en su entrecejo se dibuja una arruga conforme escucha el relato ajeno. no puede evitar sentir un poco de pena por él, pues entiende de primera mano lo que es estar en la eterna sombra de lo inalcanzable. “vaya, dylan no pierde el toque,” suelta con visible incomodidad. no es buena con las palabras, mucho menos las de aliento. en cambio, solo le ofrece una sonrisa que se borra tan pronto escucha su pregunta. la descoloca, si bien tiene todo el sentido del mundo que se la haga. “oh— bien, bien,” no es buena mintiendo. a decir verdad, es terrible, cosa que queda en evidencia cuando su voz alcanza agudos que por lo general le saben ajenos. “es decir, nunca me piden nada muy complicado, así que supongo que bien,” se explica con el fin de desviar un poco la atención de la mentira inicial. tampoco es que estuviese mintiendo del todo: la pasantía va bien si pretende que siga siendo solo eso, una pasantía. “además, aman a carmy, así que...” sus hombros suben y bajan. salta a la vista, por cómo lo dice, que el problema es que ella no es carmy, que está lejos de serlo.
entonces, en un ataque de valentía, dice: “es solo que—” pero se frena. sabe que no es lo más inteligente seguir hablando, pero no se ve capaz de dejar el tema morir. no frente a su primo. “¿a veces no desearías tener un trabajo normal? ¿aburrido? que no dependiera de tu apellido, o de lo carismático que eres,” que, en su caso, es poco y nada. de inmediato, una ola de vergüenza la envuelve. sacude la cabeza. “dios, si lenny me escuchara diría que hay gente muriendo o algo así,” se ríe, pues no le queda de otra.