No quiero pasarme la tarde robando sueños ajenos a lo largo de las finitas calzadas que nos separan.
En tal caso, deberás empezar a comprender por qué “el mar” se puede reemplazar por “el cielo”.
Puede que la presión que siento en lo más profundo de mi pecho me esté quitando la vida a una velocidad constante y desconocida. Puede, entonces, que “vacilación” se pueda reemplazar por “suicidio”.
Después de todo, preferiría escribirte una vaga y terrible historia sobre el estrecho de Bering antes que sentarme en este escritorio a tornar rojo el pequeño cuaderno desde el cual escribo, sacándome unas cuantas neuronas para que vuelen en forma de pensamientos inigualables.
Todo porque sé que se embarrará con mi sangre tu almohada esta misma noche si lo hago.
Sé que dejarás mis letras en el olvido en cuanto los pajarillos que anuncian el amanecer se hagan presentes, mas lo último que quiero es verte tergiversar mis miradas, o, que me asegures con confianza que no estoy viendo más allá de tu piel y tus cálidos ojos.