El Principe del Lago (cuento)
Las aves cantoras llevaban una dulce sinfonía por todo el reino, y las campanas resonaban a su mismo compás, era el hermoso día en el que la corona pasaría a un nuevo dueño, el día en que su adultez había llegado y ahora el príncipe se convertiría en rey. Al joven lo rodeaban sus sirvientes esmerados por limpiarlo y pulirlo como si fuese porcelana, escogiéndole la ropa, lavando su cuerpo siempre cuidando a donde no llegar, y leyéndole las cartas de felicitaciones y solemne lealtad que los duques y duquesas le habían enviado, tantas que se podía llenar un saco.
El Príncipe no quiso seguir escuchando palabra alguna, se apretaba las manos, no sabía si estaba ansioso por ese día o porque tuvo otra de las particulares pesadillas en la que era atacado por monstruos blancos, ordenó guardar el saco de cartas en el fondo de su armario, donde detrás de las lujosas prendas también habían vestidos y sabanas manchadas de rojo ya olvidadas tiempo atrás. Cuando los sirvientes terminaron de pulir al Príncipe como una obra de arte, este permaneció quieto analizando un detalle, le decían que era hermoso cual joya pura, pero nada de lo que le dijeran logró ahuyentar a la serpiente imaginaria enrollada en su garganta, que siempre al mirarse en un espejo le repetía la burla habitual: “Eres todo un hombre”.
Cuando estuvo listo su madre lo escoltó rumbo a donde sería la ceremonia, las Aguas del Saber. Le iba explicando a detalle que pasos debía seguir, a quienes debía saludar, a donde debía mirar y que cara poner, y él escuchó con atención como un soldado entrenado para ese día. Afuera del castillo la gente le celebraba y estiraron sus manos hacia él, vio a una madre abrazada a su niño que lo saludaba con ternura, el príncipe recordó a la nana que lo cuidó, y la que tuvo antes de esa, y la que tuvo antes de aquella, y la primera de la cual solo conoció por alguna mención casual, estaba seguro de que alguna de esas le abrazó de tal manera, como su madre la Reina nunca pudo hacer, pues el amor de esta estaba dedicado a su tiara, la máscara de oro y diamantes sobre su cabeza que no dejaba ver a nadie como era en realidad.
El momento llegó y los ángeles bajaron para bendecir al nuevo jefe de aquella nación. El Príncipe actuó correctamente ante la mirada de todos pese al miedo que sentía, se quitó las botas y se paró en la punta del lago mientras los ángeles cantaban melodías celestiales. Aquel estanque estaba lleno de sangre, la de su padre, la de su abuelo, la de su bisabuelo y más reyes del pasado, un día su propia sangre también estaría ahí, la sola idea lo hizo sudar. No le gustaba el rojo, lo odiaba y aun así debía sumergirse para que sus ancestros lo bendigan porque así eran las cosas, cuando saliera del otro lado se haría con la espada de la familia y eso sería todo, el reino tendría un nuevo rey tras años a la muerte del ultimo; su padre.
Su estómago se contrajo y sintió frío, algo que siempre pasaba cuando pensaba en él, agitó la cabeza, respiró profundo y saludó a la gente de su reino que con punzantes ojos vigilaban cada paso. Y sin mirar a nadie más que al rojo profundo, caminó hasta que el lago se lo tragó.
Ahí dentro vio el pasado a través de los ojos de viejos reyes, desde los inicios observó como mantuvieron la paz y la prosperidad, pero lejos de la mirada urgente del reino supo la verdad de los horribles engranajes que giraban para que esa paz continuara; esclavos oprimidos, sangre derramada y vidas a cambio de oro. El reino perfecto y de honor por el cuál criaron al Príncipe para gobernar no era más que un vil engaño... ¿Ahora qué sentido tendría reinar? ¿Qué sentido tenía su vida? Eran preguntas que le rondaban a medida que a la desesperación sucumbía. Entonces llegó a los recuerdos de su padre, las cosas buenas que hizo y las malas también, y entre esas estaban los recuerdos sobre él.
Y no había más que odio a través de sus ojos, lo aborreció desde el momento en que nació, mirándolo desde pequeño no como un hijo sino como enemigo, su reemplazo. Llegó a esa fatídica noche en la que el rey salió de embriagarse en su salón privado, anduvo por el castillo hasta asomarse a la puerta entreabierta de la alcoba del príncipe, quien pequeño a sus quince años se encontraba probandose un vestido, saciando su curiosidad por la ropa que usaría si no hubiera nacido con el cuerpo equivocado. El Rey se aprovechó de aquello para irrumpir en su cuarto dispuesto a castigarlo, tiró al Príncipe y lo golpeó hasta que esté forcejeó para escaparse, pero el hombre lo sometió contra las sabanas en el suelo confesándole que él también prefería que hubiera nacido como niña, tomó la navaja oculta en su vestimenta y atacó al muchacho que aterrado lo veía como un demonio, el cual no retrocedió ante el llanto y sin piedad le cortó los genitales, se marchó de ahí triunfante. Mientras la nana llegaba corriendo a auxiliar al Príncipe envuelto en sabanas manchadas de sangre.
Lo último que el Rey hizo fue burlarse; “Ya no habrá otro hombre que gobierne”, y de una horca fue colgado en privado, órdenes de la Reina. Quién como la nueva cabeza, recibió los reclamos de los duques y duquesas por las riquezas y los negocios que el difunto rey les debía, y para que no dejaran el reino desamparado, la Reina les ofreció a su hijo, asegurando aquello como un placer que no cualquiera tendría. Desde entonces dejó libre el paso de los duques a los aposentos del príncipe, donde por las noches lo sometían bajo la embriagues de extraños liquidos para hacer con él lo que quisieran, era esa la verdad tras años de pesadillas en las que el Príncipe despertaba sin recuerdos y al desoriento en su alcoba, únicamente acompañado por dolor y la inexplicable miseria.
Los recuerdos terminaron, de regreso al presente el Príncipe emergió del lago con cientos de voces celebrándole alrededor, pero ante sus ojos ya no estaba la máscara de aquel hermoso pueblo que vio antes, ahora veía la jauría de monstruos y demonios que fueron siempre, no había ángeles cantando sino demonios carcajeándose. Le ofrecieron la espada y él la tomó con los labios temblando, hubiera gritado, hubiera llorado, pero ni siquiera podía pensar bien, su cordura estaba rota. Escuchó a la reina llamándole con la corona en mano, y lo que él vio fue un monstruo sonriente con máscara dorada y otra para él en sus garras. El Príncipe se dió la vuelta y poco a poco volvió a sumergirse mientras le hablaba al lago; "Disculpame porque moriras de hambre, nadie vendra despues de mi, ahora tus aguas seran mi reino".
De vuelta en el silencio y la oscuridad, sujetó la espada y se atravesó la garganta, rezó por despertar como un ave cantora, o cualquier cosa que fuera bella, pero sobretodo, real. La sangre del último eslabón se unió con la de su linaje, y afuera los demonios alrededor esperaron con hambre, mirando allí, donde el príncipe del lago ya nunca salió.
Fin.














