Todas las grandes cosas, han sido construidas sobre cosas bien culeras...
Aún no ha amanecido.
Un hombre de manos agrietadas ajusta la cuerda alrededor de un bloque de piedra que pesa más que cuatro caballos. Tiene treinta años, pero su cuerpo aparenta cincuenta. Desde hace quince inviernos trabaja en la construcción de una catedral que jamás verá terminada.
No sabe leer. Lo único que sabe escribir es su nombre. No se imagina que, siglos después, viajeros de todas partes del mundo levantarán la vista para admirar aquella obra y llamarla una maravilla.
Solo sabe que hoy deberá subir de nuevo al andamio.
A veinte metros de altura, una tabla húmeda se parte bajo el peso de un compañero.
El golpe contra el suelo apenas detiene el trabajo.
Al día siguiente, otro hombre ocupará su lugar.
Nadie escribirá su nombre en ninguna piedra.
Uno de mis placeres favoritos es admirar las catedrales de siglos pasados; esas que evocan la grandeza —o quizá la soberbia— del ser humano. La altura de sus bóvedas, los detalles tallados en piedra, el tamaño, el peso y la exactitud de cada bloque perfectamente dispuesto para sostener la magnificencia de la gloria divina.
Últimamente he pensado en la cantidad de trabajo invertido en su construcción. En el peso de cada piedra tallada, en la altura a la que debieron elevar columnas y muros. Resulta difícil imaginar que muchas de ellas comenzaron a levantarse hace más de setecientos años, siglos antes de que existieran las grúas de vapor o los vehículos de motor.
Aun así, recordamos nombres como Jean de Chelles y Pierre de Montreuil en Notre Dame, o Gerhard von Rile en la Catedral de Colonia. Homenajeamos a estos genios del diseño y de la arquitectura, y me pregunto:
¿Se rindió homenaje a los obreros?
Recordamos al rey. Al monarca. Al imperio.
Pero rara vez al hombre que cayó del andamio.
Detrás de cada monumento hay un cementerio sin placas...
Lunch atop a skyscraper
















