Asintió en acuerdo, mientras acariciaba el cabello de su hijo de forma afectuosa, antes de que este dejara al pequeño animal en el suelo nuevamente y corriera donde su hermano mayor, que estaba a unos pasos, a contarle lo que había pasado. Si bien lo normal era que Molly saliera con todos sus hijos, ese día solo con la menor, Percy y Charlie, mientras los demás se habían quedado con los padres de Molly por la tarde– Oh, ella es Ginny. Estaba un poco llorosa porque recién despertó de su siesta –explicó, bajando la vista hacia la carriola, donde la niña ya estaba completamente despreocupada. Mostró una sonrisa, contenta de que la menor quisiera acompañarlos– Vamos, vi que el carrito de los helados estaba por aquí cerca –lo dijo hablando un poco más fuerte, para que sus hijos la escucharan y se acercaran sin tener que llamarlos. El helado no fallaba en captar su atención– ¿Cómo has estado? ¿Y cómo está Effy? Así se llamaba tu gato, ¿verdad? –preguntó, genuinamente interesada.
― Bueno, los bebés lloran mucho, ¿no es así? Aunque dicen que yo nunca lloraba. Sólo veía con una mirada inerte a todos ―que no era muy distinto de ahora. La verdad es que no tenía ni idea de porqué los niños lloraban tanto. No era un hecho de la anatomía humana que conociera―. ¿Ginny de Ginevra? Es un nombre bonito ―observó a la aludida, que las miraba con total despreocupación. En seguida le siguió los pasos a la mayor, sin quitar la vista de la pequeña de cabellos rojos―. Sí. Effy. Es diminutivo de Ephygenia. Es un nombre que leí una vez en un libro ―por eso lo había llamado así. Aunque era un nombre “femenino”, no le importó. Para ella los nombres eran neutrales―. Está bien. Adaptándose a todos los gatos que tengo ahora en casa ―relató mientras caminaban por ahí, buscando al carrito de los helados. Agatha sumergió sus manos en los bolsillos de su abrigo―. Yo estoy muy ocupada y cansada, pero es normal cuando tengo que cuidar a tantos gatos ―pausó un momento, meditando lo que estaba por decir; creía que era lo “usual”―: ¿Y tú?
― Bueno, los bebés lloran mucho, ¿no es así? Aunque dicen que yo nunca lloraba. Sólo veía con una mirada inerte a todos ―que no era muy distinto de ahora. La verdad es que no tenía ni idea de porqué los niños lloraban tanto. No era un hecho de la anatomía humana que conociera―. ¿Ginny de Ginevra? Es un nombre bonito ―observó a la aludida, que las miraba con total despreocupación. En seguida le siguió los pasos a la mayor, sin quitar la vista de la pequeña de cabellos rojos―. Sí. Effy. Es diminutivo de Ephygenia. Es un nombre que leí una vez en un libro ―por eso lo había llamado así. Aunque era un nombre “femenino”, no le importó. Para ella los nombres eran neutrales―. Está bien. Adaptándose a todos los gatos que tengo ahora en casa ―relató mientras caminaban por ahí, buscando al carrito de los helados. Agatha sumergió sus manos en los bolsillos de su abrigo―. Yo estoy muy ocupada y cansada, pero es normal cuando tengo que cuidar a tantos gatos ―pausó un momento, meditando lo que estaba por decir; creía que era lo “usual”―: ¿Y tú?
















