8 de la mañana escucho el cantar del gallo
Hay olor al amanecer, el pasto mojado del rocío de la noche…
Suena el timbre de la hora de entrada
A dos calles no suena el timbre, suena un 38 sobre un adolescente abatido
Ya muerto sin vida, y ese fue su último día
Ya no huele más el olor a rocío y tampoco otro amanecer.
De golpe, el silencio que hiela la sangre
Como si se desconectara una máquina vital.
Después, la policía con sus sirenas, pero el barrio sigue andando; es moneda corriente de todos los días
Es el propio barrio que ve todo.
Ojos que no ven, oídos que no escuchan, bocas que callan porque así son los barrios marginados y aunque esté mal no existe otra manera, al menos para ellos.
Al menos aún hay esperanza, eso nunca lo perdemos del todo
Un fuegito, una llama enorme para aquel lugar.
Niños, familias, hombres y mujeres que, a pesar de la osadía y el enigma que carga el barrio sobre sus hombros,
tienen la valentía de ir día a día, de sostenerle la mirada a la vida y salvar lo suyo,
aunque no saben si algún día una bala perdida llegue antes que su bondad y valentía…