Built to Withstand, Afraid to Overflow— from The Chronicles of Tartarus
¿Existe alguien tan fuerte como una represa? ¿Alguien tan vasto y misterioso que nunca permita vislumbrar lo que habita al otro lado? ¿Tan inmóvil que su voluntad jamás se doblegue ante la persuasión, como si el viento más feroz no fuera más que un murmullo incapaz de arrancarle un gesto? ¿Tan gris como el concreto que la sostiene, tan insensible como inaccesible? ¿Tan frío como la piedra sin alma, que no siente, que no suspira?
Durante mucho tiempo creí que sí. Creí que existía alguien así en este mundo. A mis ojos era admirable: irrompible, invencible, siempre erguido frente a todo, firme sin importar la tormenta. Me parecía elegante esa monocromía austera, excéntrica esa seriedad constante, casi noble esa capacidad de permanecer en pie sin titubear, sin grietas visibles.
Qué error tan grande.
No existe ser humano que vista concreto en el alma ni que tenga la piel hecha de muralla. Nadie puede ser represa sin ser, antes que nada, agua. Porque una muralla, si no guarda nada detrás, no es más que eso: un muro levantado, un caparazón rígido, una cáscara vacía, sin eco, sin latido.
Los humanos, en cambio, estamos hechos de adentro. De lo lleno. Llenos de sentimientos —nobles o crueles—, llenos de vida y también de muerte, llenos de pasión, de miedo, de odio, de ternura. Llenos de todo, menos de nada.
Entonces, ¿por qué me declaré represa?, ¿por qué elegí ser muralla?
Tal vez porque era más fácil fingir vacío que aceptar la fuerza del agua que contenía. Porque no quería ser esa marea retenida tras el muro: la que guarda mi esencia, la que acumula lágrimas saladas hasta desbordar un mar y volverlo océano; la que está hecha del sudor que se desliza por la piel en los días de esfuerzo extremo, de cansancio silencioso, de resistencia íntima.
Qué necedad tan cruel pensar que la coraza que protege la perla es la perla misma. Qué absurdo declarar tesoro al cofre de madera y olvidar que el oro habita dentro. Qué triste y sin sentido quedarse en la superficie, aferrarse a la dureza, y no reconocer el valor profundo de aquello que late, que pesa, que duele y que vive en el relleno.

















