Ilustrados estrellados
España, tan llena de gente, de gente con estrella, de jueces estrella, de arquitectos estrella, de cocineros estrella. De médicos estrella. Estrellas como best-sellers. La excelsitud de mi amargura, que diría Juan Ramón, no tiene precio, pero sí estrellas. Veamos. Llegar muy lejos, ser ALGUIEN, un hombre de pro, vestir bien, peinarse, encumbrarse y ganar Premios Príncipe de Asturias o Medallas de Oro del AIA, como seguro le decían de pequeño a Calatrava. Ser elitista, extravagante, caro y cutre, como la ciudad de Moscú, como Calatrava creció.
La inestabilidad mecánica del puente sobre el Gran Canal de Venecia no hace más que aumentar partidas presupuestarias, pero el arquitecto estrella siempre aparecerá de brazos cruzados desafiado la cámara, porque pa chulo él. Y sin mirar ni a los lados ni pa trás. Y cuantas más demandas acumule, más chulo todavía. Porque su creatividad no tiene límites, y lo mismo le pilla cagando que en la barra de un bar. Así es su ego, siempre dispuesto a plasmar en papel una burbuja. Que lo mismo da estar imputado en el Palma Arena que ser consultor del Consejo Pontificio de la Cultura Vaticana, como Dios manda. ¿Acaso importa el entorno en el que levanta una obra? No cuando el mundo es suyo. Y se lo pinten todo de blanco. Todo menos el obelisco de la Caja, en la Plaza de Castilla de Madrid, para que anime el panorama. Calatrava, embajador honorario de la Marca España. Ahora desde Suiza. Acabáramos.
A él, que le gusta trasladar su genio de las servilletas de los bares a los despachos políticos no le dijeron de pequeño que lo ocurra en una servilleta, se queda en la servilleta. Y de ahí, a la basura. Pero como él, a mansalva.











