andrekemner:
Andre no corresponde a la sonrisa y, hecho más miserable aun, tampoco al movimiento de la quijada, que se desvía de manera gloriosa cuando los dientes roen el labio. Kemner sorbe por la nariz, que jamas dejará de gotearle, y piensa que de la breve visita de Maxine a la ciudad hace tiempo, lo que quedó presente entre el engorroso pantano de ese cerebro atrofiado fueron las sirenas de autos, las botellas y piedras contra vidrieras y rejas de negocios, ese pelo y esa nariz y mucha, mucha cocaína, Andre siempre con el amague a romper un vidrio y arrancar el auto de quién sea. Ojalá en su vida hubiera recordado más veces llevar el destornillador encima, para arrancar el motor sin llave. Quisiera que su mandíbula estuviera traqueteando también, con ese dolor inmenso que llega al día siguiente y que sólo se puede anestesiar con lo mismo que la provoca. Se frota los pantalones negros con la vista perdida en el circuito, pero ahora está bastante más allá, y le hormiguea el rostro. —Cuando termine —esta vuelta —lo buscamos.
Ahí la mira.
—Convidame un cigarillo, nena.
Si bien él no la mira a ella, al rubia no le despega los ojos de encima. Había algo en Andre que le resultaba tan llamativo cómo la coca. Quizás porque cuando lo conoció era más cocaína que persona, y varios meses después los papeles se habían revertido. La respuesta a penas la decepciona, porque no quería esperar. Hacía meses que esperar había dejado de ser una opción, para cualquier cosa. Cualquier espera, rato libre, aburrimiento, se calmaba con coca y de ahí a dónde ella la llevara---Es un trato---Responde sin borrar su sonrisa. Porque, aunque tuviera que esperar, quizás terminaba la noche arriba de un auto de carreras. Y eso valía la pena la espera. Recién ahí despega la mirada del contrario y vuelve a los autos. La idea comenzaba a inundarle el pecho de esa necesidad constante de adrenalina, y capaz de una línea. Comenzaba a perderse en esas ideas cuando lo escucha de nuevo, voltea, lo mira y le sonríe. Después de esto comienza a urgar en la mochila negra y destartalada que llevaba de aquí para allá. Encuentra la cajetilla, se lleva uno a los labios y saca otro para él. Enciende el propio, exhala el aire, y sin decir nada ni quitarse su cigarro de los labios extiende el cigarrillo y el encendedor al muchacho.












