Andre en el taxi cuenta los billetes sin demasiada intención. A metros de distancia el boliche permanece quieto en el tiempo, ajeno a absolutamente cualquier cosa que pudiese provocar en él. No le gusta tener que estar ahí entre tanta gente en éxtasis, de coca, bebiendo y fumando sin hacer lo mismo. Su cabeza es paranoica y eso es algo asentado, imposible de alejar de sus recovecos, pero está seguro de que lo vigilan todo el tiempo. Tener que irse con cuidado para no estropear las cosas es, como mínimo, una hazaña. Regresa a la casa siempre con la idea de sacarse el cinturón y en vez de bajar los pantalones, ahorcarse, o dejar el gas prendido, o tirarse por el ventanal, pero siempre se detiene en el momento justo. Al bajar del taxi se acomoda las cadenas, dejando el gancho atrás, bajo la nuca.
Ahora usa tres alrededor del cuello.
No pensó jamás en más que morir congelado algún invierno, o de calor algún verano, agazapado contra la reja baja de un negocio, o con un último saque antes del infarto, ese corazón débil que no aguantará mucho más la tensión. Una casa no, una novia, menos, hijos ni pensarlo, ni si quiera mascotas. Repele a todo ser, eso siempre ha sido así. A la casa la tiene. Un departamento en Midtown que está vacío salvo por una tele enorme, un equipo de sonido y una cama, y él la mayoría del tiempo está solo. Echa las llaves y entra y está solo, con una ventana que da al edificio de en frente y nada más. Fuera de las chicas y la enfermera, no invita a nadie nunca porque nunca quiere ver a nadie, y se aparece más de una persona al mismo tiempo sólo cuando hay trabajo.
La mayoría de las cosas se hacen en otros lados, sin embargo, en otros talleres que se ensamblan y se desaparecen. Y es una carrera a tiempo, porque después a eso hay que despacharlo y uno tiene que encargarse siempre de que las cosas están yendo bien, a pesar de que Andre sabe que no es lo que esperan, ni lo que le prometieron que sería.
Tiene los días contados, incluso se siente más por esto que por las toses y la arritmia y los problemas estomacales, porque el estómago nunca será capaz de digerir otra vez, todo se come sin sal. La salud dará final primero, pero sí lo ven como quien, en el momento en que decrezca sus ventas, será desechado en algún lugar, cortado en pedazos o lo que sea, se nota cuando tienen que contar billetes y al encintarlos él no entiende y los demás se quedan viendo con una mirada burlona y hastiada. Pero nadie dice nada, porque eso tiene que venir de boca del jefe. De todos modos, en ese boliche y en cualquier otro lo saludan como si fuese otra persona, tal cual como si se hubiera dividido en dos y lo anterior simplemente hubiera dejado de existir. La gente se acerca y pide y pide y pregunta cómo estás Andre, cómo estás. Él no puede fingir ser agradable porque no lo es, hace las transacciones sin dar demasiada entidad a la persona que tiene cerca, los odia a todos, sigue su camino con un nos vemos luego, porque sí se verán luego, como reloj.
Así pasa en la barra: ‘cómo estás, Andre, ¿todo bien?’ y nota que le miran el reloj y le miran los anillos y le miran el rostro. Lo mismo pasa en la pista luego, rubias y coloradas y morochas que jamás se acercarían y que tampoco se acercan ahora -porque no lo ven a él, eso se sabe, si no al fin que quieren llegar- vienen con sonrisas desesperadas y estúpidas. A veces se pegan, pero Andre nunca con ganas. Él mira las bolsas fijo, eso es lo que ve, las mira así al sacarlas, y cuando recibe la plata a cambio sabe lo de siempre, que esta mierda no podría justificarla la cara de Abraham Lincoln ni impresa cien mil veces. Sale del baño y camina un par de pasos cuando oye que lo llaman. Gira apenas el rostro y sigue, porque no reconoce a nadie, y luego se detiene a un par de pasos y cuando barre el alrededor, el ceño fruncido, mira un par de veces por ahí.
Lo estará imaginando, quizá si sigue mirando vea algo monstruoso o algún muerto pasado. Es ahí, cuando empieza a transpirar, que se acerca la mujer. El nombre llega a la cabeza luego de que las luces violetas cambien a rosa, distingue las facciones del rostro con el ceño fruncido, empieza a cobrar sentido el hilo en la mente tras un momento.
Acaso lo habrá visto o alguien habrá dicho que lo buscara a él para comprar coca, otra razón no podría darse.
Tratando de leerle el rostro, alza el mentón un tanto: —Maxine—y alza las cejas.
Los días en Nueva York se hacían eternos, le hacía falta ese toque especial de su querido Phoenix. Ella insitía que estaba en el sol. Ah, pero las noches, las noches de Nueva York eran tal y cómo te las cuentan. Todo sucede a 120 kilómetros por hora y esa era su velocidad mínima para vivir. Si fuera un auto, en una de esas noches se le rompería el velocímetro. Hacer amigos era fácil, salir de fiesta era fácil, conseguir drogas era fácil, encontrar algo para romper cuando la coca la llevaba muy alto, eso también era fácil. Se dejaba llevar de aquí a allá por sus amigos, viejos o nuevos, los que la hospedaban o los que conocía tomando cerveza por la tarde. Ella seguía a cualquiera que se ría de sus chistes, y si tenía droga, mejor todavía. Y al parecer todo el mundo en Nueva York lo hacía. No recordaba haber estado sobria desde que había llegado algunos días atras, aunque, ¿si quiera recordaba la última vez que había estado realmente sobria? ¿Y qué era estarlo? Ya no importaba. Así estaba mejor, asi era mejor. Era ella misma. Maxine en su máxima expresión, con la nariz empolvada y la energía de un rayo. Cómo había llegado a ese bar ya no recordaba, tampoco hacía cuánto. Un poco de éxtasis y coca, coca, mucha coca, jamás era suficiente. Su cabeza se movía de un lado al otro al ritmo de la música, el pelo largo y suelto le bailaba por la cara y se sentía fantástico. Todo lo hacía. Cada tanto (no sabía cada cuanto) se encendía un cigarrillo para evitar que se le endurezca la mandíbula, aunque el efecto contrario se la descolocaba de otras formas. Una vez, cuando empezó a tomar, le dijeron que cuando se drogaba se volvía más cínica. Esa noche lo negó a muerte, pero con el tiempo llegó a aceptarlo. Y ahí, en ese momento, cuando vio aquél cuerpo conocido entre la gente, volvió a confirmar lo real que era. Pero, ¿qué importaba? Si la mejor versión de sí misma era un poco cínica, pues, ¿qué más daba?. Ni siquiera lo piensa que ya está caminando hacia él. Escucha su nombre por encima de la música y, de inmediato, sonríe. Para ella, una sonrisa sincera, pero además dejaba ver ese cinismo--Andre--Mantiene la sonrisa, porque siempre lo hace--Es bueno verte--Porque lo era, él le agradaba, pero también lo hacía todo el mundo. Lo mira de arriba a abajo--Te ves bien--Afirma, suena tanto cómo coqueteo cómo provocación, pero otra vez, para ella, es sólo un comentario sincero. Era verdad, la última vez que se habían visto el contrario se veía bastante más abatido que ahora que la situación parecía haberse dado vuelta.










