almichiels:
Alma da vuelta la cabeza cuando él le ofrece llevar a la acción eso que ella acaba de consignar a través de palabras. Mira la pista y los autos y a los tipos apostados a sus lados y en que tendría que decirle que no, tendría que decirle que no a él y a todos los demás, porque esos tipos le dan miedo y todos lucen iguales cuando es de noche y ella está ebria y después, cuando la persiguen hasta el baño o se le tiran encima o le retuercen la mano ni siquiera se acuerda de cómo se ven. En realidad no es un problema de ellos, después de todo la que está borracha es ella y la que debería saber donde se mete… bueno, lo mismo. Traga saliva con dificultad porque tiene la boca seca y la lengua raspa contra el paladar cuando la restriega obsesivamente contra el relieve sensible y después pasa al interior de los dientes, succionando el labio inferior para mordisquearlo. Al superior lo tiene reseco, algunos hilillos de piel muerta le hacen cosquillas al tocar con el inicio del mentón.
— No sé… —A Andre lo mira un momento, se lleva una mano a la boca y muerde la uña del dedo índice, después el medio. Se está meando. Tendría que haber parado en algún callejón mientras venía y hecho ahí, detrás de algún contenedor o de un tacho de basura y con la mano apoyada en la pared a un costado porque de otra manera no se habría podido sostener acuclillada. Si estuviese peor, no mucho pero sí un tanto peor, tal vez se habría podido caer de bruces en el charco de orina y se hubiese dado media vuelta y caminado hasta el Lower así, porque a ningún taxi se podría subir y a esta altura tampoco tiene plata para darse ese lujo— Ese coche es muy bonito —señala, las uñas despintadas de rojo oscuro—. Lo vi hace rato. Me gusta que sea blanco… creo que no debería ir. Me duele la mano… la muñeca. Me golpeé hace rato. Me caí.
Miente, por si no fuese evidente, pero nada en el mundo podría develar ese secreto. El por qué lo desconoce, supone que transformar la realidad de lo que pasó en un mero tropezón y un golpe del que después se levantó para continuar como si nada hará que mañana el recuerdo sea menos chocante, incluso olvidable. Tal vez amenice el despertar de la consciencia y mañana, a la hora que sea que abra los ojos, sea incapaz de discernir la verdad de la mentira. ¿Cuántas de esas habrá dentro suyo, en su cabecita? ¿Cuántas escenas alteradas a capricho suyo que son decenas, cientos de veces peores? Además, tampoco es que le importe o pueda hacer lo más mínimo al respecto. No es lo peor que le ha pasado estando por la calle. Sola o en compañía suya.
Frente a lo siguiente se ríe, los dientes redondeados y las mejillas enrojecidas que se remueven y adoptan esa postura nueva y tensa y piensa que cómo, dónde, que no… anda— No, no lo conoces. Te lo estarás confundiendo —estúpida ella. Mira alrededor, como buscándolo, y Kemner le llama la atención de nuevo cuando se dirige en voz alta hacia el vendedor. Alma los mira, alterna la vista castaña entre uno y otro y lleva la mano sana al bolsillo del pantalón negro para tironear de un par de billetes hechos un bollo, únicamente cambio. El tipo la observa impaciente mientras estira dos o tres y después se los quita de la mano, sólo para decirle que así no le alcanza. Ella se queda quieta un momento, no entiende lo que le dice o por qué le devuelve la plata, y al final niega con la cabeza—. ¿No puedes…? —no, no, no, qué hijo de puta— Está bien.
—Sí—mirándolo, asiente con la cabeza. Sin contar el último desperfecto, hace bastante que no maneja. Licencia nunca ha tenido, así como tampoco tiene número de seguridad social ni título secundario ni ningún otro trámite que se le asemeje. Lo extraña, siempre le han gustado los autos. —, es un S6. De BMW. —Sin patentes ni nada, pero es un BMW y un GT y un S6 de cualquier manera, lo sabe porque los autos le gustan y esa es la fábrica que más le gusta, aunque esa Cadillac Escalade a la que le reventó el parachoques (y que dejó tirada ahí mismo) no era desagradable para nada. Era de lujo y automática, la camioneta se estaciona sola, tiene cámaras y sensores por todos lados.
A Andre le encanta el E36. Hay uno acá que está pintado de azul y tiene el nombre de su conductor pegado. Se ha subido.
A Alma la mira con las cejas alzadas.
—Qué cagona—suelta, y después vuelve la vista a la pista. El tema muere ahí, sin embargo. Tampoco es que le importe. Las manos a los bolsillos, suspira al sentir una ziploc y la acaricia con ganas y después busca al tipo de la gorra y lo encuentra.
— ¿Eh? —aunque la escuchó bien. Sólo repara otra vez en ella ante el siguiente comentario, que ahora es recibido con un ceño que se frunce. No vuelve la vista aun del ajetreo de gente, los autos en posición: —A mí no me quieras decir mentiroso. —Lo es, pero aun siéndolo, ¿qué le va a venir a decir ella o cualquiera que es, que no es, que esto, que lo otro?
Alma está borracha, y más que seguro pretende creer que a su hermano menor no le podrían llegar juntas como la suya, pero Kemner no se fija en eso, ni si quiera se acerca a su cabeza el pensamiento. Él sólo ve que lo están contradiciendo, y no le gusta para nada. —El mundo es un puto pañuelo. —Ahí sí la mira. Tampoco va a enunciar los lugares de dónde lo tiene, ni cómo se llama, ni cómo se ve, ni los amigos ni las situaciones en común que los han encontrado, nada tiene que demostrar.
Pero le molesta, y cuando la situación se desencadena luego ni si quiera le nace una sonrisa, sólo acomoda la segunda de las tres cadenas sobre el cuello, para que no se sobreponga a la primera, y tarda un tanto más en meter cartas en el asunto: —A ver —y evita el congelador, deja los ojos en la billetera al sacarla, le dice que repita el monto dos veces porque no está entendiendo y tampoco entiende la última, sólo extiende un billete lo necesariamente grande como para no quedarse corto y al instante recibe el cambio, que arrebata. —, dásela. —Y la mirada busca entretenerse en la pista pero luego va a la cerveza, y ahí sube el volumen:
Dos. Tres. ¿Por qué no pediste el puto congelador entero? Si serás... un estúpido. Inservible. Bueno. para. nada. Hijo de re mil puta. Llámalo llámalo. Todavía no se va, llámalo. Otra, otra. Una más, hijo de puta y demás en lo que Andre lo mira irse, detenerse frente a un grupo en frente y después seguir, ahí es cuando se recorre el diccionario de insultos entero. ¿Cómo se aguanta eso?
Andre deja escapar un resoplido y se frota los ojos y suspira, qué va a ser, es eso en la cabeza. Los autos se preparan para enfilar de una vez por todas y él ni repara, se fija si ve al tipo de la gorra y no lo encuentra, pero alguien más está mirándolo y se dice que lo hizo ponerse él a vigilarlo en lo que se iba al baño, sí. Eso. Debe estar en el baño mandando mensajes de texto, y quizá si él va al baño ahora, lo encuentre y le corten el cuello. Es eso, ¿o no? Andre se está mordiendo el labio tan fuerte que casi duele más que la cabeza, roe y se mueven los labios entre los dientes con violencia.
—Vamos más adelante.














