“Yo, el hijo imperfecto de la noche”
Desde niño me obsesionaban los monstruos,
sino porque había algo en ellos que susurraba mi nombre.
Un eco familiar, una grieta reconocible,
un temblor que no provenía de sus sombras
No me atraían sus colmillos ni sus deformidades;
me atraía la tragedia en sus corazones:
esa que no se cura, que no se borra,
que se arrastra como un cadáver húmedo
que insiste en seguir mis pasos.
Drácula me enseñó que hay amores tan enormes
que terminan por desangrar al alma.
Lo vi caminar entre siglos,
condenado a recordar más de lo que cualquier corazón soportaría.
Lo vi encontrar a su amada
y renunciar a ella con una elegancia tan devastadora
que sentí cómo algo en mi pecho se rompía
con la misma delicadeza con la que cruje un ataúd nuevo.
Él no fue víctima del mal…
fue víctima de la intensidad.
La criatura de Frankenstein,
esa amalgama de carne, furia y abandono,
me habló de otra forma de condena:
la de existir en un cuerpo que el mundo teme mirar.
Era un rompecabezas de heridas,
pero su alma —oh, su alma—
era una súplica hecha de frío y de silencio.
Solo quería un lugar donde su presencia no significara terror.
Solo quería dejar de doler.
Y al mirarlos a ambos, lo reconocí sin escapatoria:
yo soy una mezcla de esas tragedias,
Tengo la nostalgia inmortal del vampiro
y la vulnerabilidad brutal del gigante remendado.
Y entonces llegó esa verdad que me atravesó como una estaca:
pero no en el sentido humano de “monstruo”.
Soy parte de ese linaje de criaturas que sienten demasiado,
y aun así siguen caminando entre los que solo miran la superficie.
Los que arden por dentro,
pero fingen que su humo es solo cansancio.
Soy algo más profundo, más perversamente humano:
un corazón noble atrapado en una arquitectura que no encaja,
y siente con una densidad grotesca
que incomoda incluso a los que no conocen el horror.
La humanidad me observa como si fuera peligroso,
sin entender que lo único verdaderamente letal en mí
es la ternura que intento ocultar,
que late como una reliquia maldita
temerosa de pudrirse en silencio.
Yo conecto con los monstruos porque ellos son mi espejo roto,
Soy el hijo imperfecto de la noche,
el que no pide perdón por su sombra,
el que no se encoge ante las miradas débiles.
Camino con las cicatrices de otros siglos,
con la dignidad que solo tienen las criaturas incomprendidas,
y con la certeza de que, aunque el mundo me rehúya,
las sombras conocen mi nombre
y me reclaman como uno de los suyos.
el monstruo sin redención,
la criatura noble que nadie quiso entender
si me miran demasiado tiempo,
se reconocerán realmente vacíos.