Esta semana ha elegido el número Mario, que escogió el 27.
27. Escribe una escena de lucha y/o mucha acción.
Espero que os guste
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-Procedemos a la subasta del siguiente lote, compuesto por un ídolo tallado en madera de roble y un cofre, del mismo material, que lo contiene. Ambas piezas están datadas en torno al año 500 a.C. y cuentan con grabados y simbología celtíbera. Dichos grabados no se han logrado interpretar, así como tampoco se ha podido confirmar la causa por la que la madera, a pesar de no estar tintada ni pintada, cuenta con tan marcadas diferencias tonales. Estas características dotan a la pieza de una exclusividad que la vuelve única en el mundo. Contando con los certificados de garantía de autenticidad que le corresponden, comienza la puja en 10.000€
Varios de los presentes se revolvieron inquietos en sus asientos. Algunos por la cifra, otros por la emoción que les causaba imaginarse poseedores de aquella pieza exclusiva.
Carlos Alcázar tomó los pequeños prismáticos de mano que llevaba en el bolsillo y enfocó la pieza. Nadie le miró extrañado o sorprendido; en aquella casa de subastas estaba prohibidísimo acercarse a los lotes, y muchos de los pujantes observaban los detalles de los mismos desde sus asientos mediante aquel procedimiento.
Examinó la pieza con toda la minuciosidad que le fue posible. Consistía en una figura antropomorfa, de rasgos faciales enormes y desproporcionados.
Efectivamente, como habían indicado en su descripción, se apreciaban marcas oscuras a lo largo de la figura cubierta de pieles, como nebulosas producidas por agua. Parecían un montón de nubes arremolinándose antes de estallar en una tormenta. Descubrió por la parte inferior, un conjunto de tallados similares a serpientes y lagartos, pero muy pequeños en comparación con él, como si se tratase de un gigante. Frunció los labios mientras retiraba los prismáticos. Había visto suficiente.
Examinó a los presentes analizando sus conductas. La mayoría de los pujantes había desistido cuando la cifra había alcanzado los 18.000€, quedando el duelo reducido a tres contendientes que fueron subiendo las pujas hasta alcanzar los 30.000€.
Cambió varias veces de postura intentando averiguar cuál sería su siguiente paso. Su investigación le había conducido hasta lo que, sin duda alguna, era otro artefacto sobrenatural, pero ¿Qué haría? ¿Pujar una cifra astronómica de dinero que no tenía? ¿Tomarla por la fuerza y echar a correr como un poseso?
Extrajo el teléfono y miró la hora, aunque tampoco le interesaba saberla. Solo se movía como un autómata mientras su cerebro bullía intentando trazar un plan. Fue al bloquear el sistema y contemplarse en el reflejo de la pantalla negra cuando vio una pequeña posibilidad… Al otro lado del cristal, un hombre anciano, con el rostro cubierto por una poblada y canosa barba, de ojos claros y dientes relucientes le devolvía la mirada. Un hombre totalmente diferente a él…
“…alguien que no soy yo y sí podría tomarlo por la fuerza y echar a correr como un poseso.”
Se puso en pie apoyándose en el lujoso bastón coronado por una cabeza de águila plateada, y caminó fingiendo un ligero temblor acercándose al receptor de pujas más cercano.
- Señor, no puede ir hacia el frente en medio de la puja – le susurró acercándose a él.
- Lo siento, joven. Necesito un servicio y ando un poco desorientado… -rió
- Vaya por el fondo de la sala. Cualquiera de los miembros de seguridad estará encantado de condu… ¡eh!
Antes de que los presentes pudiesen darse cuenta de lo que estaba sucediendo, había tomado al receptor de pujas por el brazo y le mantenía inmovilizado mientras tiraba de él hacia el subastador y la pieza.
- Lamento aguarles la velada, damas y caballeros. -anunció vigilando a los guardias de seguridad que desenfundaban sus armas mientas comenzaban a rodearle- Pero esta joya quedaría muy bien en mi despacho y me parece que… ¿por cuánto íba? ¿32.500? ¡Vaya…! ¡Me parece una cifra desorbitada!
- ¡Suelte al rehén y no le haremos daño! -gritó uno de los guardias
- Dejadme tranquilo y no le haré daño a él ni a nadie. -respondió tomando la pieza con la mano libre.
Nada más tomar el ídolo, las puertas y ventanas se cerraron al tiempo que una sirena estridente empezó a sonar en todo el edificio.
-Hay una barrera de infrarrojos que rodea todos los lotes. -Informó el subastador con suficiencia- Si alguien la cruza, la sala queda sellada y se avisa inmediatamente a la policía.
Aterrado, comprobó que estaba encerrado y sin escapatoria con unas 20 personas, seis de ellas armadas y apuntándole. ¿Qué podía hacer? ¡Había ido desarmado haciéndose pasar por un abuelete entrañable cubierto de dinero!
Resignado, soltó al rehén dispuesto a entregarse, pero este se zafó rápidamente con un movimiento brusco que provocó que uno de los guardias abriese fuego. La bala impactó contra la pared, pero había pasado muy cerca de él.
Furioso por haber estado a punto de recibir un disparo, saltó hacia un lado y alcanzó al guardia con el cabezal del bastón. Aprovechando el aturdimiento por el golpe, retiró el bastón para hacerle un barrido en los pies y tirarle al suelo.
Acto seguido, se mezcló entre la gente para evitar que volviesen a disparar. No se atreverían a hacerlo si existía el riesgo de herir a algún civil.
Los guardias se acercaron prestos a él dispuestos a detenerle, cuando se percató de que el ídolo vibraba en su mano. Pero no era una vibración como la que podría hacer cualquier motor; era más parecido a un rumor que nacía de su interior. Un rumor intermitente, cuya intensidad variaba, casi como un latido que se volvía cada vez más fuerte. No sabía cómo ni qué, pero había despertado algo.
Observó que por la mitad de la talla se vislumbraban pequeños destellos similares a chispas o flashes. Deseando con todas sus fuerzas no equivocarse, tomó el ídolo con ambas manos y tiró.
Un fuerte estruendo inundó la sala arrojando todo y a todos por los aires y contra las paredes. Carlos se vio arrastrado por una fuerza indomable que salía del ídolo mientras luchaba por aferrarse a él, al tiempo que contemplaba horrorizado como una tormenta manaba de la pieza que sostenía.
La sala se volvió completamente negra, iluminándose esporádicamente por letales rayos que cruzaban de un lado a otro retumbando las paredes y coreando una carcajada de pura felicidad que provenía de ninguna parte.
Un crujido diferente al producido por los rayos le indicó que se había derrumbado algún muro. Efectivamente, segundos después pudo ver cómo las nubes de tormenta se disipaban saliendo por un enorme agujero producido en la fachada que daba al exterior, extendiéndose por el cielo y sumiendo a la ciudad en una fuerte tormenta de granizo que arreciaba cada vez con más fuerza.
Aprovechando la confusión, se puso en pie y corrió hacia la brecha abierta en la pared en busca de una salida, pero uno de los guardias le placó tirándole contra el suelo. Forcejearon rodando entre los escombros hasta que Carlos logró situarse encima de él. Lucharon intentando hacerse con el control de la pistola que sostenía el guardia. Disparó un par de veces al aire, pero terminó soltándola cuando recibió un par de golpes en la mano con una de las piedras desprendidas.Aprovechando que había bajado la guardia por el dolor, Carlos le golpeó en la cabeza dejándole aturdido.
Rápidamente se asomó por el hueco abierto en la pared. Era imposible saltar y llegar a la calle sin matarse. En el mejor de los casos, solo se rompería algunos huesos, pero seguía siendo una vía inútil.
Miró hacia arriba y vio una serie de gárgolas dispuestas a lo largo del canalón que bordeaba el tejado. Con suerte podría encaramarse a una de ellas y ascender en busca de alguna otra salida, pero para ello tendría que desplazarse un par de metros por la cornisa, pues desde el agujero era imposible llegar.
Tomó el ídolo de madera, ahora de un color uniforme, y lo guardó en el bolsillo interior del abrigo. Antes de salir, robó el arma del hombre al que acababa de dejar fuera de combate.
Regresó a la cornisa, tomó aire y salió a la fachada evitando mirar hacia abajo. Se desplazó lentamente, arrastrando los pies y con la espalda lo más pegada posible a la pared. Cada pocos segundos tenía que detenerse para no ser arrastrado al vacío por las embestidas de la tormenta.
Escuchó una voz que le gritaba, pero apenas podía oírla entre los truenos y los impactos del agua y el granizo. Haciendo caso omiso, logró situarse bajo la gárgola que le parecía más accesible y se colocó dispuesto a alzar los brazos para asirse a ella.
Un estallido le indicó que le estaban disparando, pero no vio el lugar en el que impactó el proyectil ni sintió dolor. Confió en que la tormenta le salvara de los disparos y, tomando aire de nuevo, se encaramó a la figura de piedra y trepó por ella hasta el tejado.
Se dejó caer sobre las tejas, respirando con fatiga y pánico. Sentía un gran vacío en su interior que se mezclaba con un fuerte temblor producto del frío y la adrenalina.
Desplazándose a gatas por el amplio tejado, localizó la trampilla de salida que le llevaría de nuevo hasta el interior del edificio. Sabía que sería muy difícil salir, pero era bastante más seguro que saltar al vacío o a los tejados colindantes.
Sus sospechas se confirmaron antes de llegar, pues la trampilla se abrió apareciendo por ella varios hombres armados que no tardaron en dar con él, empapado, en medio del tejado.
Alzó las manos en señal de rendición y aguardó que fuesen a detenerle. Cuando tuvo al primer guardia a mano, tiró de él cogiéndole por la muñeca y desarmándole. Su compañero disparó impactándole en el hombro.
El guardia herido aulló de dolor cayendo al suelo y arrastrando a Carlos con él. Éste, manteniendo el equilibrio, apuntó con el arma que acababa de conseguir y disparó antes de recibir otro tiro en contra.
- ¡Segunda vez que disparas antes de tiempo! -exclamó para hacerse oír sobre la tormenta- ¡Odio a los que sois de gatillo fácil!
Acto seguido, se tumbó sobre las tejas para dejar de ser un blanco fácil. Alejándose del guardia herido, intentó averiguar qué había sido del hombre al que acababa de disparar, pero desde su posición no era posible asomarse mucho sin recibir una lluvia de balas.
Decidió permanecer quieto, a la espera de cualquier señal que pudiesen dar sus rivales, y ésta no se hizo esperar mucho. No supo si por inexperiencia o una mala preparación, los hombres salieron de su refugio intentando rodearle, y pocos minutos después los había abatido. No percibió ninguna señal de que hubiese alguno más.
Poco a poco se incorporó esperando escuchar el sonido de un disparo, pero llegó a ponerse en pie sin recibir ningún tipo de ataque. Ignorando el estado de los hombres con los que acababa de enfrentarse, se deslizó por la trampilla para llegar a unas escaleras de emergencia.
Pudo escuchar trajín por los pisos inferiores, viendo personal sanitario cuando se asomó por el hueco. Parecía que estaban evacuando a la gente. No le pasó desapercibida la presencia de varios policías que registraban la zona, seguramente buscándole a él.
Definitivamente no podría salir por la puerta principal. Muy a su pesar, regresó al tejado siendo recibido de nuevo por la tormenta que le agitó cuando terminó de salir. Apretando los dientes, tomó impulso y saltó al tejado más cercano, sobre el cuál cayó rodando y dolorido. Cojeó un poco al caminar, pero se alegró al comprobar que no tenía nada roto.
Aceleró el ritmo al ver cómo varios policías subían al tejado de la casa de subastas. Oculto tras una chimenea, observó cómo examinaban los cuerpos caídos y miraban por los alrededores. Le alegró comprobar que, al menos dos, parecían seguir con vida.
Aguardó escondido a que regresaran al interior, cuando un relámpago especialmente luminoso delató su posición, recortándole en el tejado como una fantasmagórica figura que acechaba desde la oscuridad. No pudo entender sus voces, pero supo que gritaban su posición y le daban el alto.
Magullado por el salto, corrió de nuevo hasta el tejado más cercano hasta llegar al final de la calle, donde la calzada se abría en una amplia avenida que le impedía continuar su camino.
Se giró dispuesto a regresar, pero contempló cómo varios policías acudían hacia él siguiendo su mismo camino. Abajo, en la calle, vio los rotativos azules de los coches que comenzaban a rodear la zona. Estaba atrapado.
Fue entonces cuando una fuerte corriente de aire le lanzó hacia arriba haciéndole desaparecer entre las nubles.
Durante unos momentos todo fue caos, agitación y confusión. Después, aterrizó sobre lo que creyó que era hierba y rodó un par de metros. Se levantó agitado y desorientado, buscando una explicación a lo que acababa de suceder. Y, entonces, lo vio:
Una enorme figura, cuyo cuerpo estaba compuesto por cortinas de lluvia, nieve y granizo que se agitaban sin parar a velocidades frenéticas, permanecía ante él con una rodilla clavada en el suelo. Cubría su cuerpo con lo que creyó que eran pieles, hasta que distinguió gruesas nubes negras que se arremolinaban lentamente recorridas por rayos y relámpagos que iban de un lado a otro.
-Ya veo… -murmuró con un hilo de voz al contemplar al ser- Así que… un nubeiro, ¿no? -la criatura asintió con solemnidad- ¿Por… por qué me has ayudado?
El nubeiro juntó los puños y luego los separó cómo si abriese algo por la mitad.
- ¿Porque yo te he liberado? -el gigante volvió a asentir- ¡Vaya! Pues… gracias… y de nada, supongo.
No sabía cómo actuar ante aquella situación, así que dejó que la criatura dirigiese la conversación, si podía llamarse así. Sin embargo, el nubeiro permanecía quieto, arrodillado, contemplándole.
-Hmm. Quieres algo más, ¿verdad? -el gigante asintió- Bueno, pues… dime.