Siempre creí que las críticas ajenas eran la causa de tantas heridas en mí. Pero recientemente, parada frente al espejo, sentí que alguien me señalaba. Me asusté porque no había nadie conmigo. Y de repente, escuché unas voces en mi cabeza que juzgaban sin piedad mi reflejo. Les pregunté quiénes eran y qué hacían ahí.
Se presentaron como el que dice “no eres suficiente”, la que repite “se van a reír de ti”, y la que susurra “mejor no lo intentes”. Dijeron que siempre han vivido ahí. Que yo era su marioneta.
Les pedí que se fueran. Se negaron. Dijeron que no era tan sencillo. Que solo se irían el día que yo creyera en mí misma, que me quisiera, y entendiera de lo que soy capaz.
Les dije que lo haría. Se burlaron: “es casi imposible”.
Pero hay algo que ellos no saben: mientras me hablaban, yo corté algunas de las cuerdas envenenadas con que me ataban. Y pronto me zafaré. Los desalojaré de mi cabeza para siempre.
Ese día entendí algo: mi mente es veneno y antídoto. Yo elijo la dosis.














