Cuando digo que tengo la conciencia tranquila, no me refiero a que no hice nada
Me refiero a que no me arrepiento de nada.
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Cuando digo que tengo la conciencia tranquila, no me refiero a que no hice nada
Me refiero a que no me arrepiento de nada.

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Sabio consejo...
“Me veo obligado a esconder tu nombre de Dios, porque si se entera de que eres mi pecado preferido, no habría manera de que tú, mi amor, puedas regresar al cielo.”
Tadeo de León
TEÓLOGO: Entonces pretendes que los pecados ocurran no porque Dios lo quiere, sino porque Dios es.
FILÓSOFO: Lo has captado perfectamente. Es decir: Dios, aun siendo la razón de los pecados, no es sin embargo el autor de ellos y, si me estuviera permitido hablar de forma escolástica, diría que la causa física última de los pecados, así como la de todas las criaturas, está en Dios, y la causa moral en el pecador. Esto es, en mi opinión, lo que pensaban los que dijeron que la sustancia del acto existía por Dios, pero no la malignidad del mismo; aun cuando no pudieran explicar cómo la malignidad no era resultado del acto. Ellos hubieran dicho con mayor corrección: Dios proporciona todas las condiciones del pecado, salvo la voluntad y, por consiguiente, no peca. Pienso, pues, que los pecados son imputables no a la voluntad sino al entendimiento divino, o, lo que bien a ser lo mismo, a las famosas ideas eternas, es decir, a la naturaleza de las cosas, para que nadie vaya a imaginar que hay dos principios de las cosas, unos dioses mellizos enemigos, uno principio del bien y otro principio del mal.
TEÓLOGO: Esto que me dices es sorprendente.
Leibniz: La profesión de fe del filósofo. Aguilar, págs. 47-48. Madrid / Buenos Aires / México, 1966.
TGO
@bocadosdefilosofia
@dias-de-la-ira-1
★✿ 𝐉𝐄𝐅𝐅 𝐑𝐎𝐁𝐄𝐑𝐓 𝐁𝐑𝐎𝐖𝐍 ✿★
𝐀𝐫𝐭 𝐨𝐥𝐝!!
Dibujo muy antiguo de Gaspy y yo lo rediseñe jejej
@grip-ghoul-cartoons dibujo feo lo sé pero bueno 😔

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Perdoa os pecados que te confessei, Perdoa os pecados secretos que não enxerguei; Ó guia-me, ama-me, e sê meu protetor, Querido, amado Senhor. Amém.
C. Maude Battersby citada por Sara Leone em A coroa do seu marido
El Bosco - Los siete pecados capitales y las cuatro postrimerías (1505)
"Llama la atención particular de ser un lienzo plasmado sobre una mesa, con una función específica de rotar y moverse alrededor de ella, o que el cuadro gire como un mecanismo óptico circular, cambiando la perspectiva y la postura cinemática del espectador. El motivo es una didáctica medieval sobre la escolástica y la teología cristiana, en la apercepción de los siete pecados capitales (ira, gula, lujuria, envidia, pereza, soberbia, avaricia), acompañada de cuatro postrimerías (muerte, juicio final, infierno y cielo) en los puntos cardinales del lienzo. Este ejercicio, al parecer de cumplir una instrucción mnemotécnica para aplicarla a monaguillos, jueces, feligreses, hacen entrever el camino de la virtud que debe tomar el creyente, precedido por ese ojo central y amarillento que nos observa en el centro de la mesa, entre alegorías retinianas impregnadas que inspeccionan el alma, y juzgan en ese mismo instante, el acto pecaminoso de nuestras vidas, situando al Redentor en la posición central, como el ojo divino que todo lo ve, un tipo de occulus simétrico y mayestático; y bajo esa reducción fisiológica de la visión, el cuadro se asemeja a un ojo omnividente, omnipotente y clarificador, soberano y marcadamente pupilar, enmarcado por un halo divino y de color yema, situado en todas partes y en cualquier hábito mundano de nuestras vidas, así uno se distancie del cuadro o rote sobre este lienzo cuadrangular, y la mirada inquisidora de Dios estará en todas partes y hurgará sobre cada intimidad del ser. Al hacer ejercicio de la virtud en el camino elegido, el Ars moriendi superior izquierdo, eternizado en un prototipo de la muerte que acecha en el lecho del moribundo, inicia otro periplo metafísico sobre la validez o no de la vida, culminando en la impiedad del infierno o en el placebo espiritual y la acedia nihilista de no poder hacer nada en el paraíso. El circulo tiende a abstraer, a disolver el espacio para acercarse hacia nosotros y eliminar así las fronteras espaciales entre el cuadro y la ubicuidad del vidente, además de causar una sensación de infinitud, comunicación dialéctica y una circularidad de la existencia con base a las volutas sensoriales de la humanidad, y en esa función, pericia o truco visual, Jesús nos observa y es mirado a la vez. El Bosco juega con la asimilación, el paralelismo y la plasmación de un espejismo ocular, y convierte al ojo en una tecnología iconoclasta sobre la función específica de mirar, en una máquina impúdica de observar todo nuestro entorno, impregnando la macula, el error, el eterno desacierto humano en cada imagen que puede ser recordada por el ente hasta llegar a la supuesta mención del Juicio Final. Esta doble función, conocida como escopofilia —mirar y ser observado en ese regocijo de un placer o patología sensorial—, se suma también la ilusión óptica de lo estroboscópico, de acuerdo a la incidencia de la luz sobre un objeto determinado en movimiento, configurando su proporción de acuerdo a una intermitencia incidental, así como de la anamorfosis, una ilusión que acusa perplejidad, eclecticismo y confusión de acuerdo a la distancia y el punto en el que se encuentra el observador atento de estas figuras, anticipando en siglos al rotoscopio, kinetoscopio, zoótropo, taumatropo, praxinoscopio, y otros diversos mecanismos visuales que dieron origen al cinematógrafo moderno."