No existe un amor lo bastante inmenso para apagar un incendio que aprendió a vivir dentro de mÃ. Puedes abrazarme con toda la ternura del mundo, prometer quedarte y demostrarme cada dÃa que tus intenciones son sinceras, pero mi corazón ya no sabe distinguir una caricia de la antesala del abandono.
Hay heridas que no dejan cicatrices visibles; dejan reflejos. Me hicieron creer que la tranquilidad era una trampa, que después de cada momento de paz llegaba el golpe que terminaba por romperlo todo. Desde entonces, mi alma dejó de descansar. Vigila. Calcula. DesconfÃa. Espera el instante exacto en el que todo vuelva a desmoronarse.
No es que dude de ti. Es que el dolor me enseñó a desconfiar incluso de aquello que más deseo. Me cuesta creer que alguien pueda quererme sin esconder un final cruel detrás de sus palabras. Vivo preparándome para una despedida que quizá nunca llegue, pero que mi corazón ya aprendió a esperar como si fuera inevitable.
Y eso también duele. Duele porque quisiera recibir tu amor con las manos abiertas, pero las llevo cerradas por miedo a que vuelvan a romperlas. Quisiera descansar en tu pecho sin sentir que, en cualquier momento, tendré que recoger otra vez los pedazos de mà que alguien decidió dejar esparcidos.
Tal vez pienses que tu amor deberÃa bastar para devolverme la paz. Ojalá fuera tan sencillo. Pero hay dolores que convierten el alma en un refugio lleno de puertas cerradas, donde incluso la luz necesita pedir permiso para entrar. No porque no quiera ser amada, sino porque una parte de mà sigue convencida de que, tarde o temprano, el amor también encontrará la forma de herirme.
Y la tragedia más grande no es haber sobrevivido a quienes me destrozaron. La tragedia es descubrir que, desde entonces, jamás he vuelto a sentirme completamente a salvo en los brazos de nadie.