Could swear that we've been here before
'Cause in your arms I feel so sure
As if you knew me well
Must have been a reason for this feeling 'cause it rings a bell
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Siente una calma indescriptible siempre que está en esa casa. En apariencia no es muy distinta a la de su padre, ni siquiera a la que están construyendo en Estados Unidos. Algo en el ambiente la calma, la mece como una melodía que no escucha desde su infancia. Cierra los ojos un instante, sintiendo la ligera brisa entrar por el pasillo exterior. Su larga cabellera negra se mueve al antojo del viento, haciéndole cosquillas en la nariz. Nana abre los ojos despacio, encontrando su reflejo donde lo había dejado: en el espejo frente a ella. De rodillas en el tatami, se observa durante unos instantes. El kimono que viste en esos momentos probablemente sea la prenda más cara que ha cubierto su cuerpo jamás, aunque no está prestando atención a eso.
Levanta la cabeza de golpe al notar como la puerta corredera se abre. Se relaja de inmediato al ver uno de los pocos rostros que de verdad agradece tener en su presencia.
—Abuela —su voz suena tenue y sosegada mientras que se inclina hacia delante, saludando, hasta que su frente toca el suelo. No se levanta hasta que siente una mano en su barbilla, animándola a alzar la cabeza.
—Deja que te vea, dragoncito —la voz de Junko Ayanami deja entrever más cariño del que debiera. Aunque no es raro ver a Nana sonreír, no lo hace como siempre—. Gírate, yo te arreglaré el pelo.
Nana obedece a su abuela en silencio, quedando una vez más frente al espejo. La mujer toma un cepillo de la bandeja que se extiende frente a ellas y comienza a peinar con cuidado pero con pulso firme la larga melena de su nieta. Durante un rato ninguna de las dos dice nada; sólo se oye el barullo del servicio trabajando a pleno ritmo en la lejanía y algunos pájaros en el patio.
—Mandé diseñar este kimono el día que naciste —dice la abuela Ayanami, sin detenerse mientras coloca el cabello de Nana en un moño—. Sabía que podía esperar grandes cosas de ti. Y no me equivocaba.
—Es precioso, abuela —le cuesta darle el mismo valor, sabiendo que jamás aspirará a ser ni será lo que Junko quiere de ella—. No soy digna de él.
—Tonterías —sentencia la anciana, dando los últimos toques al recogido y soltando unos pequeños tirabuzones a los lados. Antes de continuar, toma una caja de color rojo que parece desgastada por el tiempo. De ella saca con extremo cuidado un adorno de oro con detalles negros—. Esto perteneció a Kimiko Ayanami. Yo lo heredé de mi madre, que lo heredó de su tía —explica, mientras lo coloca en la cabeza de su nieta—. Te dará la sabiduría y experiencia de todas las mujeres Ayanami que lo han llevado. Pero es sólo una guía. Ya tienes diecisete años, Nana. Ya eres una mujer. Ahora es tu momento de hacer historia.
La mujer deja un beso en la mejilla de la joven y abandona la habitación. Nana la observa marcharse, pensando que ojalá se quedase junto a ella para guiarla, ahora y durante el resto de su vida. Se pone en pie lentamente, avanzando hasta el exterior que da al patio. Se detiene junto a la figura que espera a la vuelta del pasillo, sin mostrar sorpresa alguna.
—¿Es este tu regalo de cumpleaños? ¿Espiar mis conversaciones privadas? —a pesar de sus palabras, Nana no parece molesta.
—Tan privadas no serán cuando la puerta está abierta —replica Ren, que parece tan poco perturbado como ella. Al igual que Nana, su primo también está vestido para la ocasión. No queda demasiado para que tengan que acudir al salón principal—. Además, la abuela seguramente podía detectar mi presencia. Ella sabe que respeto tu victoria.
—Yo no lo llamaría victoria —el joven la observa mientras ella pronuncia esas palabras. Algo al mirarla parece diferente a lo habitual, pero no puede asegurar qué es lo que le descuadra. Casi como un espejismo, dura apenas unos instantes.
—A veces... —empieza, pero se detiene, porque no es propio de él comenzar una frase de la que no está seguro. Pocas personas consiguen desubicarlo como su prima lo hace—. A veces, durante momentos fugaces, te miro y casi pareces...
—¿Normal? ¿Digna? ¿Respetable? —Nana sonríe un instante antes de soltar una carcajada—. Estoy segura de que eso te gustaría. Pero nada es como nos gustaría. La diferencia entre tú y yo, es que yo no sé conformarme.
Ren suspira, pero no dice nada. Deja ir a su prima, que se detiene por un instante para mirarlo por última vez. En su eterna manía de conseguir sorprenderlo, ve que sus ojos están húmedos. Esta vez Ren no puede ocultar su sorpresa.
—Lo siento —no es la primera vez que se disculpa con él, pero sí es la vez que más seria ha sonado. De nuevo los consume el silencio, uno extremadamente incómodo en el que Ren no sabe qué hacer. Es de nuevo ella la que rompe la quietud, soltando una carcajada—. Debo darme prisa, o mi padre me estrangulará si llego tarde.
Con la risa cantarina de Nana todavía resonando por el patio, Ren se encamina en dirección contraria. Dos puertas más allá, el cuarto que comparte con su hermano lo espera. Al susodicho lo encuentra, a pesar de estar vestido y arreglado, completamente tirado sobre el futón con la mirada clavada en el techo.
—¿Eiji? Vamos, se nos echa la hora encima —no obtiene ninguna respuesta, de forma que avanza a paso decidido hasta la figura inerte al otro lado del cuarto. Cuando llega a su altura y se inclina frente a él, unos ojos extremadamente enrojecidos le devuelven la mirada—. ¿Eiji? ¿Me oyes?
—¿Ren? —una sonrisa parece querer asomar en el flaco rostro de Eiji. No opone resistencia cuando lo levanta sin demasiado esfuerzo, aunque no parece demasiado capaz de sostenerse por sí mismo.
—Eiji, de todos los días que había para hacer esto... —Ren comienza el regaño, pero lo abandona a mitad del camino. Sabe que es inútil.
—¿Qué día es hoy?
Ignorando lo mucho que le parte el corazón oír eso, Ren lo acompaña lo más sigilosamente posible al cuarto de baño. Allí lo ayuda a lavarse la cara y arreglarse de nuevo, hasta que apenas queda rastro de su tambaleo y la rojez de sus ojos. No es la primera vez; Ren estaba preparado. Puede notar que Eiji aún sigue algo adormilado, pero es lo mejor que va a conseguir en tan poco tiempo.
—Eiji, escúchame. Es el cumpleaños de Nana. Tenemos que irnos, ya.
—¿Nana? ¿Dónde está Nana? —la palabra consigue hacerlo reaccionar, moviendo la cabeza de un lado a otro, buscando por el cuarto vacío.
—Ahora la vemos. Pero primero tenemos que ir al salón, ¿vale?
—Vale —responde Eiji en un hilo de voz—. Pero ven conmigo, Ren. No te separes.
—No me separo. Estoy aquí —dice, dispuesto a encaminarse de una vez al salón. Se lo impide su hermano una vez más cuando las lágrimas comienzan a desbordarse en sus ojos y lo abraza sin previo aviso.
Sosteniendo el cuerpo tembloroso de Eiji, Ren se plantea durante un segundo el pedirle ayuda a la única persona de toda la casa que se la prestaría sin pedir nada a cambio, o sin juzgarlo. Lo descarta rápidamente. No está tan desesperado como para pedir la ayuda de Nana Ayanami.
Nana observa los peces koi dando vueltas en el estanque, libres para nadar en su confinamiento, tan lejos y tan cerca de la libertad. Alza la mirada para ver la luna de mayo asomando a lo lejos, anunciando el final del día. Todo a su alrededor evoca a Japón tal y como lo recuerda: la ligera brisa que mueve su cabellera, los cerezos eternamente en flor, el paisaje de las casas colindantes, la pagoda principal en el horizonte. Su país natal está tan replicado al detalle que quizá por eso le provoca una sensación de falsedad. El barrio que los Ayanami han construído para ellos solos engañaría a cualquiera, al igual que lo hacen sus habitantes. Nana, sin embargo, nunca se ha sentido tan fuera de lugar.
—Este es tu hogar ahora —la joven siente un escalofrío helado recorrer todo su cuerpo, en cuanto la mano de su padre se posa con suavidad sobre su hombro izquierdo—. Acostúmbrate.
—Sí, padre —es una respuesta automática, no tiene ni que pensarla.
—Mañana será tu primera aparición en sociedad —el hombre la informa con su habitual voz grave y despectiva. Por supuesto no es una sugerencia, sino una orden—. Es algo fácil, para que ni siquiera tú puedas arruinarlo. Acudirás, verás, escucharás y te mantendrás callada. No quiero que te relaciones más de la cuenta. Sólo tienen que mirarte un poco. Un pequeño vistazo. Un adelanto. Nada más.
—Sí, padre —en ocasiones Nana siente que esas son las dos únicas palabras que conoce.
La mano de su padre baja del hombro, por su brazo deslizándose hasta su cintura. Quizá ha sido el tono utilizado, quizá la rapidez o lentitud con la que ha replicado. Todavía no está segura de si la reacción que ha causado en su padre es buena o mala. Cuando el hombre la hace girar, cierra los ojos durante un segundo, consciente de que sea lo que sea no quiere saberlo.
—¿Me estás escuchando, Nana? Esto es muy importante y me da la sensación de que no estás prestando atención. ¿Vas a hacer que me repita?
Por las malas entonces.
La joven asiente con la cabeza, apostando por no decir nada esta vez. Cualquier palabra que diga puede ser tergiversada y lanzada de vuelta en su contra. En este momento más que nunca, desea estar de vuelta en Mahoutokoro, o en casa de su abuela. En cualquier sitio, realmente, mientras no sea allí. Contiene la respiración, esperando lo que inevitablemente vendrá. Había sido tonta por pensar que estaba a salvo, pensando que ya se habría ido junto sus hermanos y primos a la fiesta de cumpleaños de Mei. Kazuya Ayanami jamás se iba sin despedirse de ella.
—¡Escúchame! —el paso de casi susurrar al grito ha sido brusco pero esperado. La mano del señor Ayanami sostiene con fuerza el rostro de Nana, que se mantiene lo más quieta posible—. No sé qué hice para que me tocara una hija tan estúpida como tú. Debería tenerte encerrada como a tu madre. Las dos servís para lo mismo.
Con la fuerza que lo caracteriza, no parece necesitar mucho empeño para tirarla contra el suelo. Nana siente un dolor agudo en el codo, pero no se atreve a hacer ningún ruido. Quiere bajar la mirada, esconderse, correr, pero sabe que no hará nada de eso.
—¡Esto es culpa tuya! ¿Me oyes? ¡Eres tú la que me provoca! Sólo has hecho una cosa útil en tu vida y fue ganar la herencia. Y cree que yo la merezco por todo lo que me has hecho soportar —Kazuya sostiene a Nana por el obi de su yukata hasta incorporarla levemente, aflojando el nudo por la presión—. Tu abuelo está decidido a casarte. Pues bien, te casaremos. Pero sabes que nunca vas a librarte de mí. Vas a ser siempre mía.
La suelta con la misma rabia con la que la agarró. Esta vez es su cabeza la que recibe el peor golpe, aunque ya no nota ningún dolor, sólo todo su cuerpo temblar y la mano de su padre rebuscando bajo la tela roja de su vestido. Segundos después se alza victorioso con la varita de Nana en la mano. No tarda mucho en partirla en dos.
—No la necesitas mañana. Ya sabes que no me gusta que hagas magia cuando no estoy —la madera cae frente a Nana, totalmente inutilizada—. Tienes suerte de tener un padre tan benevolente. Y de que tenga prisa. No quiero tener que excusarme con mis hermanos por tu culpa. Pero la próxima vez no tendré tanta paciencia. Pórtate bien.
Tan sigilosamente como había llegado, se fue. Nana se mantuvo quieta, sin moverse ni un ápice. No fue hasta media hora después que se atrevió a echarse a llorar desconsoladamente.