Hoy necesito desahogarme contigo, porque mi día ha sido peculiar, lleno de emociones encontradas.
Anoche me sentía emocionada, llena de ilusión. Estuve buscando lencería y outfits lindos, pensando en un próximo viaje para ver a mi novio. Quería lucir atractiva, quería gustarle más. Incluso compré regalos para él y me aseguré de ayudarle con algunas cosas que me pidió, porque así quería demostrarle mi amor.
Cuando llegó la noche, mi entusiasmo creció. Quería contarle todo esto, compartir mi emoción, pero su indiferencia volvió a aparecer. Le llamé, pero solo el buzón contestó. No fue sorpresa, porque ya es algo que ocurre con frecuencia. Dejé un mensaje de voz, aunque sabía que probablemente no lo respondería, y me fui a dormir tratando de no pensar demasiado en ello.
Esta mañana desperté con un mensaje suyo: “Te llamo luego”. Pero esa llamada nunca llegó. Tampoco me sorprendió, porque es algo que también sucede a menudo. Aun así, no dejo de sentir una mezcla de tristeza y resignación.
Decidí salir con una amiga para despejarme. Mientras tomábamos café, me abrí con ella y hablé de mis sentimientos. Ella me escuchó con paciencia y cariño. Al final, me dijo algo que resonó en mí:
“Mereces el amor que das.”
Lo sé, lo sé muy bien. Pero no pude evitar responderle: “No puedo irme…” Ella me miró con ternura, sin reproches, y seguimos conversando.
El resto del día transcurrió en silencio hasta que, horas más tarde, llegó un mensaje suyo: “Buenos días, te amo.” No supe qué responder de inmediato. Me quedé mirando el mensaje, intentando procesar cómo me sentía. Lo dejé sin abrir por un rato, hasta que finalmente respondí:
“Buenos días, también te amo.”
No supe qué más decir. Porque a veces siento que ya no hay nada más que decir.
Esta mañana fui a misa, con el corazón lleno de fe, a pedir por él. Rogué por su bienestar, por su familia, por todo aquello que él ama. Le agradecí a Dios por tenerlo en mi vida, porque, a pesar de todo, sigo sintiendo amor por él.
Cuando regresé a casa, vi su mensaje. Me decía sus planes del día y me preguntaba cómo estaba. Pero no respondí. No sabía cómo, no quería… o tal vez simplemente no podía.
Más tarde, como si una verdad que siempre había sabido decidiera gritarme al oído, descubrí que me había engañado. Al principio, el enojo me invadió. Lloré, pero esta vez no era tristeza. Era coraje. Un coraje que, para mi sorpresa, no estaba dirigido hacia él, sino hacia mí misma.
¿Qué estaba haciendo? Yo ya sabía cómo era él. Siempre lo supe. Pero, aun así, seguía esperando a que cambiara, aferrándome a una esperanza que nunca tuvo raíces.
¡Qué estúpida me sentí! Había dejado tanto por él: mi vida, mi tiempo, mi amor, mi paciencia, mis detalles… todo lo di. Y aun así, nada fue suficiente.
Me siento tonta, no porque él no cumpliera con mis expectativas, sino porque permití que mi amor propio quedara en segundo plano. Yo sabía mejor. Siempre lo supe. Y aún así, me aferré.