Mis manos estaban acariciando su cuello, recordando las veces que nos habíamos escapado para solo compartir una caricia, ahora estabamos en la plaza central permitiéndonos un beso que sin pensarlo nos atrapó en medio de frases que pudimos evitar.
Mis labios estaban aceptando una vez más lo que ya había negado dos veces atrás, aunque mis pensamientos me abrumaran por mí formar de actuar, era evidente la situación en la que estaba involucrada sin más.
Recodarnos que para vivir se necesita respirar, nos separamos con nuestros pechos agitados, mi mirada no podía deducir si era deseo o temor lo que sus ojos me querían decir, así que decidimos dejar todo para otra ocasión.
Las semanas pasaron y dejaron atrás ese momento, sumándole llamadas, mensajes de WhatsApp sin contestar, etiquetadas y otros métodos que él quería emplear para que volviéramos hablar.
Decidí que para analizar todo, debía volver a donde dejé que volviera entrar a mi cabeza, la plaza central. Mientras discutía si era necesario verlo para aclarar lo que tenía y darles importancia a los sentimientos o lo que él pensara, sonó mi teléfono.
Me: hablando del rey de Roma... - contesté - Buena tarde.
H: Hola, espero no estés ocupada, quiero hablar.
Me: Tengo algunas cosas entre manos, pero, puedo escuchar mientras.
H: Vale, pero quiero tener una conversación, no una declaración o sencillamente, una participación unilateral.
Me: Tienes el punto, pon el tema sobre la mesa y lo hablamos.
Quedó en silencio por algunos segundos, después retomó la llamada.
H: Te extraño, cada parte de lo que teníamos me hace falta, nuestras rarezas eran necesarias para poder sonreír las veces necesarias para tener una buena salud mental y hasta sobraban, tus caricias inesperadas para solo mirar a los ojos y tratar de adivinar en que estaba pensando, las incontables despedidas que teníamos cuando nos veíamos, los aprendizajes que se unían a nosotros al enlazar nuestras manos, la música que hacíamos parte de nuestra relación...
Guardo silencio otra vez, mientras sollozaba, suponía que estaba llorando.
H: No merezco una tercera oportunidad, no merezco que vuelvas a ser parte de mí y yo de ti, no merezco recibir tu cariño y atención, no merezco nada que venga de ti después de haber dejado todo por un racionamiento estúpido, no merez...
Me: Fue suficiente, entiendo a lo que quieres llegar, volver conmigo y que hagamos como si nada, pero no. Sí, me gusto verte, me gustó que volará mi imaginación creyendo que seguíamos juntos después de tantos años, acariciarte y perderme en besos, sí, me gustó, pero no quiero hacer de eso mi realidad.
Creí que no había parado de llorar porque mientras yo hablaba se escuchaban pequeños sollozos, me rompía el corazón, pero debía ser sincera como él lo fue conmigo, se lo debía, mi sinceridad y no mi compasión de satisfacer algo que ya había tenido su oportunidad de ser.