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The concept of philosophic style is free of paradox. It has its postulates—namely, the art of interruption, in contrast to the chain of deduction; the perseverance of discourse, in contrast to the gesture of the fragment; the repetition of motifs, in contrast to a flat universalism; the fullness of compressed positivity, in contrast to negating polemic.
Walter Benjamin, Origin of the German Trauerspiel
Sie wollen nur deine Aufmerksamkeit, nicht dein wahres Ich.
Nur ich
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Las mil y una melancolías
Graciela Ortiz Zavalla
Vuelvo a la melancolía a través de Borges y algunos de sus cuentos. En “La Biblioteca de Babel”, unas palabras de Robert Burton de “Anatomía de la melancolía”, un clásico sobre el tema, hacen de epígrafe. Esa es la única referencia, no hay menciones explícitas a la cuestión como en otros cuentos. Se trata de un consejo del autor inglés a los melancólicos: deberían hacer diferentes combinaciones de letras para salir de su estado. Hay quienes dicen que Borges es el autor de esa afirmación. De hecho él mismo despliega ese argumento en la biblioteca del cuento; el hombre, “imperfecto bibliotecario”, busca en “la biblioteca universo” respuestas a los misterios de la vida. Inmensa es la promesa de felicidad ante tantos volúmenes. “A la desaforada esperanza sucedió, como es natural, una depresión excesiva”. Las combinaciones de infinitas letras resultan tan inagotables como los misterios. Borges se interroga por una salida posible. Él, al igual que Burton, encuentra en la escritura un modo de tratar la propia melancolía. ¿Cómo hallar respuestas certeras ante la infinitud de la escritura? En “Anatomía de la melancolía” se despliegan, sin agotarlas, innumerables causas de una enfermedad que constituía una pandemia en la época. Nadie parecía haber escapado a ella: reyes y estudiantes crónicos, poetas y sabios, personas ociosas al igual que aquellas muy concentradas en sus quehaceres. Tantos eran los factores que podían ocasionarla que era difícil sustraerse a ella. El tratado puntualiza causas médicas, astrales, divinas y demoníacas y, hacia el final, se suma el poder político cuando se ejerce arbitrariamente. Burton distingue melancolías transitorias junto a otras crónicas y, también, una melancolía existencial tal como la define Diderot: se trata del sentimiento habitual de nuestra propia imperfección. Paradojalmente Burton firma su obra con el seudónimo de Demócrito Junior; alguien versado sobre la melancolía elige nombrarse como filósofo que ríe y no como Heráclito quien llora por la huida de los seres y el tiempo; propone fortaleza y calma frente a los pesares de la vida. Pese al pormenorizado intento por agotar las causas, la obra no logra superar las de sus antecesores y termina siendo, ella misma, un poco melancólica. Así califica Starobinski a toda obra que no ha logrado llegar al punto hasta donde se desea que avancen las cosas. Es allí donde Borges se cita con Burton.
Lutos
Hay también un movimiento sin detención en la melancolía freudiana; ella comparte todo con el duelo: tristeza, anorexia, negativismo e insomnio menos el impudor con que el melancólico exhibe sus sufrimientos. Una letanía insultante hace oír una atribución subjetiva unívoca, se trata de un repertorio repetido donde el sujeto se considera sin valor alguno y que Freud califica de “desnudo moral”. Otras referencias aluden a ese horizonte sin límites; su carácter de “hemorragia interna” que empobrece la energía (Manuscrito G) junto su consideración como “herida abierta” que no puede volverse cicatriz, siendo este último el nombre que Freud da al fantasma en “Pegan a un niño”.
Hay también algo infinito encarnado en la eternidad del cuerpo melancólico; Kristeva lo concibe como un cuerpo cripta así como diversos autores remarcan su petrificación. Masotta en “El modelo pulsional” entiende que hay en la enfermedad melancólica un cadáver escondido; es el del otro que -convertido en cuerpo extraño- permanece inalienablemente otro. La imposibilidad de soportar la pérdida del otro se debe a que ese otro, por vía de la identificación narcisista, es el melancólico mismo. El carácter otro del otro se convierte en un reducto irreductible. Freud entiende que es el yo quien ha sufrido un daño a diferencia del duelo donde el despoblamiento del mundo exterior es solidario de un agujero en el Otro.
El duelo, en cambio, se tramita lentamente a fin de autentificar la pérdida, pieza a pieza, signo a signo, elemento Ideal a elemento Ideal, hasta agotarlos. Lacan afirma que cuando esto está hecho, se acabó.
Me interesa subrayar otras menciones a la melancolía que se encuentran, también, en Freud. Al lado de la melancolía, en sentido estricto, describe un agotamiento melancólico que se registra en la neurosis obsesiva donde la hipermoral no deja descanso al yo. La defensa fracasa en poner freno a la satisfacción de los impulsos dado que ella misma se ha convertido en un modo de satisfacción. Sin embargo ese circuito infernal, aunque con dificultades, puede ser leído a diferencia de lo que ocurre en la psicosis melancólica. Lacan entiende el texto melancólico como una trama significante pura (Seminario “La angustia”). Aunque en el delirio de indignidad melancólica los dichos no presentan neologismos dan impresión de cierto absurdo por el destierro de la enunciación y dado que el sujeto sólo se evoca como objeto. Cuando la tristeza llega a la psicosis tiene lugar un rechazo del inconsciente.
Benjamin en “El origen del drama barroco alemán” no acuerda en darle a la melancolía un carácter negativo. La mirada melancólica le devuelve a las cosas su naturaleza verdadera a partir del duelo frente a un mundo empobrecido. Se encuentra ligada a una visión de la historia en la que prevalece un rostro en ruinas y que tiene a la calavera como emblema. El encuentro con el sin sentido impulsa la búsqueda de un saber oculto que amplía el conocimiento y la experiencia. Benjamin describe algunos personajes que habitan ese mundo barroco visto como teatro y que califica como figuras melancólicas. Al lado de monarcas -sumidos en la indecisión y atravesados por la tristeza-, los intrigantes cortesanos organizan enredos, calculan afectos y presentan una inteligencia sin ilusiones.; ambos, atravesados por profundas contradicciones, quedan sumidos en una actitud contemplativa que les da, a la vez, mayor receptividad hacia las cosas. Es una tercera figura que promete un destino distinto al hombre cuya existencia está signada por la desgracia: se trata del alegorista quien supera la instancia de devoción hacia los objetos al reconocer que ellos no pueden irradiar un significado. La alegoría interpreta el abismo entre lo material y el sentido con el fin de reencontrar las huellas del lenguaje originario desvirtuado por el lenguaje comunicativo; ella renace una y otra vez a partir de la fuga de un sentido último. El intelectual ejerce la crítica a través de la alegoría y es quien tiene la oportunidad de realizar un salvataje. He aquí el punto que interesa a las consideraciones anteriores. Si bien una visión privilegiada de lo real a través de la atención a fragmentos y detalles circunscribe lo legible, hay comentadores que entienden que dicha redención nunca llega a realizarse a falta de una praxis política. La melancolía resulta nuevamente asociada a la infinitud. Otros ven al melancólico benjaminiano entre ilusión y crítica, entre sueño y despertar; zonas, todas ellas, que ofrecerían la promesa de redención. (Sigo aquí a S. Woollands en “La tarea del intelectual y la melancolía”)
A diferencia de los melancólicos que lo precedieron, el de Benjamin baja la mirada del cosmos donde se encuentra Saturno y la dirige a las bibliotecas; profundiza así en los objetos y se descentra como sujeto. El triunfo del objeto no es luctuoso como en Freud.
Letras antimelancólicas
De regreso a la biblioteca, ya no la de Babel sino aquella que contiene “Libros de arena”. En estos libros la referencia a la melancolía es explícita. Los poseedores de dichos libros “exhalan melancolía”; se trata de libros que no tienen, al igual que la arena, ni principio ni fin y cuyas imágenes se borran al instante. Ellos son monstruosos y es imposible deshacerse de ellos ya que cualquier procedimiento podría acrecentar su infinitud. El protagonista es dueño y, al mismo tiempo, presa del libro. La laberíntica biblioteca de Babel ofrece una solución a los infelices lectores; si se recorren los volúmenes en distintas direcciones es posible reconocer un desorden que funciona finalmente como una especie de orden. Este ordenado desorden alegra al autor del cuento. Atravesar lo escrito puntualizando determinada combinatoria de letras acota lo infinito y posibilita la lectura. Borges afirma que hay libros que no pueden ser leídos, no por tedio sino por su carácter interminable. “Las mil y una noches” es un ejemplo de ello; cada cuento guarda en su final suspendido el inicio de otro cuento al modo de las muñecas rusas. “Decir mil noches es decir infinitas noches, las muchas noches, las innumerables noches”. Decir “mil y una noches” es agregar una al infinito, afirma luego en la conferencia sobre ese libro, obra de miles de autores que desconocen el fin persiguen en sus relatos. Deshacerse del libro de arena escondiéndolo atrás de “Las mil y una noches” no ofrece salida alguna para el dueño del pesadillesco libro.
Sabemos por Freud y Lacan las dificultades para puntualizar los finales del relato analítico. Lacan considera que se trata de un duelo acompañado de afectos maníaco depresivos luego de haber explorado los confines del saber y atravesado la sombra melancólica que acompaña dichos confines. “El Atolondradicho”, que inscribe en su título el equívoco de la letra para subrayar el significante, puntualiza la interpretación como lectura y culmina con una referencia a la risa de Demócrito. El filósofo también privilegia la letra y con su “joke” ofrece un recurso frente a la infinitud melancólica. No se trata de una risa irónica frente a los ciudadanos como la que tenía Burton con su Demócrito Junior ni de una respuesta al estilo zen frente al vacío que propugnaría no preocuparse por nada. Demócrito hace el “joke” de darle entidad a aquello que forma parte de un espacio vacío y lo hace a través de una palabra por él fabricada (que resulta del corte arbitrario de otras palabras que significan distintas formas de nada); nos entrega con ella un átomo real radical … allí donde hay vacío. Demócrito “ríe” frente a “rien” donde sitúa su invento que podría traducirse extrañamente como “menos que nada”. Podría decirse que sustraer algo al vacío constituye una empresa antimelancólica. Es también una lectura del fuera de sentido aquello que pone un tope al deslizamiento de sentido cuando se trata de la narración analítica.
El laberinto que es para Borges todo libro da lugar, en cambio, a cierta melancolía; la combinatoria de letras remite a sentidos interminables o -lo que es lo mismo- al sin sentido. El materialismo que se desprende de la palabra fabricada por Demócrito y que Lacan designa “moterialismo” (derivándolo de “mot” en francés) se opone a la inmaterialidad del idealismo platónico que da lugar a la infinitud del espacio y el tiempo borgianos. Hay una excepción que Borges dice atreverse a insinuar en el final de “La biblioteca de Babel”: hallar cierta periodicidad en lo infinito de la biblioteca; final del cuento y punto final a la nostalgia por acceder a todo el conocimiento.
Bibliografia
Laurent, E., “Melancolía, cobardía moral, dolor de existir” en Estabilizaciones en las psicosis, Bs. As., Manantial, 1992.
Kristeva, J. Sol negro. Depresión y melancolía, Caracas, Monte Ávila, 1997.
Peillon, F., Melancolía y verdad, Bs. As., Manantial, 2003.
(Fotografía: Juan Rulfo)

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innerlich ist sie kaputt, das steht fest. aber sie sieht noch aus wie immer. auch wenn sie nicht mehr geht.
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