Y entonces, para mi caÃda final e irrevocable, se presentó el espÃritu de la perversidad. La filosofÃa no tiene en cuenta a este espÃritu; y, sin embargo, tan seguro de que mi alma existe como que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no sé ha sorprendido a sà mismo cien veces en momentos en que cometÃa una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debÃa cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la ley por el solo hecho de serlo? Este espÃritu de perversidad de se presentó, como he dicho, en mi ruina completa. Y el insondable anhelo que tenÃa mi alma de atormentarse a sà misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me invito a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que habÃa inflingido a la inocente bestia.