«Tal poder maravilló al principito. ¡De haberlo detentado él, habría podido asistir no a cuarenta y cuatro puestas de sol, sino a setenta y dos, o incluso a cien, o incluso a doscientas el mismo día, sin tener que correr jamás su silla! Y como se sentía un poco triste al recordar su pequeño planeta abandonado, se atrevió a pedir una gracia al rey:
—Quisiera ver una puesta de sol... Dadme ese gusto... Ordenad al sol que se ponga...
—Si ordenara a un general que volara de flor en flor como una mariposa, o que escribiera una tragedia, o que se transformara en ave acuática, y el general no ejecutara la orden recibida, ¿quién de los dos estaría equivocado?
—Vos —dijo con firmeza el principito.
—Exacto. Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede dar —prosiguió el rey—. La autoridad se apoya ante todo en la razón. Si ordenas a tu pueblo que vaya a tirarse al mar, hará la revolución. Tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.
—¿Y mi puesta de sol? —le recordó el principito, que jamás olvidaba una pregunta una vez que la había formulado.
—Tendrás tu puesta de sol. Lo exigiré. Pero, según mi ciencia de gobernante, esperaré a que las condiciones sean favorables.
—¿Y para cuándo será eso? —se informó el principito.
—¡Hem! ¡Hem! —le respondió el rey, consultando primero un grueso calendario—. —Hem! ¡Hem! Será hacia... hacia... será esta tarde hacia las siete cuarenta. Y verás cómo me obedecen.»
Antoine de Saint-Exupery: El principito. Enrique Sainz Editores, págs. 59-60. Mexico, 1994.
TGO
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