RALENTÍ
Hace unos cuantos inviernos, una añorada mañana soleada decidió imponerse ante la temporada de tormentas tropicales. El vasto cielo parecía estar agradecido: ya comenzaba a parecerle extenuante el glacial invierno que entonces nos obligaba a quedarnos dentro de los incómodos pupitres del colegio contemplando las gotas correr por las ventanas.
Puede que haya sido un miércoles, o un viernes, quizá. Fuera hacia una brisa leve y el firmamento parecía haber sido pintado con el celeste más tenue de la paleta, con bastante delicadeza. El pasillo finalmente había cobrado vida otra vez: las sonrisas decidieron inundar el estrecho lugar de manera inconsciente una vez que los jóvenes lograron sentir el calor de los rayos solares llenar el espacio entre sus ligeros uniformes y sus delgados cuerpos. El espectro de luz que tanto se divertía tratando de encontrar un nuevo hogar repentinamente se acurrucó dentro de aquellos dos ojos color marrón.
Las voces se desvanecieron poco a poco y el mundo pareció haberse tornado a cámara lenta, construyendo una extraña melodía que hasta el momento no he podido recrear.
Me pareció haber sido capaz de observar la manera en que unos cuantos fotones entraron a su retina, atravesando su córnea y su pupila al expandirse su iris. Seguramente ya me había tornado pálida en este momento; estaba convencida de que no pararía jamás.
Fue cuestión de segundos hasta que su mirada se prendiera en llamas.
El ralentí continuó hasta que sus ojos se unieron con los míos. La energía se escapó de mis extremidades, las contracciones en mi corazón se volvieron arrítmicas y logré sentir por primera vez cómo una constelación entera se fundió dentro de mí: miles de estrellas estuvieron quemándome por dentro hasta que perdí la conciencia y me desplomé.
Luceros como aquellos, absorbentes del fulgor solar, aún navegan infinitamente en el mar de mis sueños.










