Uno.
Hace ya varias horas que el sol ha caÃdo al oeste de la finca Ayanami. Las pagodas y estructuras que la conforman parecen aislarla del resto de casas casi más que el impresionante muro que la limita. Algunas personas todavÃa caminan entre las callejuelas, todas ellas a paso veloz para ahuyentar el frÃo. El cielo parece súbitamente vacÃo tras el espectáculo de color de los fuegos artificiales, ahora terminado. La mayorÃa duermen ya o se dirigen a ello: el personal de la familia, sus invitados, e incluso sus lÃderes.
En uno de los edificios más alejados de la pagoda principal, seis puntos de luz son visibles sólo para ojos expertos. Ojos que, por suerte, ya están descansando. Pisando descalzos sobre el suelo de madera, sin imitir el más mÃnimo sonido, la rama más joven de la familia Ayanami se reúne en el interior del monumento. Con un suave giro de muñeca y las palabras adecuadas, Akira enciende unas velas que pronto levitan por la habitación: la luz los obliga a mirarse los unos a los otros. Mei y Nana son las únicas que sonrÃen.
—¿Qué se supone que hacemos aquÃ? —Takumi rompe el silencio, incómodo. Lamenta no haberse ido a la cama y ya está. No son sólo sus primos los que lo observan: todo ese edificio está dedicado a los muertos de la familia. Siente la presencia de sus antepasados, sus miradas decepcionadas clavándose en su nuca. —Me encanta este lugar, ¿no es genial? —la sonrisa de Nana se ensancha; la luz de las velas tras ella no son necesarias para darle un toque perturbador—. Yo ya he elegido el sitio para mi retrato cuando muera. No os lo diré, o lo querréis también. —A nadie le interesa —la voz de Akira suena cansada y exhasperada de escuchar a su prima, aunque ni siquiera está mirándola. Sus ojos siguen detenidamente a Eiji, que lleva horas sin abrir la boca. En estos momentos se pasea por la estancia, de cuadro en cuadro, de altar en altar. Su rostro permece inalterado, impasible. Su marcada delgadez sumada a la tétrica iluminación parecen convertirlo en un espectro, en sintonÃa con el cuarto. Sobre lo que pasa por su mente en esos momentos sólo pueden hacerse conjenturas.
Mei toma la iniciativa y se sienta en el centro de la habitación, con cuidado de plegar el kimono con sus rodillas antes de juntar las piernas contra el tatami. La confección de su vestido es toda una obra de arte: las telas de seda pintadas a mano exclusivamente para ella evocan a los cerezos en flor y combinan a la perfección con los accesorios blancos y rosados que tintinean en su cabeza.
—Yo creo que es buena idea —Mei puede sentir la mirada de odio de Akira sobre ella, como cada vez que abre la boca—. DeberÃamos honrar a nuestros antepasados por el año nuevo. —Por fin algo que suena lógico —Takumi sigue el liderazgo de Mei y se sienta junto a ella. Nana los observa detenidamente por unos instantes, antes de despegar los labios para mostrarse categórica. —Sois un aburrimiento.
La joven se aleja, y pronto la tela roja de su kimono se va tornando más oscura según se acerca a las sombras, donde encuentra lo que busca: Eiji, su primo favorito. SonrÃe con ganas antes de alzar la mano y acariciar su rostro con suavidad. La sonrisa de él es tan tenue como la luz de las velas, pero al menos se deja ver.
—Me aburro, Eiji. Me aburro mucho. Estoy aburrida. AburridÃsima —se queja, infantilizando su voz. —Ya sabes cómo son. No lo tengas en cuenta —el mayor se gira momentáneamente y Nana sigue su lÃnea de visión: la figura a contraluz de Ren se ha mantenido en la entrada. De tanto en tanto echa un vistazo al exterior, luego a la sala, y asà contÃnuamente. No parece especialmente interesado en estar con sus primos, pero tampoco aparenta querer perderlos de vista. Su rostro muestra su habitual gesto impasible, hasta que descubre que está siendo observado. Mantiene la mirada de sus primos, que hacen lo mismo. Durante un largo rato, nadie dice nada. —Me odia —no es una pregunta, Nana está segura de lo que dice. —No te odia —Eiji también está convencido—. Sólo piensa que eres una mala influencia. —Lo soy. —No es nada personal contra ti. Sólo se preocupa por mÃ, ya sabes, desde eso... —¿Desde que te mandaron al hospital porque no comÃas? —SÃ, Nana —los ojos de Eiji parecen de pronto el doble de cansados, su figura se encoge un poco, haciéndose pequeña. Su voz es apenas un hilo—. Desde eso.
La conversación cesa de golpe cuando Ren avanza hasta ellos, con paso tranquilo. Se celebra un nuevo festival de miradas incómodas al que sólo Nana parece ser inmune; su sonrisa sigue intacta. Parece considerar la idea de decir algo, pero finalmente Ren se dirige únicamente a su hermano.
—Voy a apartarme un poco, ¿estarás bien? —Eiji asiente, sin demasiado entusiasmo. Ren baja la voz y se acerca un poco más antes de continuar—. Quiero ir a ver a Naoko. —Ay Ren, yo también la echo mucho de menos —Nana hace un puchero, consiguiendo que su verdad realmente suene como una burla. Ren la observa y ella puede ver que realmente quiere decirle algo hiriente, que quiere mandarla callar y culparla por lo ocurrido, como probablemente estará haciendo por dentro. Pero por supuesto es Ren, y él jamás harÃa algo asÃ, de forma que simplemente guarda silencio y pone distancia. Ambos lo observan alejarse al fondo de la sala, donde se mantiene el recuerdo de la otra persona que deberÃa haber estado con ellos esa noche. —Ahora sà que te odia —la mirada horrorizada de Nana consigue que Eiji se eche atrás—. Es broma, es broma. Pero es un tema delicado, ya lo sabes. No se lo menciones más.
La joven asiente conforme, pero ambos saben que no será asÃ.















