¿Qué se hace con el dolor?
¿Qué se hace con el dolor cuando ya no lloras? Cuando piensas en ello y ya no te da rabia, cuando ya te deja dormir por las noches, ¿a dónde va ese dolor?
Creo firmemente que el dolor se convierte en decepción, y la decepción, en desapego.
Solía creer que era una persona que perdonaba muy fácil, pero, francamente, nunca he perdonado a nadie, y nunca lo haré. No he perdonado a ningún ex, a ningún amigo, a ningún padre o familiar, ni a ningún conocido que especule cosas sobre mí. Mi odio siempre ha sido más grande que mi amor.
¿Por qué llegué a creer que el perdón es mejor que el rencor? Yo no soy Jesús. No tengo que perdonar a nadie. Tampoco tengo que poner la otra mejilla.
Cuando era una niña de 12 años tenía más respeto por mi misma y mis principios que ahora que tengo 28.
Había un grupo de niños que solía gritarme “emo”, entre otros insultos, cuando pasaba de la tienda a mi casa. No me dolía que me llamaran así; no me avergonzaban mi individualidad ni mis gustos. Me molestaba que creyeran que podían dirigirme la palabra desde la distancia y la seguridad que les brindaba estar del otro lado de la calle.
Siempre evitaba la confrontación. Caminaba por mi vereda, evitando la de ellos, que siempre estaba llena de niños idiotas que no me conocían, pero creían que tenían derecho a llamarme nombres.
Un día me prometí que, si volvían a molestarme al pasar, les rompería la piscina en la que se estaban bañando. Lo hicieron. De regreso de la tienda, compré una navaja y les corté la piscina.
Sus padres fueron a mi casa y hablaron con mi mamá. Lo obligaron a disculparse y me hicieron estrecharle la mano. Nunca más volvieron a molestarme ni a dirigirme la palabra.
Entonces… ¿por qué he decidido callar mi dolor? Nadie me dijo que debía hacerlo. Nadie me dijo que era lo más maduro o lo más sabio.
No es justo.
Hoy quiero volver a romper la piscina. Quiero dejar que el rencor vuelva a hacerme más valiente, más grosera, más segura.
Mi sufrimiento no debería ser silenciado ni disfrutado por otros desde la comodidad de sus veredas. Y a quienes leen, que sepan: nunca he sentido miedo de cruzar la calle y sacar una navaja para recuperar mi respeto.












