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Los pasos resonaban por todo el pasillo, rápidos y pesados, casi en sintonía con una respiración agitada e irregular, propia de la desesperación de alguien que huye. Aunque ciertamente aquella mujer no huía, sino que estaba persiguiendo a algo o alguien. Muy en el fondo sabía qué era lo que iba a encontrar al final del camino, pero prefería pensar que aún se hallaba en la incertidumbre. No quería creer que la bestia se había escapado de su prisión mientras ella no estaba.
Pero el camino de sangre pintando desprolijamente las paredes y el suelo del túnel no resultaban particularmente alentadores.
Marusya apretó los dientes, disgustada.
Había cometido un terrible error.
De repente quería deshacerse de la armadura, tan solo para correr más rápido. Definitivamente no debió haber dejado a su señora visitar la celda de la bestia, aún si había llevado consigo la mejor escolta posible. Esa cosa era peligrosa. Y no es como si ella tuviera autoridad realmente para decidir lo que una monarca haga o no, pero tal vez, si hubiera insistido en la negativa...
«Ha de vivir.»
No tenía esa certeza. Pero quería tenerla, así que se forzó a pensar así.
A medida que avanzaba, el olor se tornaba más repugnante e invasivo. Hierro. Ya no había antorchas en el pasillo, así que en una exhalación conjuró una oleada de fuegos fatuos para iluminar el camino. No escuchaba voces, no sentía magia, a todas luces no debía haber nada más adelante, pero la celda de la bestia estaba vacía cuando fue a corroborar, así que ese sitio era el único al que podía haber ido a parar.
Pronto percibió otro olor: a podrido.
Y antes de darse cuenta, ya no podía correr más. Frenó en seco, contrariada, mirando alrededor sin entender muy bien por qué. Sus luces se habían apagado, y sólo quedaba oscuridad para ella. Podría correr, sabía ella. Conocía bien el lugar, no le quedaba mucho, era capaz de avanzar a ciegas. Pero no podía. Sus piernas, temblorosas, no le hacían caso. Y entonces se dio cuenta de que sentía miedo.
No tenía sentido. Ella nunca se atemorizaba.
Se mordió la lengua para forzarse a reaccionar y conjurar magia de nuevo, iluminando el pasillo una vez más. Y entonces lo vio: no estaba sola.
Cuatro soldados, de la guardia de la monarca, estaban apuntándole con sus espadas. Eran sus soldados. Sus mujeres. Su tropa. ¿Qué rayos? No tenía sentido. Nada allí lo tenía. Intentó reclamar, pero apenas atinó a morderse la lengua con torpeza y soltar un balbuceo quedo. Esa no era ella. Frunció el ceño. ¿Cómo no los escuchó cuando se acercaban? Ahora sí podía escuchar pasos, de adelante, acercándose a ella y las soldados. Pasos ligeros, lentos. Alguien caminando descalzo.
Trató de ver las expresiones de las guardias, mas llevaban yelmo y era, por tanto, imposible. Todo lo que le quedaba era esperar, pensar en posibilidades, alguna manera de salir de ahí. Tal vez debería matarlas, si averiguaba la manera de moverse. Tal vez, sólo tal vez, hallaría la respuesta cuando la persona descalza se acercase... aún si esa criatura le despertara un mal presentimiento. Era de ahí que venía el olor a podrido.
La luz, tenue, empezaba a iluminar su figura. Un hombre completamente blanco, albino, de cabello largo y enredado. Sólo llevaba un pantalón abuchonado negro de algún tipo de tela de aspecto pesado y desgastado. Mugriento, cubierto de sangre seca y fresca. Podía verse su torso casi esquelético, propio de la desnutrición. Una cicatriz cruzaba su rostro, y otra aún más grotesca abría su torso en una grieta negra.
Marusya sintió un escalofrío cuando los ojos negros del hombre se posaron en ella.
Se veía considerablemente más joven que ella, pese a que sabía que no lo era, y eso que ya ella era bastante joven.
Justo como imaginaba: el Devorador de Almas había escapado.
Él tarareaba desafinadamente una melodía extraña mientras caminaba, tambaleándose. Daba la impresión de que se caería en cualquier momento. Le pareció repugnante.
—Con esto, ¡tenemos todos los invitados! —dijo él, esbozando una mueca rara y torcida que, segundos después, Marusya pudo identificar como un intento de sonrisa. Su voz sonaba ronca—. Eso calma un poco mi alma.
Ella arrugó la nariz.
—¿Qué alma? —escupió con dificultad—. No tienes.
Él ladeó la cabeza. El cuello crujió. Pese a que la miraba, a ella le daba la sensación de que su vista estaba fija en algo más allá. Ya había tenido esa sensación antes. ¿Qué cantaba? ¿Qué veía? Era molesto.
—La de la Bruja Madre, ¿quién más?
Se sintió temblar.
Tenía el alma de la monarca.
Quiso dar un paso adelante, quiso rajarle el cuello y devolverle el alma a su señora, mas no podía moverse. Aún había una fuerza incontrolable anclándola a su lugar en el suelo, y nada podía hacer al respecto. Pero ahora entendía: esa era la magia negra que él robó del alma de la monarca, Caos la Rebelde.
Intentó replicar, pero sólo atinó a soltar un balbuceo torpe e ininteligible.
—Aaaah, no puedes hablar, qué triste —continuó el Devorador—. Hace mucho que no tomo un alma, ¿sabes? Es algo difícil regular la intensidad de la magia.
Marusya lo fulminó con la mirada, y alzó el mentón, desafiante. Eso le sacó otra horrible sonrisa al chico.
—¿La mataste?
—Nah.
—¿Dónde... la tienes?
—Me alegra que me preguntes eso, ¿qué clase de soldado no lo hace? Te estabas tardando, vaya.
«¿Está jugando con mi paciencia?» Quería matarlo.
Frunció el ceño, y poco a poco la sensación de pesadez que la invadía se empezó a desvanecer, sustituida por una emoción más familiar para ella: desprecio. La magia del Devorador se desvanecía, y ya no le inducía ese asqueroso miedo irracional. Podía atacar. ¿Era eso lo que él quería? ¿Por eso le había sacado de encima el hechizo?
No quería permitir que él se salga con la suya.
—Responde —ordenó, ahora con su aire imponente usual, dando un paso al frente y poniendo una mano en el pomo de su espada—. Ahora.
Él silbó, sonriente. Las guardias que rodeaban a Marusya comenzaron a caer, una a una, al suelo. Ella resistió el impulso de inclinarse a ver cómo estaban.
—Qué graciosa —dijo el Devorador—. ¿Por qué se supone que te tenemos que decir? Los soldados de hoy en día no identifican la situación en que están, ¿no? ¿Debemos explic...?
Marusya se adelantó, y pisando uno de los cuerpos inconscientes de sus camaradas, tomó impulso para lanzarse hacia él desenvainando la espada en un movimiento giratorio. Iba a rajarlo. Lo suficiente como para que no represente un problema, sin matarlo. Necesitaba que hable. Susurró un rezo a las diosas, invocando la magia para ungir en fuego la hoja de su arma.
Pero cuando el filo ardiente estuvo a punto de impactar contra su torso, la figura del hombre se convirtió en humo.
La piel rasposa de sus brazos rozó los hombros de Marusya, y ella sintió su asqueroso aliento contra el oído. Él ahora estaba tras ella, riendo un poco.
—Qué agresiva.
Un escalofrío recorrió toda su espalda antes de que apretara los dientes y se girara de lleno para intentar cortarlo, convirtiéndolo en humo una vez más. Sentía sus movimientos supremamente torpes: esa cosa sólo aparecía y desaparecía donde se le daba la gana. Antes de darse cuenta ya lo tenía a su lado, hurgándose el oído con el dedo meñique.
—Puedo decirte, si me lo pides más bonito.
«Y una mierda.»
Abrió la boca para maldecir todos sus muertos y volver a exigir que responda a su pregunta, mas se dio cuenta de que era inútil. Realmente no estaba en posición de exigir nada. Para empezar, esa cosa parecía manejar mejor la magia negra que la propia Caos. Podría obligarla a matarse. Prestando más atención, el olor a podrido venía de las guardias que habían estado apuntándole con sus armas.
Su orgullo no era importante allí.
Tras un momento de silencio, envainó su espada de nuevo y se abstuvo de mirar la repugnante figura de esa cosa.
—Solicito en nombre de la corona su colaboración —dijo, tensando la mandíbula con rigidez—. Estaré infinitamente agradecida si...
—No así —bufó el Devorador—. ¡No suena bonito! Algo más bien como, no sé, ¿llamarme por mi nombre? ¿un buen “por favor”? Podría sonar más adorable, vaya. Aunque tal vez eso que dijiste podría funcionar en otro tipo de tono.
Se dio cuenta de que él la estaba mirando de arriba a abajo. Ni siquiera tenía que ofenderse por alguna muestra de lascividad: él se veía más bien decepcionado por algo que ella ni siquiera se imaginaba.
—Me temo que su solicitud es irrazonable —dijo, alzando el mentón—. Los valarian como tú no tienen nombre.
«Diosas. Esto es ridículo. ¿Y si la Madre está desangrándose ahora?»
—¡Tengo muchos nombres! Bueno... ¿tenemos? No sé bien cuál es el mío. Puedes darme uno, suena divertido.
Ella apretó los dientes. No tenía tiempo para juegos.
—Por favor..., ¿Zuon?
El Devorador alzó las cejas. Pese a que ella sólo se inventó el nombre sin pensárselo mucho por el apuro, a él pareció divertirle la idea, pues esbozó una sonrisita y se echó a caminar, indicándole con un ademán que lo siga. Dijo que la había dejado desangrándose en la tumba del Dios Padre de la Luz, y que probablemente no le quedaba mucho como no la trataran a la brevedad. Naturalmente, Marusya no tenía tiempo de dejarse guiar al paso lento del Devorador, así que comenzó a correr hacia la gran puerta de la mortaja divina. Sabía el camino después de todo.
Ni se aseguró de que la bestia la siguiera. Su deber era salvar a la Bruja Madre. Si no lo hacía, ¿no significaría, también, que ella tendría que morir?
Iluminó torpemente el camino, tal vez demasiado, mas no le dio mucha importancia. Tan pronto como empezó a ver el gran mural de los monarcas empezó a disminuir la velocidad. Era un mural extraño, de criaturas aladas con muchos brazos luchando en conjunto contra el Dios Padre de la Luz. Nunca se tomó la molestia de analizarlo, ni lo haría en esta ocasión. Hundió los dedos en los ojos de una de las criaturas dibujadas, para accionar el mecanismo.
Las paredes empezaron a abrirse para dar lugar a una inmensa sala circular. Se apresuró a iluminarla de par en par con su magia, buscando a la Bruja Madre por todos lados. Podía ver la colosal figura petrificada de lo que una vez fue un dios y ahora sólo lucía como una estatua del tamaño de un edificio. Podía ver su gran espada en sus manos. Podía ver un círculo extraño pintado en el suelo. Podía ver sangre seca por todos lados.
Pero no a la monarca.
Entonces cayó al suelo en seco, incapaz de controlar su cuerpo.
Las luces de su magia se apagaron, y sólo pudo escuchar la voz del Devorador tarareando la melodía de antes, sus pasos ligeros cada vez más cerca.
—Woah, ¡gracias! —dijo, y aunque ella no era capaz de verlo, hasta su voz parecía sonreír—. No encontraba este lugar, sus mecanismos son muy problemáticos.
—Dijiste...
—Mentí, ups.
—Hijo de puta.
Él se rió.
Marusya luchó con todo lo que pudo para ponerse de pie. No movió ni un músculo. Empezaba a sentirse somnolienta, pero sabía que eso sería el principio del fin. Las puntas de sus dedos empezaban a sentirse helados, y pesaban todas sus articulaciones. Los ojos ardían.
«No me jodas.»
Ya ni siquiera podía mover la boca o la lengua para hablar.
—Zuon suena muy raro, por cierto. Mejor me quedaré con Gun por ahora —escuchó la voz del Devorador, aunque empezaba a sonar lejana.
Antes de darse cuenta tenía los ojos cerrados, y el frío había alcanzado sus codos y rodillas. Empezaba a entrar en pánico. Se iba a morir. Todo iba a acabar. No había hecho nada de lo que quería hacer. ¡Vivió muy poco! «Diosas, diosas, diosas.» No iban a salvarla. No iban a hacer nada. Su magia no funcionaba. Nada ahí lo hacía.
El frío empezaba a colarse a su torso.
—Pero no te preocupes —resonó en su cabeza la voz del Devorador—. Uno de nosotros es un dios.
No era muy consciente de su entorno ya. No se daba cuenta de que salían lágrimas de sus ojos cerrados, y ya no sentía las extremidades.
El Devorador limpió las lágrimas del cadáver con un dedo.
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