𝗥𝗘𝗙𝗨𝗚𝗘.
Hay algo que nadie te cuenta sobre tener una hermana pequeña: la invasión de tu espacio personal se convierte en una constante. Especialmente si eres yo y tu hermana es Ruby . No compartimos habitación en la residencia del campus, pero eso no le impide irrumpir en la mía como si fuera su segundo dormitorio. Así que, ahí estaba yo, en mi pequeño refugio, tratando de concentrarme en una novela que no había abierto en semanas, cuando la puerta se abrió de golpe sin un maldito aviso.
—¿Hola, hermanito? ¿Por qué pierdes el tiempo con esa mierda de literatura cuando podrías estar haciendo algo de verdad interesante? —dijo Ruby, entrando como un huracán con una bolsa de patatas y una botella de refresco en la mano.
—Ruby, ¿qué parte de "llama a la puerta" no entiendes? —le respondí, sin apartar la mirada de la página en la que fingía estar concentrado.
—Si estuviera esperando a que me dieras permiso para entrar, nunca llegaría a ningún lado. Ni asomarme. —Su tono era sarcástico, pero tenía esa media sonrisa que solo usa cuando sabe que va a salirse con la suya.
—Si quieres usar mi habitación como tu salón de cotilleos, por lo menos trae palomitas. Esas patatas saben a vómito.
Ruby se dejó caer en mi cama, completamente ignorando mi comentario sobre las palomitas, y me lanzó una mirada evaluadora.
—Tengo un problema y necesito tu ayuda.
Me quedé mirándola, levantando una ceja, medio intrigado y medio resignado, porque cada vez que Ruby decía "necesito tu ayuda", el caos estaba a la vuelta de la esquina.
—Dime que es algo sencillo como cambiar la rueda de tu bici, porque si va a empezar por "te haces pasar por mi novio", te recuerdo que todo el campus sabe que somos hermanos.
Ella puso los ojos en blanco, exageradamente, y me lanzó una almohada a la cara.
— ¡Puag! Jamás se me ocurriría, y no tiene nada que ver con eso. Me encontré con Zac el otro día en el campus, y ahora no se quiere despegar de mí.
Ahí estaba el tema, claro. Zac, el eterno enamorado de Ruby, al que no le entraba en la cabeza que ella no estaba interesada. Me recosté en la silla y la miré con esa expresión que solo se reserva para las situaciones sin remedio.
—Ruby… es que si le hablas con tanta esperanza como a los exámenes finales, es normal que pierda la cabeza y se enamore de ti.
Ella me lanzó una mirada fulminante, pero había una chispa de diversión en sus ojos. A veces, las peleas con Ruby eran más sobre el juego que sobre ganar o perder.
—Que te den, Carter. No le hablo con esperanzas… Sabes que huyo de las personas. Me pongo muy nerviosa.
Tenía razón, la de veces que he visto su cara colorada como un tomate y balbuceando como si tuviera dos años, no daba crédito. Pero eso no se lo digo. Soy demasiado joven para morir.
Ruby se levantó de mi cama con un bufido exagerado, pero no salió de la habitación. Claro, Ruby nunca se iba cuando yo se lo pedía. Caminó por la habitación observando las cosas en mi escritorio como si estuviera evaluando su valor, hasta que se detuvo frente a una de mis fotos de surf.
—¿Sabes? —dijo, levantando la foto con una sonrisa burlona—. Nunca entendí por qué te obsesionas tanto con esto. O sea, ¿cuántas veces has tenido que arreglar esa tabla porque la rompías contras las rocas?
Le quité la foto de las manos con un suspiro resignado. Lo peor es que tenía razón. Desde que llegué a Oxford, apenas había tenido tiempo para surfear, supliéndolo con el rugby. Pero esa tabla era un pedazo de mi vida que me negaba a dejar atrás.
—Más veces de las que puedo contar. Pero caerse no es malo, fíjate ahora, no hay quien me pare surfeando. Además, tú cambias de intereses más rápido que de bragas. —dije, dándole un pequeño empujón en el hombro, algo que ella ignoró por completo.
Ruby cruzó los brazos y me lanzó una mirada de esas que solo una hermana menor sabe dar, esa mezcla de odio y repulsión que me hacía pensar en el día y la hora exacta de mi muerte.
—Bueno, al menos yo no uso una tabla o el rugby como una excusa para escapar de los problemas. Porque eso es lo que haces, ¿no? Cada vez que sientes que alguien se acerca, te refugias en esas olas imaginarias o en el deporte extremo, en lugar de enfrentarlo como un adulto.
Su comentario me pilló por sorpresa. Ruby siempre ha sido buena para lanzar dardos envenenados disfrazados de “consejos”, pero esta vez dio en el clavo. Antes de que pudiera responder, ella continuó.
—Mira, Carter, sé que me encanta molestarte, pero lo digo en serio. Oxford no es la playa ni un lugar para huir de papá, y si sigues pensando que puedes esconderte detrás de tu obsesión por el deporte, nunca vas a encontrar tu lugar en el mundo. —dijo, su tono más serio de lo habitual.
Me quedé en silencio por un momento, asimilando sus palabras. Era raro ver a Ruby tan seria, pero cuando eso pasaba, sabía que realmente se preocupaba por mí, aunque jamás lo admitiría en voz alta.
—Vaya, eso fue... impropio de ti. ¿Qué te pasó, Ruby? ¿Te has tragado un libro de autoayuda o algo así? —intenté bromear para ignorar la bofetada de realidad que me acababa de soltar gratis sin pedir cita previa. Ahora le estaría dando vueltas todo el día, y la necesidad de hacer ejercicio de nuevo se reflejó en el tic de mi pierna inquieta.
Ruby soltó una risa sarcástica y me empujó suavemente hacia el escritorio.
—Sí, claro. Lo que pasa es que me preocupa que termines siendo el tipo de hermano mayor que se queda estancado o consumido por las expectativas de papá, mientras yo sigo conquistando el mundo. —Se giró hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo y me miró una vez más—. Y por cierto, para la próxima vez que entre sin llamar, igual podrías estar haciendo algo menos aburrido que leer.
Antes de que pudiera responder, salió de la habitación cerrando la puerta de golpe, pero sin la misma furia de antes. Sabía que, detrás de esas palabras y ese sarcasmo, Ruby me estaba intentando ayudar a ser mejor, o eso quería pensar.
Me quedé mirando la puerta cerrada por un momento. Posiblemente me hubiera quedado en shock aunque mi pulso parecía estar estable. Así era nuestra relación: un amor-odio constante, peleas absurdas y, de vez en cuando, un par de verdades incómodas lanzadas como misiles. Pero al final del día, sabía que Ruby siempre estaría ahí para recordarme quién soy, incluso cuando yo mismo me acabo olvidando.












