porvenir”.
Aún me acuerdo de vuestra portada. Cuando escuchaba música con esos grandes cascos negros colgados a un poste con cedés. Dando vueltas por la tienda de discos para matar el tiempo. Yo no sabía nada del niño de barro. Embobado con ese bebe pequeño, un niñito bajo el agua. Tan tierno, tan conmovedor, tan preñado de porvenir. Soltasteis la bomba y al final estalló en tu cara jodido idiota.
Siempre me pregunté cual sería el precio de un hombre. ¿No has jugado a pensar cuanto cobrarías por una mamada o por un polvo? A veces también mataba el tiempo con chorradas como esa, pero ahora ya no doy vueltas por las tiendas de discos. Será que ya no tengo tiempo al que asesinar o será que ya no quedan discos. Siempre me quedó la duda de si el bebe cogería el billete del gancho cuando miraba vuestra portada. No importa, ahora ya estás muerto.
¡Little boy! ¿sabes qué escucho cuando me pongo una caracola en la oreja? Un susurro, oigo como me tarareas.
No puedo recordar como sucedió, pero las peores historias nacen en momentos de apuro. Entonces supe que la fábula no tenía ni pies ni cabeza. Me aburrí y saqué un pañuelo para sonarme la nariz, que siempre fue más valiente que limpiarse las lagrimas.
Como que va a saltar. Sí, va saltar. Pero está loco, se va a estrellar contra el suelo. Ya pero él ha dicho que puede volar. Pero como va a volar, eso es imposible. Puede ser, pero imagínate que lo logra. Pero nadie vuela, nadie en este mundo puede volar.
Pero, ¿y si lo logra?
Solo por un segundo imagínate que lo logra.
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Esa es la pregunta con la que el niño se dirige a su madre mientras ésta le prepara el desayuno. La madre sale al paso rápidamente negando que Papá Noel tenga correo electrónico.
–Papá Noel sólo admite cartas. –le dice la madre.
–¿Y Papá Noel utilizará GPS para encontrar nuestra nueva casa? –pregunta el niño.
–Hijo que cosas tienes. No necesita GPS, para eso están los renos.
El niño duda. Mira el tazón mientras su madre lo llena de leche que va cambiando de color a causa de los cereales chocolateados que se encuentran en el fondo. No le convence la fiabilidad de unos animales para llegar hasta la urbanización con mil calles donde se han mudado este año. Cómo va a ser posible que unos renos que nunca han estado en su casa logren encontrarla si sus abuelos se han perdido las últimas tres veces.
El niño mete la cuchara en el tazón. Empieza a dar vueltas al mejunje formado en el fondo.
–Pero mamá si ya nadie escribe cartas. Cómo no va a tener E-mail Papá Noel, no me creo que sólo le lleguen en papel.– vuelve a insistir el niño.
–Claro corazón, recibe millones que dejan en unos enormes buzones que tiene en la puerta de su casa, después los duendes las separan por países para pod… –El niño interrumpe.
–El otro día te escuché decirle a papá que no entendías para que teníamos buzón, que solo servía para acumular publicidad y darte sustos con las puñeteras multas.
–Yo no dije puñeteras multas.
–Sí mamá, lo dijiste. –gesticulando con la cabeza.
La madre se ríe por dentro ante la perspicacia de su hijo. Piensa que con esa cabecita va a ser difícil mantener por mucho tiempo la inocencia de la Navidad. Abre un cajón del que saca un folio y un lápiz que lleva hasta la mesa donde se encuentra su hijo.
–Aquí te dejo papel y lápiz para que escribas los regalos que quieres este año. Después lo guardamos en un sobre y esta tarde lo llevamos a Correos para mandarlo, ¿vale? Y ahora termínate el desayuno. –La madre se agacha, le da un beso en la cabeza a su hijo y sale por la puerta de la cocina.
El niño se mete la cuchara en la boca sorbiendo los cereales que se caen por los lados. Se queda mirando el folio en blanco. Acaba de comprender lo que significa la palabra infinito.
Querido Papá Noel este año he decidido compartir mis regalos con la familia.
Para mi padre quiero un coche teledirigido con el que pueda aparcar donde le de la gana, incluso en doble fila.
Para mi madre un reloj de sol, siempre se queja de que se hace vieja y con éste no le contará el tiempo de las noches.
Quiero un Monopoly para mi hermano mayor, así se podrá comprar una casa aunque sólo sea un trocito de plástico verde.
Para mi otro hermano, un disfraz de policía, porque siempre los está llamando payasos y a mí me encantan los payasos.
A mi abuelo un Madelman, para que entre los dos se cuenten sus batallitas. Y para mi abuela un cubo de Rubik pero en blanco y negro, a ver si por una vez lo logra terminar.
A mí me encantaría un juego de magia, porque últimamente escucho en el supermercado a mucha gente decir que hace magia para llegar a fin de mes, y me gustaría aprender cual es ese truco del que tanto hablan.
Le encantaba el olor del papel en los libros recién editados. Cada semana se compraba un libro nuevo. Iba a la librería y los olía uno por uno hasta que encontraba el que más le gustaba. Daba igual el título, el escritor o la trama. Por la noche metía su enorme nariz entre las hojas mientras contemplaba el techo de la habitación intentando dormirse. Nunca los leía, solo olía la hojas de los libros y poco a poco iba cayendo en un profundo sueño. Quedándose dormido con un libro que le tapaba la cara.