twilight // alaska & elías
@lafemmelit:
Exijo que se respeta la posición de mi madre al llamarme Elías – Se mantuvo en su posición, divertido aunque con un deje de desprecio en la cara del chico ante el nombre que ella había escogido. Le hacía recordar a México, pues la última vez que estuvo en ese país recuerda perfectamente al mesero del restaurante del hotel donde se hospedó esas tres semanas de visita por la isla de Cancún. La etiqueta unida con un broche a su camisa decía clara mente el nombre “Pancho” como si fuese el apodo, debajo del Francisco que le antecedía. Por alguna razón, el señor nunca fue se su agrado – ¡Por eso mismo! – Agregó con un deje de su voz, debido al esfuerzo que habría hecho al saltar el muro, aun tratando de acomodarse – Santa no existe, tampoco los dioses griegos… O ya no – Dijo así, acomodándose en su lugar junto a la fina figura de la pelirroja. Iba a cruzar sus brazos cuando sintió la iniciativa de ella. No lo dudó dos veces en deslizar su brazo sobre el hombro de la ojiazulada, pegándola más a sí. Quería preguntarle si algo ocurría con ella y en verdad quería hacerlo, pero prefirió guardárselo y no decir nada. A veces, aun así con la duda si ella se encontraba bien o no; El silencio es mejor que las palabras. Permaneció ahí, atrapado dentro del silencio que ahora inundaba el espacio en el que estaban con nada más los cortos choques del agua contra las paredes del canal debido a las canoas que habían pasado minutos antes. No era un silencio incómodo, no esperaba que nada pasara y en realidad, podría estar así todo el día.
Fijó su mirada en el agua, estudiándola, evadiendo el hecho de que un espectáculo de colores se había formado justo frente a él. Pero eso mismo era lo que notaba en el agua. Como el color de esta cambió, por el reflejo que le daba la decaída luz que el sol brindaba en ese momento. De un color azul verdoso a un morado, con rojos y naranjas que al agua moverse se mezclaban entre sí. Finalmente la chica había roto el silencio entre ellos y el aún con su brazo sobre los hombros de la chica, delicadamente apegándo su cuerpo a él volteó a verla, serio – ¿Ocurre algo? – Inquirió, esta vez ni siquiera pensando en el debate que había tenido dentro de sí mismo. Tomó la barbilla de la chica con su mano libre y volteó su cara hacia él, permitiendo así notar las lagrimas que tímidamente comenzaban a salir de los ojos grandes y azules de la chica.
Que lástima que yo nunca fui alguien capaz de seguir las reglas impuestas. —planteó socarrona, sonriendo vagamente. Su independencia tuvo como consecuente una rebeldía que en su piel plasmó más de una cicatriz, siendo su padre el artista que con un furioso ímpetu las pinceló. El cuadro que constaba su piel previo a los tatuajes era doloroso para quien se atreviera a mirarlo, resguardando fantasmas del pasado que por más que parecieran suturados en la actualidad, por dentro aún alimentaban aquellos demonios que la mareaban en un carrusel de ideas capaz de sacar de quicio la cordura que creía perdida tiempo atrás. Cultivando una tristeza que se ramificaba a lo largo de sus huesos, brotando espinas que lentamente iban drenando todo elixir de sus órganos. Acabando con una tortuosa lentitud con la felicidad que creía haber sido bendecida por su maquiavélico destino. Todo parecía reírse de ella, convirtiéndola en una nueva víctima del mal. Como si su existencia fuera un show para todo ente que nutriera su poder con la melancolía yacente en la tierra ¿Acaso su hermana gemela era uno de ellos?— ¿Cómo puedes decir que los Dioses griegos no existen si tienes uno a tu lado? —confeccionó su interrogante con descarada petulancia, señalando la amplitud de su figura con burlones ademanes. Era un misterio la fuente de donde la pelirroja sacaba sus energías para erguir el telón de mentiras que el mundo era capaz de contemplar al dedicarle una mirada a su persona. Ella siempre se mostraba narcisista, mofándose de las calamidades de su vida. Tal vez, solo tal vez, ella era una. Y por eso la vida tuvo piedad de ella, y le concedió un solo don: el poder reírse de si misma. Después de todo, era lo suficientemente orgullosa como para cederle el gusto a los demás de hacerlo por ella. El tacto ajeno disipó a lo largo de su pálida tez algo de la calidez que creía perdida en lo profundo de su anatomía, encarcelada tras los barrotes de la amargura de sus memorias. Se acurrucó contra el rubio, sintiendo como poco a poco su manojo de mentiras se deshacía a la par de la derrota yacente en el ocaso. Después de tanta lucha, ¿Su final iba a ser igual al que, ahora, era honrada en presenciar?
La esperanza me hizo creer que las cosas cambiarían, ¿Sabes? —comenzó, siendo incapaz de enfrentar la mirada del muchacho. Su armadura se disolvía al ritmo de los vívidos colores del firmamento, siendo usurpada por las garras de la oscuridad que más de una vez envolvió sus más tenebrosos pensamientos. Estaba siendo abatida una vez más por la nostalgia, conquistada por la debilidad que siempre trató de ocultar del ojo externo. Saboreaba con aflicción la caricia del chico, apreciando como el detalle de esta se iba carcomiendo por la violencia de sus conjeturas mentales.— Pero la vida se encargó en demostrarme que no implicaría que se pongan mejores.















