El Naufrago y el Ermitaño
Siento que mi alma está compuesta por más de una parte.
Como si dos reencarnaciones habitaran el mismo cuerpo, junto a esa tercera parte que nació de mi crianza, de mis padres y de mí mismo.
Siento que estoy cansado y animoso.
Siento que quiero estar solo y acompañado.
Siento que quiero poseer nada y todo.
Siento que quiero callar y cantar, parar y seguir, ceder y crecer, reposar y saltar.
Siento mucho… y siento nada.
Y lo único en lo que esas partes concuerdan es en amar, y en querer ser vistas.
Estúpidos —pienso— como si no los amara yo lo suficiente, y aun así quieren ser vistos por alguien más.
En parte, yo también me siento así.
Supongo que compartir un cuerpo hace que algunas cosas se me peguen.
También me entiendo a mí mismo, y entiendo por qué, a regañadientes, lo deseo.
Tal como un ermitaño pensó alguna vez que si se alejaba de su hogar y buscaba su propio destino sería feliz.
Con esa idea en mente, se esforzó, trabajó y construyó su casa en una isla lejana, lejos del lugar donde fue forzado a nacer.
Y se sintió feliz, porque tuvo las herramientas para construir ese refugio cálido, uno donde puede ser él mismo, donde puede serlo en cualquier momento y en cualquier lugar.
Pero ese ermitaño no está libre de conflictos.
Aunque ama su soledad, no está completamente solo.
Lo acompaña alguien más: un náufrago.
Alguien que anhela compartir su isla con otra alma, otra reencarnación problemática que añada más colores a su hogar.
Y lanza botellas al mar esperando que alguien las lea, que alguien lo entienda, lo vea, y se interese por su rara y fragmentada alma.
Las lanza una y otra vez, mientras discute con el ermitaño.
—Estamos bien "solo" —dice el ermitaño—. Ya no necesitamos nada de nadie.
—¿Y para qué sirve un hogar tan trabajado —responde el náufrago— si al llegar estás solo?
—Asi pudimos crecer, y sabes bien que no estamos solos. Nuestros amigos y familia están ahí con nosotros.
—El amor no es solo impulsar al otro a crecer, ermitaño —responde él—, y lo sabes. En el fondo entiendes que moriremos de frío sin alguien que nos acompañe.
Y así viven, discutiendo desde hace meses.
Desde que terminaron la fiesta por completar su casa.
Trato de decirles que los amo.
Pero ninguno parece satisfecho con mi respuesta.
Uno cree que debemos centrarnos y amar lo que tenemos; solo así estaremos plenos.
El otro cree que, como los seres sociables que somos, solo con compañía lo estaremos del todo, entregando parte de nuestra alma a otra persona.
Pero me enoja tanto que arruinen la paz que tanto nos costó construir.
Aun así, les daré tiempo: que peleen, que se desahoguen.
Al final del día, construimos rápido, y aún tienen que asimilarlo.
Los contendré con el mismo amor que necesitan y rechazan, porque los amo.