Malas Amistades: Primer Registro.
¿Qué es una mala amistad? Si lo buscamos en internet, podría decirse que es un vínculo que no aporta apoyo emocional ni crecimiento personal; te agota mentalmente, existe manipulación de por medio, falta de respeto hacia tus propios límites, entre muchas otras cosas.
Yo he tenido la dicha (o, más bien, la desdicha) de experimentar todas estas cosas juntas en diferentes etapas de mi vida y con distintas personas. No quiero decir que yo sea una persona perfecta o que nunca haya causado algún tipo de daño con mis actitudes o mi indiferencia; al contrario, no me excuso y acepto siempre mis errores de la manera más honesta posible y de la mejor forma que puedo.
Creo que la honestidad no garantiza que no haya daño, pero todo esta en la forma en la que lo dices y tus intenciones.
Creo que una de las primeras veces que experimenté una traición (o lo que yo consideraría una traición dentro de una amistad) fue cuando tenía 16 años y me hice amiga de una chica a la que llamaremos Habana. Esta chica era la novia del mejor amigo de mi primer novio, a mi primer novio le llamaremos Edén, solo para ponerle un nombre en caso de ser nombrado más adelante.
Habana y yo empezamos una amistad simplemente por ser las novias de estos chicos. Ella era muy graciosa y elocuente; hablaba mucho de los chicos con los que había estado, de sus experiencias como modelo, entre otras cosas. Llegué a empatizar mucho con Habana porque veía algo de mí en ella.
Un día la invité a mi casa para hablar o para que se quedara a hacer una pijamada (no lo recuerdo muy bien, ya que han pasado más de diez años desde esta historia). Quería conversar y conocernos mejor. Lo que yo no sabía en ese entonces, es que era muy común que esta chica pasara semanas enteras en casas de desconocidos, alimentándose, durmiendo y quedándose más tiempo del esperado en los hogares de estas personas. Cuando se iba, o le pedía que se fuera, siempre se llevaba cosas de más, algún collar, ropa, no necesariamente pidiendo permiso para tomarlos.
Durante los días que se quedó conmigo, nos contamos muchas historias, reímos, salimos y bebimos. A mí, en lo personal, nunca me ha gustado el alcohol; aún hoy no me gusta ni me llama la atención. Sin embargo, a ella sí le gustaba mucho.
Llegamos a salir con nuestros novios de aquel entonces y a beber más de lo normal. Una de esas noches terminó siendo mi primera y única experiencia sexual con una chica. Realmente no la disfruté, ya que mi estado de sobriedad era inexistente; siempre he sido una mala bebedora y cuando esto estaba sucediendo tuve que parar a vomitar debido a lo intoxicada que estaba.
Cuando le conte a Edén se molesto, su mejor amigo solo rió, a lo mejor por que en ese entonces el sueño de todo chico precoz era que su novia tuviese una experiencia lesbica; Edén me decía que se habían aprovechado de mi, pero por alguna razón yo no quería verlo así y desmeritava lo que me decía. Por mucho tiempo pensé que había consentido aquel acto, pero Edén tenía razón.
Habana siguió quedándose unos dos o tres días más en mi casa. Durante esos días le conté sobre una de las últimas veces que había sentido un crush inmenso por un chico. Le hablé de Estambul y de cómo lo conocí.
El y yo nos conocimos en una reunión de skaters gracias a un amiguito de Facebook. En ese entonces yo me vestía como un niño porque quería aprender a hacer "trucos" con la patineta. Nunca aprendí nada; me daba mucho miedo lastimarme las coyunturas. No tenía ningún tipo de interés romántico hacia él en aquel momento; apenas era una adolescente de 14 años.
Un día noté que él era particularmente atento conmigo, y eso fue suficiente para mí, en mi cabeza fue algo así como: "ya, listo; me encanta este muchacho, lo quiero para mi". Realmente no sé ni recuerdo como me pidió ser su novia, simplemente un día éramos novios y ya.
Salimos durante un mes. En ese mes cumplí 15 años. Creo que lo que más me gustó de ese romance fugaz fue que sentí que era un amor delicado, un amor de niños. Quizás porque la relación duró muy poco y cuando terminó, el cariño todavía seguía ahí.
Durante mucho tiempo pensé que era una persona maravillosa en quien podía confiar, alguien a quien recordaba con mucho cariño.
Esa fue la historia que le conté a Habana durante los últimos días de su fugaz estadía en mi casa y en mi vida.
Mi mamá ya estaba preguntándome si todo estaba bien, si ella no tenía un hogar, si sus padres estaban de acuerdo con que se quedara allí y me pedía, por favor, que la enviara de vuelta a su casa.
También empecé a notar algunas cosas de ella que no me gustaban. Una de ellas era la forma en que hacía ciertos comentarios sobre mi apariencia. Decía cosas como: "Te ves distinta en persona que en las fotos" o "Yo me veo peor en fotos, pero diferente en persona". Cuando nos tomábamos fotografías juntas, añadía: "¿Ves? Te ves totalmente diferente".
Obviamente, yo entendía lo que quería decir con esos comentarios, pero los dejaba pasar porque no era una persona confrontativa.
Otra de las cosas que llegaron a incomodarme fue el poco cuidado que tenía consigo misma. Llegó a tener una infestación considerable de piojos en la cabeza. Recuerdo haberle dicho, con toda la sinceridad y buena intención del mundo, que tratara de eliminarlos y que, por esa razón, ya no podía seguir quedándose en mi casa. Ella respondió con algún comentario vago y lo tomó a la ligera.
Claro que era extraño que se quedara casi una semana entera cuando el plan original era que estuviese solo dos días en mi casa. Cuando finalmente le pedí que se retirara, no refutó ni renegó; simplemente lo aceptó, como si nada, como si ya estuviera acostumbrada a ese tipo de situaciones.
Al marcharse, se llevó algunas cosas mías y dejó algunas prendas de ropa en mi casa, que eventualmente regresó a buscar. También dejó atrás a algunos de sus inquilinos, con los que tuve que lidiar durante varios días.
Pasaron algunos meses y llegó el siguiente año. Para entonces, yo ya tenía una nueva relación con un chico al que llamaremos Pepe. Llegué a presentárselo durante una sesión de fotos que un amigo quería hacernos. En esa época también conocí a otras chicas, entre ellas París, quien más adelante se convertiría en la siguiente novia de Pepe.
Recuerdo que, unos meses después, estaba en mi cuarto cuando recibí una llamada de Habana. Me emocioné al ver que era ella; después de todo, era mi amiga y tenía curiosidad por saber qué quería contarme.
La llamada comenzó con una pregunta:
—Por supuesto —respondí de inmediato.
Era evidente que lo recordaba. ¿A quién te refieres? ¿Al súper crush que tuve a los catorce años? ¿Del que te conté? Claro que sí.
Mi sonrisa empezó a desvanecerse cuando ella comenzó a contarme que lo había conocido, que un amigo los había presentado y que habían hecho click, que él no paraba de mirarla y hacerle preguntas, que esos días se los pasaron durmiendo juntos y que, finalmente, habían terminado acostándose.
Francamente, no sabía qué decirle y le dije que la llamaría después. Honestamente, no sé por qué hizo eso ni por qué solo me llamó para contarme aquello, pero me dejó muy perpleja. Sentí que no tenía derecho a reclamar nada, porque yo ya estaba con un chico que me gustaba, con un chico que era “maravilloso”.
No volví a hablarle. Ni volvimos a ser cercanas.
En Navidad de ese mismo año, recuerdo haber estado en el carro de la mamá de Pepe. Él recibió una llamada de una chica que le preguntaba qué hacía y si todo estaba bien. No podía oír muy bien la voz, pero sonaba muy coqueta.
Pepe en ningún momento mencionó que estaba conmigo, y yo le solté la mano rápidamente. Me puse furiosa; él lo notó y se despidió inmediatamente. Discutimos. Me molesté, él me pidió que lo dejara explicarse, diciendo: “Es que no sabes quién era”.
Pregunté: “Entonces, ¿quién era?”, y mencionó el nombre de Habana.
Me molesté aún más. ¿Por qué ella tenía que estar llamándolo a él? Él no era su amigo; en teoría, yo era su amiga. Además, ¿cómo consiguió su número?
Mi enojo fue tan grande que lo hizo llorar, y no hay cosa más lamentable que ver a un hombre llorar (al menos para mí). Y lo perdoné, despúes de todo, era Navidad.
Cuando finalmente terminé con Pepe, él inmediatamente empezó a salir con París, amiga de Habana. En una reunión de amigas, Habana confesó que Pepe había sido infiel en su relación conmigo y que había estado con ella durante nuestra relación. París le reclamó, supongo que es difícil estar saliendo con un chico y descubrir que fue infiel a su última y más fresca relación. Ella lo confrontó, y él lo negó.
Poco después, él me llamó para contarme, quería decirme antes de que los rumores llegaran a mis oídos, me dijo que entre él y Habana no había pasado nada, que era mentira, y que por eso me estaba llamando directamente: porque no quería quedar mal conmigo. Le dije que estaba bien y que confiaba en él.
Habana me llamó unos días después. Le dije que no me hablara, que era una perra y que se fuera a la verga. Una de sus amigas, en el fondo de sus lamentables notas de voz, intentó culpar a París por haberme dicho lo ocurrido, pero París y yo no éramos amigas. Lo único que Habana dijo fue: “Está bien, me voy pues”, y no volví a tener noticias de ella desde 2016.
En 2020, la tercera exnovia de Pepe —después de mí y después de París— confirmó que, sí, Pepe sí me había sido infiel con Habana.
Sé que con el tiempo ella se volvió mamá. También sé que hubo más historias parecidas a esta, versiones que la describen entrando en la vida de otras amigas, repitiendo dinámicas similares. Sé que le robó ropa a muchas chicas, que tenía problemas con las drogas y que endeudó a hombres, entre otros rumores.
Realmente nunca la conocí a un nivel íntimo. Mentía mucho y ocultaba muchos datos personales, como el nombre de su mamá o de su papá, o dónde vivía. Pienso que seguramente tenía problemas en casa, o que era una persona que sufrió mucho y que, por eso, quizá solo causaba daño a otras chicas para sentir que, de alguna forma, su dolor valía de algo.
Espero que haya sanado todo lo que tenía que sanar y que sea una buena mamá.
Malas Amistades: Parte 1.