Una arruga en el pantalón, una arruga en la camisa, una arruga en una hoja, aunque no sé si a eso, en realidad, se le llama doblés. Al que arruga, dios lo ayuda, ¿o era al madrugador? Arrugador, no sé si existe esa palabra, pero la podemos crear, solo para intercambiarla por cagón, que queda tan fea. Arrugadísimo, o arruinadísimo, qué más da.
Para muchos de nosotros, la palabra “arruga” solo significaba eso, lo que al diccionario se le antojó que fuera, o lo que queríamos inventar. A algunos, hasta les costó recordar. “¿Quién? no sé”, decían. Luciano, se llamaba Luciano aquel pibe que un día salió a comprar un cigarrillo y nunca volvió. Dicen que lo atropellaron, pero en realidad lo mató la bonaerense. Lo mató la bonaerense, ¿no? Y algo habrá hecho… ¿o no? Porque a todos nos conviene que haya hecho algo, una pista que nos de la certeza de que hay una manera de hacer las cosas bien y una manera de hacer las cosas mal. Digo, como para que no venga un otro y te saque lo único que tenés como herramienta para ser. Sí, sí, algo hizo Luciano para que lo humillaran. Ser pobre, seguro. Pobre y, encima, se dio el lujo de ser negro, un “negro de mierda”, citando a los mismos policías que le pegaron una y otra vez. Esos que lo colgaban de las rejas, hasta que se le dormían los brazos, y ahí le empezaban a pegar. Sino lo quemaban con cigarrillos, o le hacían cualquier otra cosa que lo obligara a gritar.
Repetimos y repetimos “nunca más”, pero ¿qué es un “nunca más” si no una promesa ilusoria? Luciano, María, Julio, Melina. No importa el nombre, cada vez que alguno desaparece, todos decimos “nunca más”, sin saber que, en los absolutos, en el “todos”, en el “nunca”, en el “siempre”; en ellos se juega la diferencia entre la realidad y la mentira, lo revelado y lo oculto, lo perdido y encontrado. El inconsciente no entiende de grises, se expresa en extremos, en signos que, a la fuerza, como pueden, se abren camino para aparecer en la superficie de lo presente. Hoy, Luciano Arruga apareció, como surge lo reprimido de la infancia, cuando menos se lo espera. Hoy, tan cerca del día de la madre, una mamá está triste, pero aliviada: por fin su hijo dejó de ser una arruga en la percudida tela de la democracia para ser un cuerpo más.