TEÓLOGO: Entonces pretendes que los pecados ocurran no porque Dios lo quiere, sino porque Dios es.
FILÓSOFO: Lo has captado perfectamente. Es decir: Dios, aun siendo la razón de los pecados, no es sin embargo el autor de ellos y, si me estuviera permitido hablar de forma escolástica, dirÃa que la causa fÃsica última de los pecados, asà como la de todas las criaturas, está en Dios, y la causa moral en el pecador. Esto es, en mi opinión, lo que pensaban los que dijeron que la sustancia del acto existÃa por Dios, pero no la malignidad del mismo; aun cuando no pudieran explicar cómo la malignidad no era resultado del acto. Ellos hubieran dicho con mayor corrección: Dios proporciona todas las condiciones del pecado, salvo la voluntad y, por consiguiente, no peca. Pienso, pues, que los pecados son imputables no a la voluntad sino al entendimiento divino, o, lo que bien a ser lo mismo, a las famosas ideas eternas, es decir, a la naturaleza de las cosas, para que nadie vaya a imaginar que hay dos principios de las cosas, unos dioses mellizos enemigos, uno principio del bien y otro principio del mal.
TEÓLOGO: Esto que me dices es sorprendente.
Leibniz: La profesión de fe del filósofo. Aguilar, págs. 47-48. Madrid / Buenos Aires / México, 1966.
TGO
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