II. ALERIA, LA USURPADORA En aquellos tiempos remotos, Aleria no era la poderosa Reina de las Almas que la historia recordaría después. Era una divinidad menor, conocida como la diosa de la vida y de la sanación, joven comparada con los grandes dioses primigenios, pero poseía algo que Lúnnera jamás había comprendido del todo. Aleria entendía los anhelos de los mortales; comprendía sus miedos, sus esperanzas y las mentiras que estaban dispuestos a creer para soportar el peso de la existencia.
Poco a poco, las almas que durante milenios habían pertenecido al dominio de Lúnnera comenzaron a desviarse hacia los santuarios de Aleria. Mientras Lúnnera enseñaba que toda vida debía concluir y que la muerte era el último destino de todas las cosas, un final inevitable que debía aceptarse con dignidad, Aleria ofrecía una verdad mucho más amable para los corazones de los mortales. Allí donde la Reina de la Luna hablaba de descanso eterno, silencio y disolución, la diosa de las almas prometía reencuentros, redención y continuidad. Aseguraba que ningún ser desaparecía realmente, que las almas podían sanar sus heridas, encontrar el perdón por sus pecados, reunirse con aquellos a quienes habían amado e incluso volver a caminar sobre el mundo bajo una nueva vida. Los hombres, aterrados ante la idea de un final definitivo, abrazaron aquellas promesas con fervor. Y así, generación tras generación, la fe de los mortales fue inclinando la balanza. Cada creyente fortalecía a Aleria, aumentando su influencia. Cada alma que elegía entregarse a sus dominios debilitaba un poco más a la antigua diosa de la muerte. Con el paso de los siglos, Aleria terminó convirtiéndose en una de las deidades más amadas y veneradas del mundo, mientras Lúnnera era relegada a los márgenes de la fe, convertida en una figura temida y malinterpretada. Los mortales ya no hablaban de la Noche Eterna ni de la necesidad de aceptar el final de todas las cosas; hablaban de la salvación de Aleria, de los cielos que aguardaban tras el último aliento y de la promesa de que la muerte no era realmente una despedida.
Lúnnera observó cómo los templos dedicados a ella quedaban vacíos. Los sacerdotes abandonaban sus cultos y las historias comenzaban a retratarla como una figura oscura, una presencia siniestra que aguardaba al final de la vida. El mundo dejó de verla como una compañera en la transición a la muerte y comenzó a verla como una amenaza. Mientras Aleria era asociada con la esperanza, la compasión y la eternidad, Lúnnera quedó ligada al miedo, la pérdida y la oscuridad. Así fue cómo aquello que había pertenecido a Lúnnera desde el inicio de los tiempos dejó de pertenecerle. Las almas, su dominio, su propósito y, por encima de todo, su identidad.
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