El Huaso, parte 18: Confesiones, Fantasmas y Sorpresas
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Me quedé helado. Las manos me comenzaron a sudar y el corazón me latía a mil. Empecé a temblar y aún seguía sin responder. Después de unos segundos, que parecían minutos, el Bryan habló.
—Mira, no te quería incomodar. Perdona —me dijo con vergüenza—, pero siento que nos hemos hecho re amigos, hablo más contigo que con el Huaso. Pensé que en honor a la amistad podías haberme dicho… o no sé. Tampoco te quiero obligar a decírmelo, si es que hay algo, porque depende solo de ti. Solo quiero que sepas que puedes contar conmigo siempre, y nunca te voy a discriminar ni nada. Tu sabí como soy po —agregó con pena, mientras yo solo lo miraba y me sentía culpable por ocultarle algo así—. Creo que asumí cosas que no son, perdóname, no debí haber hecho esto —dió media vuelta para bajar a tomar la micro a su casa.
—Espera —le dije, tomándolo del brazo y poniéndolo frente a mi, y lo abracé—. Perdona por no haberte dicho antes wn —mi voz quebrándose—, pero igual tení que entender que no es fácil la wea —yo sabía que el Bryan le iba a dar lo mismo si yo era gay o no, por su historia familiar y su cercanía con la “comunidad” era súper LGBT lover, pero no le había contado por petición del Huaso—. Te quiero caleta wn y no pensí que no te lo dije porque no te considero mi amigo, ni nada así. Es una wea de él y yo, y acordamos no contarlo hasta que él se sintiera preparado —me sentí mal por traicionar al Huaso—. Pero tampoco te puedo mentir a la cara.
—Perdón por obligarte a decírmelo, pero estaba preocupado por ti —se separó de mí para mirarme a los ojos—. Te vi incómodo hoy con el Huaso, no sé por qué se habrá enojado, y no te quiero presionar tampoco para que me cuentes, pero me sentí mal al verte así.
—No pasa nada, si fue una tontera, ya se le pasó —lo tranquilicé.
—Bueno prométeme que si te pasa algo me vay a contar. Si te hace sufrir, yo mismo voy y le saco la chucha. Eres demasiado bueno como para que te hagan daño —tras decir la última frase me dio un suave combo en el pecho.
—Lo prometo —nos volvimos a abrazar y lo invité a mi casa a jugar play un rato.
Conversamos mucho, le conté a grandes rasgos como nació todo con el Huaso y él me contó como iba su conquista con la Cata, de lo cual no habíamos hablado en mucho tiempo ya que yo estuve demasiado enfocado en el Huaso. Además me dijo que la noche después del partido, ya sospechaba que tenía algo con el Huaso, y por eso nos ayudó a quedarnos a solas.
—Te veiai tan feliz ese dia wn, por eso le dije al Victor que nos fuéramos —me dijo con una sonrisa infantil en su rostro, que desapareció casi por completo al continuar hablando—. Pero hoy día te ví muy apagado, al principio al menos, y por eso me preocupé.
Ya como a las 9 de la noche nos alistamos para irnos. Yo me bañé y me puse ropa cómoda para ir donde el Huaso, y el Bryan iba a tomar la micro hasta su casa para irse de ahí donde la Claudia. Yo no tenía ganas de ir, así que le dije que no contaran 100% conmigo, mientras que él pensaba ir sí o sí porque sabía que estaría la Cata.
Me despedí de mi familia y dije que probablemente me quedaría a dormir donde el Huaso, y nos fuimos a tomar la micro.
—¿Y?¿qué pasó? —me preguntó el Huaso apenas me abrió la puerta de la pensión— ¿qué te dijo el Bryan?
—Me preguntó si tu y yo teníamos algo —le dije de una.
—Se lo negaste supongo… —se puso nervioso.
—No… —respondí después de un par de segundos. El Huaso se tapó la cara con las manos, nervioso—, pero tranquilo, no le va a contar a nadie —le dije acercándome a él y quitándole las manos del rostro. Estaba rojo—. Me dijo que estaba preocupado por nosotros, solo eso. Quería saber que estuviéramos bien.
Le expliqué al Huaso la situación y lo calmé un poco. Se tranquilizó y me preguntó si íbamos a ir donde la Claudia.
—La verdad es que estoy cansadísimo, no tengo ganas de ir. Podríamos quedarnos acá acostados viendo tele nomas —le propuse.
—Bueno —aceptó, y se sacó la ropa para acostarse—. Yo igual quedé con ganas de nada después de lo que me contaste. Mira tócame, aún estoy con taquicardia —me dijo acostándose a mi lado y tomando mi mano para ponerla en su pecho—, por culpa de ese weon.
—Ya pero no lo tratí así —le dije un poco molesto por su tono—, aparte me dijo que no le diría a nadie. Tu cachai como es, él entiende estos temas.
—Más le vale al weon —ya mas tranquilo, me abrazó.
Prendió la tele y es lo último que recuerdo. Me quedé raja dormido y no supe más hasta el otro día, cuando el Huaso me despertó con una mamada.
Despertar recibiendo un oral es la mejor sensación del mundo. Estando aún semi dormido, sin saber qué es real y qué no, sentí como un nuevo grado de excitación. Al exhalar mi primer gemido despierto, el Huaso levántó la mirada.
—¿Te gusta? —me preguntó, alejándose de mis genitales y acercándose a mi rostro. Yo solo asentí con mi cabeza antes de que él me besara, tomándome con fuerza por la nuca.
Yo aún estaba en la misma posición en que desperté cuando se acomodó para poner su pene en mi boca, y yo no necesité más instrucciones para hacer lo que se suponía que tenía que hacer. Lo mamé como no lo había hecho antes, al principio me costó chuparlo completo, pero al rato agarré la técnica, a pesar de la posición incómoda en la que estaba. Él se dio cuenta que me estaba costando trabajo, pero no me ayudó a acomodarme, sino que él comenzó a moverse para “ayudarme”. Comenzó a mover su pelvis lentamente en un principio, mientras yo recibía su pene suavemente en mi boca, disfrutando la felación. Luego aumentó el ritmo y la profundidad de sus estocadas, lo que me produjo un ahogo, así que lo empujé con fuerza para que me liberara.
—Ten mas cuidado, weon —le dije tras recuperar el aire, un poco enojado—, estoy recién despertando, casi me matai.
—¿Te imaginai? “Joven estudiante muere ahogado por pene gigante” —dijo riéndose a carcajadas, imaginando los titulares de las noticias.
—“Joven muere ahogado por pene promedio tras peligrosa maniobra con su garganta aún adormecida” —le corregí la “noticia”, haciendo que se le borrara un poco la sonrisa.
—¿Ah si? —dijo mientras se paraba frente a mi— ¿pene promedio? —me tomó la cabeza y acercó su pelvis para golpearme la cara con su pico. No pude permanecer serio mas tiempo y me reí, y le hice cosquillas en las costillas para que parara. El contratacó con mas cosquillas, y terminamos los dos acostados en su cama, desnudos, frente a frente—. Perdón por el cuasidelito de homicidio —se disculpó, confundiendo conceptos legales.
—Sería homicidio culposo, creo —le corregí.
—Eso mismo —se rió—. ¿Aceptarías mi humilde pene en tu boca? —me pidió permiso.
—Acepto —nos besamos y comenzamos todo mas suavemente. Mientras yo lo masturbaba lentamente, el pasaba sus manos por mis piernas y mis glúteos, y usaba sus dedos para jugar en mi ano. Bajé hasta su pene y comencé a mamarlo a mi ritmo. Poco a poco iba alcanzando mayor profundidad, y cada vez que lo hacía, el Huaso respiraba un poco mas fuerte. Él puso sus manos en mi cabeza y acariciaba mi cabello mientras yo le daba placer con mi boca. Al lograr llegar a la base de su pene, me mantuve ahí un par de segundos, logrando que él cerrara sus puños tomándome del pelo, y soltando un gemido lleno de placer. Continué haciendo sexo oral, y lentamente él recobró el poder. Comenzó a hacer presión con sus manos en mi cabeza, forzándome a mantener su pene en mi boca, pero a esta altura yo ya estaba dispuesto a hacerlo. Luego mantuvo mi cabeza fija, y comenzó a mover su pelvis de arriba abajo, follándome la boca.
Poco a poco fue volviéndose mas dominante y brusco. Me hizo acostarme boca abajo en la cama, y me dio una nalgada antes de acercar su boca a mi culo. Usó su lengua para preparar mi ano para recibir su “pene gigante”, mientras con sus manos apretaba y soltaba mis glúteos, y cada tanto los volvía a golpear con la palma de la mano. Tomaba mi pene y le pasaba la lengua, desde el glande, y luego seguía por los testículos hasta llegar al ano, donde terminaba el recorrido con un escupo, y volvía a la carga, mientras yo movía la cadera en señal de placer.
El Huaso se acomodó tras mío, y metió la cabeza del pene en mi culo, lentamente, para asegurarse que estaba bien dilatado. Al entrar sin mayor problemas, metió todo su pico, hasta el fondo, provocando que yo soltara un grito que de seguro se escuchó en la habitación de al lado.
—Te dije que de aquí no te ibai caminando —me recordó, y yo le respondí con un débil gemido que indicaba mi resignación a perder la capacidad de caminar.
De inmediato comenzó a follarme con un ritmo rápido y estocadas profundas, las cuales no tardé en disfrutar, dejando atrás el dolor de ese primer y brusco ingreso. El Huaso se inclinó a agarrarme del pelo, y me lo tiró, como si fueran las riendas de un caballo que estaba cabalgando. Me tuvo en esa posición largo rato, dándome duro por atrás, hasta que me hizo voltear y acostarme de espalda, poniendo mis piernas en sus hombros. Nuevamente comenzó de inmediato con las estocadas rápidas y bruscas, moviendo con fuerza su pelvis. Me miraba serio, intimidándome con la mirada, mientras el sudor le corría por el pecho hacia su abdomen.
—¿Te gusta?¿te gusta que te culeen fuerte? —me preguntaba, con un leve tono flaite en su voz.
—Sí, me gusta —le respondí entrecortadamente, con el orgasmo a punto de llegar a mi cuerpo. Se inclinó hacia mí para besarme, pasando sus brazos por debajo de mis hombros, y agarrándome del pelo de detrás de mi cabeza. Me besó y aumentó la intensidad del sexo. El beso luego se cortó por los gemidos que ambos emitíamos por nuestra propia excitación, pero no nos separábamos, seguíamos frente a frente, labio con labio, preparándonos para el clímax, hasta que llegó. Al sentir su líquido derramarse en mi interior, mi pene actuó en consecuencia y liberó el semen que tenía guardado, y ambos culminamos con un suave grito de placer.
El Huaso se acostó rápidamente al lado mío, agotado por la dura actividad física. Yo tomé con mis dedos un poco de mi semen que estaba en mi abdomen, y se lo pasé por la cara.
—¡Ah, que asco! —me dijo, haciéndose a un lado.
—¿Cómo que qué asco? —le pregunté sorprendido—, es más rico que el tuyo —se rió, así que me chupé los dedos, me acerqué a pasarle la lengua en la cara donde lo había manchado, y luego lo besé, y disfrutó cada segundo (y mililitro) del beso.
—Ya, si igual está rico —me respondió dándome un par de piquitos—. Pero no más rico que el mío.
Afectivamente quedé adolorido todo el fin de semana y parte del día lunes, pero afortunadamente para el primer día de la semana ya podía disimular mejor mi andar. Por fin pudimos decir que consumamos nuestro pololeo.
El día lunes, al llegar a la u, el Huaso saludó fríamente al Bryan, sin mirarlo a los ojos, y el Bryan me miró con cara de “¿qué le pasa a este weon?”. Más tarde, pude juntarlos a conversar y aclararon todo. El Bryan le dijo que él no le diría a nadie lo nuestro, que eso solo dependía de nosotros, y de paso nos felicitó por nuestro pololeo. El Huaso agradeció su discreción y sus felicitaciones, pero sin embargo se mantuvo serio y distante durante la conversación.
—¿Qué te pasa? —le pregunté después, cuando estuvimos solos.
—Es que no me gusta que sepa lo nuestro —me dijo con desconfianza—. Aunque lo niegue igual le va a contar a alguien.
—Yo le creo, es mi amigo. Y si yo confío en él, tú también deberías —le dije serio—. De hecho era amigo tuyo antes que mío, con mayor razón deberías creerle —el Huaso guardó silencio.
Desde entonces el Huaso comenzó a tener una tensa relación con el Bryan, pasaron de ser buenos amigos a principios de año, a simplemente compañeros. Y si alguien preguntaba, el Huaso de hacía el tonto, y el Bryan decía no saber nada (porque de verdad no cachaba nada xd).
A pesar de la guerra fría entre ellos dos, nuestro pololeo iba genial. Pasamos todos los ramos del primer semestre, y en el mes de vacaciones de invierno (ambos libres de exámenes), nos fuimos a la hacienda de su familia en la cuarta región por una semana. Él me aseguró que lo pasaríamos la raja y que solo estarían sus padres y sus abuelos. La segunda parte era verdad. Éramos en total seis personas en toda la hacienda, pero el frío invernal transformó ese paraíso veraniego en una pesadilla. Ni siquiera pudimos tirar tranquilos en todos los días que estuvimos, porque en la noche se escuchaban ruidos en la casa y cada vez que superábamos un poco el miedo y nos comenzábamos a poner cariñosos, la puerta de la habitación se abría de un golpe.
—Vamos a morir —me dijo, un poco en broma y un poco en serio, una de las noches que estábamos acostados—. Los duendes nos van a venir a matar.
—Ya, no weí —le respondí yo, escuetamente, para no verbalizar el miedo que sentía. El Huaso se dio cuenta de mi miedo y me abrazó—. ¿Por qué no los sentí en el verano? —le pregunté confundido.
—No sé po, si carreteaban todas las noches mis primos, la bulla quizás los espantaba. Y tú con el copete te quedai raja y no te despierta nadie —explicó él—. Ya date vuelta mejor. Cucharita y te protejo la espalda —solo en ese instante me dí cuenta que estaba dándole la espalda a quizás cuantos duendes y fantasmas, así que me di vuelta rápidamente para que mi pololo me protegiera.
Si bien los fantasmas o duendes nos restringieron de poder tirar como conejos, nos dieron la coartada perfecta para explicar que durmiéramos juntos: “Si anoche nos abrieron la puerta, estábamos cagaos de miedo, por eso dormimos en la misma cama los dos” le explicaba el Huaso a su papá cuando le preguntó por qué estábamos juntos en una cama los dos, y el papá le creyó.
En el bus de regreso a Antofa, como venía casi vacío, el Huaso se relajó y pudimos acurrucarnos y hacernos cariñitos tranquilos, sin temor a que apareciera un fantasma a matarnos (aunque el temor de que el bus se volcara hacía méritos). Como era salón cama, reclinamos ambos asientos lo más que pudimos y nos acostamos haciendo cucharita tapados con una zafrada. Lo sentí tan romántico que casi me hizo olvidar lo incómodo del viaje.
Al volver a clases, seguimos con nuestro pololeo bajo el radar, con el Bryan como cómplice guardando nuestro secreto (y en ocasiones nos ayudaba a que los demás no sospecharan, aunque al Huaso no le gustara). Yo me puse a buscar pega y encontré en una de las tiendas del caracol, lo que no le causó mucha gracia a mi pololo.
—Se nota que te quiere puro comer el viejo ese —me dijo el Huaso, después de ver a mi jefe un día que me fue a ver a la pega.
—Na que ver —le dije, tratando de calmarlo.
—Weon lo pillé mirándote el poto —respondió incrédulo ante mi tranquilidad.
—¿Puedes culparlo por eso? —le pregunté en tono de broma.
—Sí, porque tu poto es mío —me dijo acercándose a abrazarme y darme un agarrón.
—Ya, pero necesito la pega. Aparte, si me mira el poto, quizás obtenga más beneficios —lo provoqué.
—¿En serio te hariai puto con ese viejo? —me preguntó con asco.
—Ni cagando —no pude seguir con el webeo—. Aunque igual dudo que sea verdad lo que dices.
La verdad le decía eso para tratar de calmarlo. Yo me había dado cuenta del gusto de mi jefe por recrear la vista, porque lo veía como miraba a los clientes cuando los atendía; y aparte me parecía muy raro que no dejara que me llevara la polera del trabajo a la casa, así que tenía que cambiarme ahí en la tienda. “Política de la tienda” decía, “para evitar las mermas”.
Así pasaron los meses, yo dividía mi tiempo entre la u y la pega, y no era necesario hacer espacio para el Huaso porque lo veía en la u, obviamente, y me acompañaba a la pega algunos días para verme (y para asegurarse que el jefe no tirara las manos); hasta que llegamos a la semana de la carrera a principios de noviembre.
Esa tradicional semana donde no hay clases y todos los días es de puro webeo y competencias mal hechas. Mientras el Huaso y el Bryan participaban por la alianza en las competencias deportivas (baby y handball), yo participaba en cosas más pajeras y para los ñoños, como el si se la sabe cante o la trivia.
Pero como toda semana de aniversario de carreras, tiene que haber carretes con competencias mas “osadas”, como el miss colita y el mister piernas (si, siempre me molestó que a las minas las evaluaramos por el poto y a los hombres por las piernas, pero que más da). De nuestra alianza, todos eligieron al Huaso como el representante para el concurso, y él no puso mucha resistencia.
—¿No te molesta que salga yo? —me preguntó él, cuando estábamos en mi pieza jugando play la tarde antes del carrete.
—No —le respondí—, me encanta que te miren. Lo que importa es que yo nomas puedo tocar —nos reímos por mi comentario Cuma. En realidad tenía un poquito de celos, pero también me excitaba pensar en que lo vería con poca ropa frente a mucha gente, y de toda esa gente solo yo tendría acceso a tocar todo su cuerpo cuando quisiera.
—Ya, me tengo que ir —me dijo, dejando el joystick de lado y dándome un beso.
—¡No! Quédate un rato mas —le pedí, recostándome sobre su abdomen.
—No puedo, tengo que preparar las cosas.
—¿No quieres que te ayude? —le ofrecí, para acompañarlo.
—No, mejor no, porque te tengo una sorpresa para la noche —si bien yo ya tenía muchas ganas de ir, el Huaso multiplicó esas ganas por mil.
—¿En serio? —le pregunté sorprendido— ¿y cuándo me la entregarás?
—En el carrete po. Tení que poner harta atención. Ya con eso te dije mucho —se rió como un niño que acaba de hacer una travesura.
Con la intriga de saber que tenía preparado, lo dejé que se marchara, no sin antes despedirnos con un largo beso antes de salir de mi pieza. Al salir a dejarlo a la puerta, se despidió de mis papás, y en la reja nos dimos un abrazo y nos dijimos “te amo” al oído.
—Nos vemos en la disco —me dijo antes de voltearse y dirigirse al paradero a tomar la micro.
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