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¿Hay hambre?
¿Hay hambre?
Cariño, amo la intensidad; me atrae, me provoca, alimenta mi hambre.
NA DIE

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¿No tienes hambre? - ¿Hambre? ¿hambre? si no he tenido otra cosa en toda mi vida".
No es calma
es cansancio.
El aire se queda quieto en las esquinas
como si también estuviera esperando algo
que no llega del todo
algo que tarda demasiado
o que quizá ya pasó
y nadie avisó.
Hay un susurro
quebrando este silencio de cotillon
una vibración mínima
como una herramienta
encendida en otra habitación
recortando el país
como si fuera madera barata.
En las salas poderosas del mundo
un ministro de traje (y sunga)
y sonrisa de deuda fresca
despliega números sobre la mesa
como quien reparte cartas marcadas.
Liquidación por cierre.
Otros números caminan por la calle
como perros flacos
con las costillas afuera,
husmeando en las bolsas de basura
de la macroeconomía,
esa palabra grande
que nunca paga el alquiler.
Un hueso de salario,
algo.
Una moneda
que todavía respire.
Un psicópata celebra el incendio
como si fuera espectáculo.
como quien incendia una biblioteca
para calentarse las manos.
Arden palabras viejas:
derechos,
trabajo,
soberanía,
historia.
Y el humo sube lento
se mete por las ventanas
por las pantallas
por los discursos que prometen
que todo esto
es necesario.
La ciudad escucha
con los hombros caídos.
Como si supiera
que el fuego siempre empieza
en los libros
y termina
en la gente.