INVOCACIONES FALACES EN LA POLÍTICA DE ESTADOS UNIDOS HACIA CUBA
LETRAS OCASIONALES No. 22
Por: JoCarlos Ruiz
La historia de la expansión territorial y del ejercicio del poder de Estados Unidos a nivel internacional es infinita en las prácticas de generar apariencias con argumentos falsos, para encubrir sus verdaderos propósitos supremacistas.
Hasta la actualidad, ha sido así prácticamente desde su inicio como Estado soberano. Aunque también es verdad, que el jefe del actual gobierno estadounidense ha impuesto el alarde de muchas de sus intenciones como práctica de inducción de temor adelantado en su procacidad política.
Sean más o menos desembozados, con la creación de pretextos buscan amparar la profunda vocación agresiva de ese país y propiciarse apoyos de otros o de las masas seducidas con el 'american way of life'. La mentira es un componente consustancial a la naturaleza de un régimen estructurado en la maximización sin límites de sus ganancias, por encima de cualesquiera derechos o intereses de otras naciones. Desdeñan incluso éticas mínimas internacionalmente asumidas, sobre todo en el siglo XX, para el bien de la coexistencia pacífica de las naciones. El respeto al derecho ajeno, es la paz, decía Benito Juárez. Desconociendo ese espíritu, buscan imponerse ellos.
Pretextar y falsear ha sido, en el fondo, una de las más tipificables constantes de la política exterior estadounidense, con independencia de los métodos concretos o contenidos específicos a los que han recurrido en cada momento o lugar. Al margen, asimismo, de si les ha convenido encubrir sus apetencias detrás de secretos operativos o detrás de términos que, como “seguridad nacional”, “derechos humanos”, “democracia” o “libertad”, suelen esgrimir propagandísticamente con todos los recursos disponibles, buscando concitar acompañamientos masivos.
Todo depende de cuán útil sea una invocación u otra, según la coyuntura, a sus fines de cuestionar o atacar a diferentes gobiernos, o cuánto responda a rejuegos de política interna estadounidense. Más allá de la vieja alternancia gobernativa en Estados Unidos, sin posibilidad real por el momento de diversificarse, hay en ese país una línea garantista, una secuencia prevaleciente en su visión estratégica: la convicción de que Estados Unidos ha de prevalecer por encima del resto del mundo, no en colaboración con el mundo, sino usando al mundo de pedestal. A veces se citan supuestas excepciones a esa regla, como el 'New Deal' de Roosevelt, pero también esos fragmentos responden en el fondo a la misma lógica. En tales momentos, la aparente moderación de las actuaciones respondía a esencias invariables.
La historia tortuosa de las posturas de Estados Unidos hacia Cuba es también prolífera en el manejo, por parte del vecino norteño, de apariencias y argumentos engañosos, para encubrir los propósitos nunca abandonados de controlar el archipiélago cubano. Los usaron en el intento de la compra burda de nuestro territorio, como si fuera mera mercancía (como lo intentó con negociaciones secretas el gobierno de McKinley). También en la fase de esperar colectar el fruto que Jefferson y otros consideraban que, una vez 'maduro', caería en su seno. O durante la ocupación militar (como varias veces hicieron). O cuando han dado aire a los propósitos anexionistas, bajo formulaciones variopintas (como tras hacer frustrar, con su intervención, la independencia plena a la que aspiraba José Martí). O cuando impusieron en la práctica un protectorado neocolonial, como el que ejercieron sobre Cuba durante la etapa de la segunda república, la república a ellos sometida, datada formalmente entre el 20 de mayo de 1902 y el 31 de diciembre de 1958. En cada coyuntura, en cada momento, hilvanaron mentiras para justificar sus proyecciones.
En su libro 'El Apocalipsis según San George', el historiador Eliades Acosta ahonda en los vericuetos arteros con los cuales Estados Unidos manipuló ante la opinión pública algunos eventos trascendentes, como la explosión del acorazado 'Maine', el 15 de febrero de 1898. El buque militar había sido enviado al puerto de La Habana, presuntamente en visita 'amistosa', en enero de 1898. En ese mes se habían producido disturbios callejeros en la capital, provocados por elementos integristas españoles que rechazaban la entrada en vigor de la autonomía colonial para Cuba, a partir del 1 de enero de aquel año. En público y en privado el gobierno estadounidense había presionado durante meses al gobierno español para que adoptase reformas en Cuba. Por las informaciones de inteligencia de que disponían, los Estados Unidos estaban convencidos que las mismas, dado el atolladero en el que se encontraba España en ese momento, ya no resolverían lo que ellos dieron en llamar 'el problema cubano'.
Paralelamente y, siempre en secreto, proseguían las tratativas en Madrid para forzar a España a vender Cuba. 'Su interés debía llevarlos, necesariamente - apunta Ramiro Guerra en su libro 'La expansión territorial de Estados Unidos'-, a desear que las reformas fracasasen y que la paz no pudiera obtenerse - en Cuba - sin la mediación norteamericana.' Además del 'Maine', una escuadra de Estados Unidos, reunida en los puertos de sur de ese país, fue enviada inmediatamente a la isla Dry Tortuga, a seis horas de La Habana. El vecino norteño se alistaba para la intervención militar. Las negociaciones de compra proseguían. Estados Unidos ofreció una alternativa: España aceptaba 300 millones de dólares por la venta de Cuba - además, la cuestión del 'Maine' dejaría de ser un 'casus belli', causa de guerra, si cedía, o ellos harían una fulminante intervención. Dieron un plazo para que el Reino español se decidiera: antes del inicio de la temporada de lluvia. España se negó a vender Cuba. El 25 de abril de 1898 el congreso estadounidense declaró formalmente la guerra a España.
El bloqueo, económico, político o militar ha sido uno de los accionares de Estados Unidos contra Cuba en torno a los cuales han generado más engañifas secuenciales. Y no me refiero sólo al bloqueo económico que intenta asfixiarnos en estos instantes, armado como madeja macabra desde hace casi siete décadas para hacer padecer al pueblo cubano por querer ser independiente, un bloqueo que es inmoral y absolutamente injustificado, que es cruel e inhumano - aunque los que lo promueven a veces lo nieguen cínicamente y otras se regocijen con el daño que provocan. Habría que emplear muchas cuartillas para relacionar ad infinitud los diversos pretextos que a lo largo de estas décadas han usado para intentar justificar lo injustificable. Pero, este bloqueo de maldad superlativa, tuvo un antecedente en el inicio de la historia injerencista de Estados Unidos como imperialismo.
En el marco de su intervención en la guerra hispano-cubana, a finales del siglo XIX, la primera medida militar de los Estados Unidos fue decretar y establecer un riguroso bloqueo militar de Cuba, que durante cerca de cuatro meses - como confirma Ramiro Guerra - 'agravó, de una manera extraordinaria y pavorosa, los sufrimientos, el hambre y la mortalidad de los cubanos', que ya estaban extenuados por la política de reconcentración aplicada en el país por Valeriano Weyler y los efectos de la prolongada guerra. Lo que les sirvió de pretexto interventor, luego fue práctica reforzada por ellos mismos.
Actualmente, en Miami y Washington se cuecen inagotables frustraciones políticas e ideológicas. Desde allí, a partir de 1959, cuando Cuba tomó el camino de su independencia plena, se ha concebido, financiado y organizado el más amplio, prolongado y abarcador asedio contra pueblo alguno en la era moderna. Su arsenal no parece tener fin, como tampoco su pervertida hostilidad: terrorismo de Estado contra objetivos civiles; invasión militar; cerco naval; severo y recrudecido bloqueo económico, financiero, petrolero; planes de asesinato de los líderes revolucionarios; aislamientos diplomáticos; sanciones a entidades de otros países, incluso a terceros Estados por el simple hecho de tener relaciones con Cuba; inoculación de epidemias para afectar a las personas, animales o las producciones agrícolas; cercenar con meticulosidad maquiavélica toda fuente de ingresos al país, empezando por el turismo; satanizar el gesto amigo para finiquitar la solidaridad; campañas propagandísticas sin respiro, sustentadas en la mentira y la manipulación grotesca, con recursos multimillonarios y alcance global; con todo y mucho de todo eso combinado, incluso con la amenaza de cubrirnos con el polvo atómico, han tratado de aplastar desde Estados Unidos a la Revolución Cubana, el mayor ejemplo liberador del yugo estadounidense. Casi setenta años de un frenesí que castiga a todo un pueblo, un genocidio lento, que en este año 2026 tratan de culminar.
Intentan coactar a muchos con su obra más repetida: la amenaza, las sanciones, la represión, que es el ánimo más profundo del arrogante supremacista. Apedrean los valores y los méritos de justicia, y mientras lo hacen, se disfrazan de defensores de la libertad. Los demonios de la guerra claman arrodillar a todo un pueblo resistente y digno. El lance desaforado de los odiadores trata de ensordecer la razón.
#LaHabana, 20 de mayo de 2026
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