Helena de Troya
En tu faz la aurora despierta,
y el mar olvida su rumor para cantarte.
Mil naves zarparon tras tu sombra,
–¡y en tus ojos ardió toda una guerra!–
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Del iris herido brota tu semblante,
y el orbe entero se rinde a tu lumbre;
en tu albor dorado el mar hace cumbre,
que huye del fulgor de un beso amante.
Tu carne imán engendra quimeras,
y en ella los héroes conocen caída;
la cólera del viento ruge erguida,
y juntos tus pasos cruzan eras.
Tu hálito susurra antigua pureza,
y estallan los secos muros con ardor;
renace el juramento a la nobleza,
al batir de tu sombra despierta el ardor;
con cada latido florece la pureza,
y todo olvida su muerte ante tu amor.
















